
Cuando se indaga acerca de la felicidad no hay una unívoca definición o versión, sino que depende de cada uno y de los tiempos en que nos toca vivir. Sin embargo, hay algunas ideas-fuerza que indican cómo puede ser una vida feliz.
Algunos especialistas de la Psicología la relacionan con el bienestar subjetivo, con la combinación de emociones positivas y la baja frecuencia de emociones negativas; otros hablan del placer, de los vínculos sanos y de los logros como pilares de una vida feliz. Lo cierto es que es una construcción diaria a la que debemos prestar atención desde siempre, especialmente desde edades tempranas.
Lograr infancias felices requiere cuidado, presencia y mucho amor. Los adultos que tienen niños a su alrededor deben aportar a una vida tranquila y en paz y con un desarrollo emocional y afectivo estable. Es necesario permitir a los niños expresar sus emociones cuando sienten tristeza, enojo o miedo y no juzgarlos porque reconocer su estado anímico fortalece su inteligencia emocional. A su vez, enseñarles a agradecer porque fortalece su la relación con otros y les ayuda a enfocarse en lo positivo.
Pero para que esto sea posible es necesario sostener vínculos y entorno seguro. Y, como adultos, estar disponibles, escuchar, mirarlos con atención y compartir momentos.
No obstante, no hay que olvidar poner límites, establecer normas claras con afecto que los ayude a sentirse protegidos y respetados. Es muy importante destacar el esfuerzo y los logros ante alguna tarea evitando “etiquetarlo” con sobrenombres o frases que hieran su valoración personal, tales como: “Siempre sos el peor”, “Nunca te sale…”, “Sos torpe”, entre otras tantas.
Como adultos, es fundamental tomar conciencia de los derechos de los niños, porque en estos días pareciera que aún se desconocen. El derecho a que puedan decidir algo si los incumbe, a protegerlos contra el maltrato, el abuso y la explotación, a expresar su opinión, al juego y a crecer en un entorno de afecto, cuidado y contención. Es transcendental escuchar su voz, preguntarles qué necesitan, qué sienten y qué desean.
Tampoco olvidar educar con el ejemplo acerca de las pantallas. Reconocer que no son convenientes para menores de 5 años y luego de esa edad ir educándolos acerca de su uso y de la importancia del tiempo libre sin dispositivos, porque reducir su uso favorece la imaginación, el movimiento, la creatividad y la relación con otros.
Es fundamental una crianza basada en la autonomía, donde los más pequeños sean promovidos a hacer acciones solos, a participar de decisiones cotidianas y a dialogar con los adultos referentes con confianza.
En definitiva, invertir en salud emocional desde la más temprana infancia tiene un valor incalculable. Para ello es necesario enseñar a reconocer, nombrar y expresar las emociones, porque le sumarán a una vida adulta más confortable. A su vez, ayudarlos a gestionar frustraciones y entender que sentirse triste o enojado también es parte de la vida.
En tiempos tan feroces, criar con ternura se convierte en un acto revolucionario. Seamos amorosos, recordando y resignificando nuestra propia infancia, rememorando lo que nos faltó y lo que nos hizo sentir plenos, pero no para replicarla, sino para no repetir errores.
A veces la felicidad no es un viaje o un objeto de valor. Lo que nos queda no son los juguetes caros ni las respuestas perfectas, sino la certeza de haber sido valorados por quienes nos criaron. Sembrar ternura hoy es construir adultos del mañana más libres y felices.
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