
“Estábamos convencidos de que el antisemitismo pereció aquí. El antisemitismo no pereció aquí. Solo sus víctimas”, esta profunda afirmación la expresó Elie Wisel, sobreviviente del Holocausto y Premio Nobel de la Paz, en su discurso dado en el marco de Marcha por la Vida, el programa que a nivel mundial concentra a miles de personas, especialmente jóvenes, para recordar y homenajear a las víctimas de la Shoá, educando sobre la tragedia que representó el nazismo. Fue en Auschwitz, donde él estuvo prisionero.
Aquellas palabras siguen siendo hoy un llamado de atención, no a los judíos que sabemos de la persistencia del antisemitismo, que sufrimos sus embates y que sin respiro con nuestras acciones, creaciones y fundamentalmente nuestras verdades enfrentamos con dignidad y valentía, sino a los gobiernos del mundo, a los organismos internacionales, a las organizaciones de la sociedad civil, a aquellos que seriamente y sin uso ideológico enarbolan las banderas de los derechos humanos, a los partidos políticos, a los líderes religiosos, a los intelectuales, a los artistas.
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Son palabras vigentes. Que duelen.
En Argentina existe el antisemitismo; negarlo es de necios, pero sin dudas y como consecuencia de un largo trabajo de muchas décadas de diálogo plural entre las colectividades que conforman nuestro mosaico de identidades, el diálogo interreligioso que desde la encíclica Nostra Aetate a hoy, es ejemplo para muchos, las acciones políticas llevadas a cabo desde las instituciones de la comunidad judía, la continuidad de políticas de Estado desde la recuperación de la democracia y con más fuerza en este periodo del gobierno del presidente Javier Milei, es mucho menor cualitativamente que en Europa.
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En ese breve análisis no puedo dejar de mencionar que, a diferencia de muchos países, Argentina lleva en su memoria los dos atentados terroristas a la Embajada y a la AMIA aún impunes. Dos manchas indelebles.
El antisemitismo vive entre nosotros, se expresa insolente y sin mengua. Las redes sociales están infectadas, dirigentes políticos fanáticos y prejuiciosos, carentes de formación e información en la mayoría de los casos son sus propagadores, periodistas y comunicadores también, lo mismo docentes y profesores. Se escudan muchas veces en el antisionismo, sabiendo ellos que es la otra cara de la misma moneda. Es el odio al judío.
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El antisemitismo se expresa y actúa no solo en la esfera pública que es donde toma mayor difusión e impacto. Se lo encuentra en los ámbitos particulares, en el trabajo, la educación, los lugares de esparcimiento. Muchas veces es denunciado, muchísimas más no, se lo naturaliza, se lo deja correr, y ese es el pecado del agredido. Su silencio empodera al agresor. Y la justicia cuando a ella le toca hablar es en la mayoría de las veces lenta al extremo.
Denunciar y dejar constancia de los actos antisemitas es de vital importancia. Como en todo campo, tener los datos, poder dar cuenta de ellos, explicarlos, hacerlos públicos es la base imprescindible para toda acción política y educativa que luego se quiera poner en marcha para contrarrestar el antisemitismo, la discriminación, los discursos de odio y educar a la sociedad.
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Es en función de ello que debemos valorar enormemente el trabajo de los profesionales del Centro de Estudios Sociales de la DAIA y sus colaboradores que dieron forma al nuevo Informe sobre Antisemitismo en la Argentina, que fue presentado días atrás en la sede de la Universidad del Salvador, en la ciudad de Buenos Aires.
Este informe, que desde hace 26 años se realiza en forma ininterrumpida, es una herramienta de consulta importantísima, necesaria. Su análisis cualitativo y cuantitativo nos permite saber, salir de la especulación, confrontar con la realidad y pensar estratégicamente hacia el futuro.
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El Informe sobre Antisemitismo nos habla del mal que representa este flagelo entre nosotros. Nos llama a tomar conciencia de que no se trata de simples noticias en los medios. Se trata de hechos y de personas, de perpetradores y de víctimas.
La DAIA celebrará el próximo mes de octubre sus 90 años de vida, fue creada por el antisemitismo que desde Europa, inspirado por el nazismo, llegaba y se propagaba en nuestro país. Fue una respuesta a una necesidad imperiosa. Una demanda no solo de la comunidad judía, recordemos que su antecesora fue el Comité Argentino contra el Antisemitismo. Hoy su misión sigue vigente y se renueva. Los argentinos debemos estar agradecidos de la publicación de su informe sobre Antisemitismo.
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En un mundo donde la inmediatez tapa lo importante. Dejar registro, abrir el juego a la reflexión que permita la acción es de un enorme valor. Una ganancia para la sociedad toda.
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