Si buscamos en internet artículos sobre cómo utilizar el celular en el ámbito educativo, vamos a encontrar publicaciones de distinta índole -académicas y de divulgación- que intentan dar respuesta a una discusión demasiado compleja para “tomársela a la ligera”.
Hace casi cincuenta años, Jean François Lyotard nos advirtió sobre el fin de los metarrelatos, por lo cual no podemos hacer afirmaciones que pretendan brindar axiomas o universalismos. Sin embargo, al leer sobre la relación entre la tecnología y la educación, pareciera que sí existen grandes verdades. En un mundo líquido donde prima la inestabilidad a partir de las permanentes transformaciones de las reglas de juego, y por ende la ignorancia, pitonisas de la educación afirman que la inteligencia artificial finalmente logrará romper con los pilares que sostienen a la escuela desde la modernidad.
La propuesta es reflexionar sobre cuál es la pregunta que debemos hacerle los docentes al oráculo cuando vayamos a consultarle sobre cómo educar hoy. Quizás, esta no sea si debemos o no utilizar el celular en el aula, sino cuáles son los paradigmas que rigen la vida de nuestros estudiantes, porque si no los conocemos, de poco sirve la herramienta que utilicemos para enseñarles. Si pensamos que lo importante es el celular y no las personas a las que educamos, podemos provocar una “deshumanización de la educación”: me importa el cómo, pero no a quién.
La actual generación de cristal no entiende, ni pretende hacerlo, a alguien que le habla desde lógicas finiseculares y que además no se cuestiona ni desconfía de sus propios saberes. En un contexto marcado por la posverdad -se inventan historias todo el tiempo y los algoritmos nos dicen lo que queremos escuchar-, la falta de una autorreflexión por parte de la escuela y sus docentes sobre sus prácticas es impostergable. Si queremos lograr un aprendizaje real y significativo, es necesario dar el primer paso y a escuchar a nuestros estudiantes para comprenderlos en tanto personas y no como simples moradores de nuestras aulas.
La frenética necesidad de obtener respuestas inmediatas nos lleva a pensar al celular como el nuevo oráculo al que debemos recurrir para obtener el conocimiento. Si creemos que el objetivo de la educación es la areté -virtud-, pensándola como la formación del mejor Hombre posible, muy lejos estamos de lograrla.
En esta sociedad del cansancio, donde la escuela demanda cada vez más a sus docentes, obligándolos a que implementen recursos tecnológicos, nuevas estrategias didácticas y se capaciten fuera de horario, a los mismos a veces pareciera no importarles comprender la cosmovisión de sus estudiantes y solo quieren “estar a la moda”. Escuchamos hablar de las aulas heterogéneas, pero la homogeneidad rige hoy más que nunca cuando creemos que quienes están en el aula piensan igual que aquellos que ocupaban las mismas sillas hace diez años.
Aunque el edificio, el patio, las aulas, los bancos y las sillas parecen ser inmutables al paso del tiempo, los docentes y directivos no lo son e intentan aggiornarse a los desafíos que le propone la tecnología con más dudas que certezas.
Quizás, el camino por el cual ella debe transitar comience por comprender los cambios socioculturales que redefinen a sus estudiantes permanentemente. Usar o no usar el celular en el aula es una cuestión que cuenta con promotores y detractores, que poseen buenos argumentos para validar sus opiniones. Lo que no se puede discutir es que la educación de la persona como persona es más importante que la herramienta utilizada para llevar adelante la desafiante tarea de educar.
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