
¿Cuántos europeos, a lo largo de los últimos dos mil seiscientos años, no pensaron que los judíos, como mínimo, debían ser excluidos, y como máximo, suprimidos?
Esta es una de las preguntas centrales que plantea el filósofo Jean-Luc Nancy en su diálogo con Danielle Cohen-Levinas en el reciente publicado ensayo “El odio a los judíos”. Nancy advierte que el antisemitismo “como fenómeno pertenece a Occidente ocupando un lugar constitutivo”. Es decir, no podemos comprender la historia y la identidad occidental sin reconocer que el antisemitismo ha sido un componente constante de su desarrollo.
Lo inquietante del antisemitismo es su capacidad de persistencia y transformación: se manifiesta como un movimiento incesante que dirige, propaga y expande el odio hacia los judíos, incluso —y especialmente— cuando estos creen estar seguros. La percepción de seguridad se vuelve aquí un dato central.
Los judíos se sentían seguros en la Europa de entreguerras, y en particular en la República de Weimar. La vida cultural y religiosa judía floreció entonces como nunca antes, con figuras como Franz Rosenzweig y Martin Buber, que encarnaron una experiencia judía vibrante justo antes de la devastación absoluta provocada por el nazismo y sus aliados.
Incluso en sociedades con sistemas legales robustos y valores pluralistas y progresistas, el antisemitismo se presenta como una constante advertencia sobre la precariedad de la existencia judía donde quiera que se encuentre. Y es importante subrayarlo: esta precariedad comienza con los judíos, pero rara vez termina con ellos.
En este sentido, la existencia del Estado de Israel marca un quiebre con siglos de fragilidad judía. Ese quiebre, sin embargo, no es gratuito ni pasa desapercibido. Tal vez no haya expresión más reveladora de la persistencia del antisemitismo que la facilidad con la que ciertos sectores cuestionan la legitimidad misma del Estado judío.
Si el antisemitismo forma parte de la estructura fundante de Occidente, como sugiere Nancy, entonces el resurgimiento global del odio antijudío -junto con la crisis de valores que creíamos consolidados en el mundo occidental- no es un accidente histórico, sino una continuación de la ambigüedad, la desorientación y la falta de claridad que atraviesa a nuestras sociedades.
En este marco, conmemoramos un nuevo Iom Hashoá. Y lo hacemos no solo recordando a las víctimas de la Shoá como expresión máxima del antisemitismo, sino también reconociendo que aquel horror no fue su punto final. El contexto actual nos obliga a repensar la Shoá no como un capítulo cerrado, sino como un punto álgido en una historia que sigue escribiéndose.
El antisemitismo no desaparece: muta, se reinventa, se camufla. Y permanece bien arraigado en las trincheras de Occidente. Siempre listo para salir a dar batalla con nuevos disfraces, armas más sofisticadas y, sí, sociedades más vulnerables.
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