
Lo vi llegar caminando desde avenida Córdoba cargando su portafolio. “Ya que se tomó la molestia de esperarme, hubiera ido a la estación Facultad de Medicina y veníamos caminando”. Ese fue su primer comentario, motivado sin duda por mi expresión de sorpresa.
Como director ejecutivo de la DAIA, me correspondió esperarlo en la puerta del edificio de la calle Pasteur. Era la primera vez que llegaba hasta ahí y fue así el primer arzobispo de la Ciudad de Buenos Aires en reunirse con las autoridades de la entidad que por delegación tiene la representación política de la comunidad judía de la Argentina.
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Fue el 12 de julio de 2001. El trayecto desde la calle al séptimo piso fue animado por un diálogo de gente común que busca conocerse. Fueron dos preguntas las que me formuló y marcaron la relación para siempre: de qué barrio era y cuál era mi identidad futbolera, alegrándose de saber que Flores nos unía, habiendo vivido a escasas cuadras uno del otro. Incluso conocía bien su plaza de la infancia y adolescencia. Coincidimos en que fuimos felices en nuestra crianza. Él, con San Lorenzo; yo, de Independiente.
Aquella reunión fue de una enorme importancia. Habló de su interés en trabajar juntos enfrentando el antisemitismo y por la memoria de la Shoá, pero lo más relevante fue cuando expuso su enorme preocupación por los niveles de desocupación y pobreza y los repetidos hechos de violencia que se observaban en la sociedad, haciendo un llamado a la “unidad” y la “pacificación” de los argentinos, reclamando que el hombre sea el centro de la economía y la solidaridad. Que todas las comunidades debían trabajar con urgencia, generando vínculos y redes de contención.
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La historia la conocemos, pronto los hechos de finales de ese año confirmaron las alertas que hizo sonar en esa reunión. Al concluir, rezó frente a los nombres de las víctimas del atentado terrorista de 1994. Ese fue mi primer encuentro con él. Me es inolvidable.
El segundo momento trascendental lo viví en Roma, el 12 de abril de 2015, cuando ya como Papa congregó a miles de armenios de todo el mundo en la Basílica de San Pedro y pronunció la palabra Genocidio (tres veces), produciendo la emoción, el desahogo de un pueblo tras 100 años de reclamar reconocimiento a su tragedia y un cimbronazo político. La Iglesia daba así un paso extraordinario, largamente esperado y, por sobre todo, justo. Las lágrimas en todos los asistentes son un recuerdo imborrable para mí.
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Estos dos hechos, la profundidad de los mensajes más allá de las palabras vertidas, fueron los que me hicieron dar otro paso en mis convicciones.
Durante años, desde los cargos que ocupé, trabajé y alenté el encuentro y desarrollo de las colectividades, destacando la importancia que ellas, a través de sus distintas instituciones, tienen para nuestra sociedad. Consolidar el mosaico de identidades, que este no fuera mera enunciación. Que el diálogo en la diversidad no fueran meros espacios de té y simpatía.
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El país no resolvía su grieta que, por el contrario, se profundizaba sin solución de continuidad y sin visión superadora. Entendí que era el momento de un gesto distintivo, que ilumine, que nos muestre como en verdad somos, lo que generamos en nuestra vida diaria. Así, conformé una delegación de 40 dirigentes de todas las colectividades argentinas, junto a refugiados de Venezuela, Senegal y Siria cobijados por el país, más representantes de OIM y ACNUR, que viajó a un encuentro histórico en Roma.
Gracias a la gestión de Claudio Epelman, director del Congreso Judío Mundial, el 20 de febrero Francisco nos recibió en la Sala de Audiencias Pontificias Paulo VI. La solemnidad esperada una vez más fue superada por la espontaneidad, la calidez y la humanidad que hizo olvidar el frío intenso de ese día. En voz alta, con los brazos alzados y sonrisa plena, vino a nuestro encuentro diciendo: “Claudio, los juntaste a todos, es un milagro. La foto y la frase, a través de los medios, recorrió el mundo. El mensaje era inequívoco. Argentina daba un ejemplo de algo que la distingue en sus valores, cultura y formación. Fue un hecho inédito, una muestra de lo que verdad somos y que la política no mira. Tampoco emula. Que solo toma en ocasiones muy especiales en un evento o un aniversario.
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No fui su amigo, solo tuve la dicha de conocerlo en situaciones extraordinarias. Nos unían los valores de la fe, la creencia en que un mundo mejor sí es posible y que depende de nosotros.
Puedo decir con orgullo que esos diálogos y experiencias que me tocaron vivir fueron enseñanzas e inspiración. Lo seguirán siendo.
Cada uno de quienes participaron de los eventos relatados sin duda fueron impactados por él. Todos ellos pueden dar testimonio del significado del apretón de manos, del abrazo, de las palabras recibidas o el cruce de miradas y sonrisas.
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Francisco nos deja un legado enorme, su muerte no me es indiferente. El tiempo lo hará siempre presente.
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