
La elección de Jorge Mario Bergoglio como Papa Francisco en marzo de 2013 fue, para millones de argentinos, motivo de una alegría y un orgullo difícil de describir. No solo porque por primera vez un compatriota alcanzaba la máxima dignidad de la Iglesia Católica, sino porque su figura representaba también una esperanza renovada para la Iglesia Universal. Ver a un hombre de nuestras tierras, con acento porteño, asomarse al balcón de San Pedro, fue un momento que quedará grabado en la memoria colectiva de nuestro país y del mundo.
Pero la elección de Francisco no fue un hecho aislado ni fruto del azar. La Iglesia, en un tiempo de desafíos inéditos y de profundas transformaciones sociales y culturales, sintió la necesidad de un Papa con su perfil: un hombre de estos tiempos, capaz de dialogar con el mundo, de escuchar sus dolores y esperanzas, y de tender puentes allí donde otros levantan muros. Un pastor que, desde el primer día, eligió el nombre del santo de Asís, símbolo de humildad, paz y amor por los pobres y la creación.
El camino que llevó a Bergoglio hasta el papado tuvo un hito fundamental en el documento de Aparecida, elaborado en Brasil en 2007. Aparecida está considerado como el último gran aporte del episcopado latinoamericano a la Iglesia Universal y marcó el despertar de una conciencia ecológica y social que, años más tarde, Francisco plasmaría en sus encíclicas y mensajes. En Aparecida, la Iglesia latinoamericana se reconoció a sí misma como portadora de una misión especial: estar cerca de los pobres, defender la justicia social y cuidar la creación. Allí, Bergoglio se perfiló como un líder capaz de interpretar los signos de los tiempos y de proponer una Iglesia misionera, comprometida con la realidad de los pueblos.
En el escenario global, Francisco ha alzado su voz en defensa de los migrantes y refugiados, ha llamado a la humanidad a cuidar la casa común, ha trabajado incansablemente por la paz y siempre ha estado del lado de los necesitados. Su empatía, su capacidad de escuchar y de ponerse en el lugar del otro, han hecho de él un Papa cercano, querido y respetado.
El legado de Francisco trasciende las fronteras del catolicismo. Sus mensajes y documentos, como la encíclica Laudato si’ sobre el cuidado del medio ambiente o Fratelli tutti sobre la fraternidad y la amistad social, han impactado a creyentes y no creyentes, invitando a toda la humanidad a construir un mundo más justo, solidario y en paz. Francisco ha sido, y será, un Papa para el mundo y para nuestra historia.
Su papado y legado se pueden resumir en cuatro grandes hitos:
- Austeridad: Desde el primer momento, Francisco eligió la sencillez como estilo de vida. Renunció a los lujos del Vaticano, se trasladó en autos modestos y prefirió vivir en la residencia de Santa Marta en lugar del Palacio Apostólico. Su ejemplo de austeridad no fue solo un gesto personal, sino un llamado a toda la Iglesia a despojarse de lo superfluo y a volver a lo esencial del Evangelio.
- Los pobres como prioridad: Francisco ha insistido en que la Iglesia debe ser una “Iglesia pobre para los pobres”. Sus gestos concretos, como la creación de la Jornada Mundial de los Pobres y la atención constante a los más vulnerables, han puesto el tema en el centro de la agenda eclesial.
- Migrantes y refugiados: En un mundo marcado por el drama de las migraciones forzadas, Francisco ha sido un defensor incansable de los derechos de los migrantes y refugiados. Sus viajes a Lampedusa y Lesbos, sus llamados a la solidaridad y la acogida, y sus denuncias contra la indiferencia han sensibilizado a la opinión pública y a los gobiernos sobre la urgencia de una respuesta humanitaria y fraterna.
- Diálogo ecuménico e interreligioso: Francisco ha promovido el diálogo con otras confesiones cristianas y con las religiones del mundo. Ha tendido puentes con el Islam, el Judaísmo y el mundo ortodoxo, convencido de que la fraternidad y la paz sólo son posibles desde el encuentro y el respeto mutuo. Su histórica firma del Documento sobre la Fraternidad Humana con el Gran Imán de Al-Azhar es un testimonio de su compromiso con la comunión y la convivencia en la diversidad.
Hoy, mirando hacia atrás, sentimos alegría y emoción por haber sido testigos del pontificado de Francisco. Orgullo por el primer Papa argentino, pero sobre todo gratitud por un Papa que supo escuchar el clamor de los pueblos, que no tuvo miedo de salir al encuentro del otro y que nos recordó, con gestos y palabras, que la verdadera grandeza está en el servicio, en la humildad y el amor.
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