
La democracia volvió a dar una lección inesperada. Con una diferencia de 13 puntos en la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof protagonizó un triunfo que no solo sorprendió a las encuestas —todas fallaron—, sino también a la política y al periodismo. Nadie vio venir la magnitud de lo que ocurrió el domingo.
El resultado fue mucho más que una victoria provincial: fue un voto castigo contra Javier Milei y contra la manera en que su gobierno viene gestionando la política. La expectativa oficial era sellar el destino del kirchnerismo, poner el “último clavo en el cajón” del movimiento que gobernó gran parte de las últimas dos décadas. Pero sucedió lo contrario: el clavo no cerró nada, la tapa del cajón se levantó y el muerto parece dispuesto a resucitar.
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El gran ganador
Kicillof emergió como el gran ganador de la noche.
Ganó seis secciones electorales, conquistó más de 80 municipios y tiñó de celeste un mapa que se esperaba violeta. La provincia de Buenos Aires se convirtió en la plataforma desde donde el ex ministro ya proyecta, sin disimulo, su candidatura presidencial.
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En términos políticos, la derrota de Milei es categórica. Trece puntos abajo en la provincia más populosa es una tragedia para cualquier oficialismo. El recuerdo inmediato es el de las PASO de Mauricio Macri en 2019, cuando una diferencia de 17 puntos desencadenó un terremoto político y financiero.
Los responsables de la derrota
No se trató de un error aislado, sino de una mala praxis política. En el corazón del armado libertario, los grandes derrotados tienen nombre y apellido: los Menem y Sebastián Pareja.
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Su estrategia de cierre de listas dejó afuera al mileísmo genuino, relegó a los jóvenes en un partido que se alimenta de entusiasmo juvenil y terminó privilegiando a reciclados de otros espacios, muchos de ellos impresentables.
La soberbia hizo el resto.
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Los libertarios se pelearon con intendentes del PRO y del radicalismo bonaerense, despreciaron a fiscales y votantes aliados, y eligieron confrontar con todos: medios, empresarios, gobernadores, periodistas.
Un gobierno no se construye a los gritos ni con resentimientos permanentes.
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Tres señales ignoradas
Había señales que anticipaban el desenlace:
1. El cierre de listas que excluyó al mileísmo auténtico y generó ruido interno.
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2. La juventud afuera: en el partido de los jóvenes, no hubo jóvenes en las boletas.
3. El escándalo de las coimas que involucró a la familia Menem, con acusaciones vinculadas a los discapacitados, un sector intocable para la sensibilidad social.
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Cada una de estas piezas fue horadando la credibilidad del oficialismo en el principal distrito del país.
El campo también votó
El golpe más duro, quizá, fue en el interior productivo. Fuerza Patria ganó sorpresivamente en municipios donde el voto rural había sido clave para el ascenso de Milei. Ayacucho, Castelli, Chascomús, Dolores, General Belgrano, Maipú, Mar Chiquita, Monte: el campo le dio la espalda al gobierno.
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Un mensaje claro
La ciudadanía habló con contundencia: no más soberbia, no más necedad, no más insultos.
El pedido fue otro: más política, más consensos, menos peleas.
El voto bonaerense exige bajar el tono, construir acuerdos y dejar de lado la lógica del agrande.

El futuro inmediato
La pregunta ahora es si este triunfo anticipa una victoria nacional del peronismo en octubre. Nadie puede asegurarlo. El caudal de votos de Kicillof se parece más a un techo histórico del PJ que a un salto cualitativo. Pero lo indudable es que el oficialismo quedó en su peor escenario: golpeado, maltratado y con un electorado que empieza a retirarle el apoyo del balotaje 2023.
El gobierno deberá decidir rápido: o corrige el rumbo político, o profundiza su aislamiento.
Milei todavía tiene capital para recomponerse, pero la advertencia ya está escrita.
La provincia habló. Y lo hizo fuerte.
Es el enojo de la gente, estúpido.
Es por la política y por la economía del metro cuadrado, estúpido.
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