
Por años, la creación cinematográfica fue un proceso largo, costoso y profundamente relacionado con lo humano. Guionistas, directores, actores, músicos, diseñadores y técnicos combinaban talento y creatividad para llevar sus historias a la pantalla grande. Pero ese proceso entró en una nueva etapa: la inteligencia artificial (IA) está transformando tareas clave en el desarrollo audiovisual, marcando un antes y un después en la industria.
Hasta hace poco, las imágenes generadas por la IA eran apenas un experimento de laboratorio con contenidos que no alcanzaban los niveles mínimos de calidad. Hoy, en apenas dos años, pasamos de visuales borrosas y poco realistas a herramientas como Kling, capaces de producir videos de alta calidad en, apenas, unos clics. La IA no solo aprendió a crear imágenes convincentes: ahora permite editar videos a partir de texto, generar actores virtuales, escribir guiones, armar storyboards, mejorar paisajes o, incluso, editar música de manera original. Y lo hace con una velocidad que optimiza tiempos de entrega y baja los costos de producción, a la vez que entrega contenidos de alto potencial.
Ante este escenario, la pregunta que surge naturalmente es: ¿cuánto falta para que una película sea creada 100% por IA? Según la mirada de los expertos, se estima que en apenas tres años se podrán ver producciones completamente generadas por algoritmos. Sin embargo, al menos por ahora, serán reconocibles como “no humanas”. La sensibilidad, la profundidad emocional y la coherencia narrativa que caracteriza a los grandes relatos escapa, todavía, de las capacidades de la IA actual, que tiende a perder el hilo o repetir patrones.
Por su parte, si hablamos de términos técnicos, la IA está cada vez más cerca de igualar el ojo humano en fotografía y cine. Pero el arte no es solo técnica: también es intención, emoción y contexto y, ante este desafío, las nuevas tecnologías aún no pueden entender un lunfardo, una ironía o el valor emocional de una escena: no cuentan con motivación, emociones, intención artística y, hasta muchas veces, narrativa.
A pesar de todo esto, el cambio ya está en marcha. La IA no reemplazará al cine, pero sí lo redefinirá. Tal vez el futuro no sea una industria dominada por humanos o por tecnologías, sino una colaboración creativa entre ambos mundos. La imaginación seguirá siendo nuestra. Las herramientas, cada vez más potentes, ya están sobre la mesa.
El verdadero desafío no será técnico, sino ético y narrativo: cómo usar estas nuevas capacidades, sin perder lo que hace al cine una experiencia humana, colectiva y profundamente emocional. La IA puede escribir escenas perfectas, pero solo las personas saben por qué una historia merece ser contada.
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