
Llegué a Roma por una cuestión académica, y me invitaron a asistir a la misa de Pascua, donde pudimos ver a una multitud de personas de todo el mundo, que hablaban todos los idiomas, y que esperaban a Francisco. Su aparición a las 12 del mediodía del domingo generó una verdadera alegría colectiva porque todos pensábamos que se había recuperado. Pero es probable que el papa Francisco lo haya pensado como una despedida, porque era muy consciente de su estado de salud. La alegría colectiva del domingo de Pascua se transformó una tristeza generalizada durante el lunes. Cuando eso sucede, afloran la reflexión profunda, la meditación y los recuerdos.
Es notable que las repercusiones que hay en todo el mundo no sólo se refieren al papa como religioso, sino a su obra como un líder global de la humanidad en tiempos de incertidumbre. En mis primeros encuentros con el papa Francisco, me señaló que el hábito no hace al monje, y que el cargo no hace a las personas. Hay demasiadas personas en cargos importantes que sólo se ocupan de sí mismos, y por eso fue muy crítico de la mediocridad, la ausencia de ideales, y de la corrupción. Francisco nos enseña que los cargos sólo tienen sentido si uno entiende que son para transformar la sociedad, y eso es lo que él promovió constantemente: transformó la Iglesia.
Siempre trató de acortar la distancia entre el cargo que ocupaba y las personas.
Abrió sus puertas para que todos lo visitaran, y, algunos se enojaron por ciertas visitas. En cierta oportunidad me dijo: ¿sabe por qué permito que todos los que lo desean se saquen fotos conmigo?, si hay una sola foto, tiene valor y pueden pensar que lo que hace esa persona me representa; pero si hay cientos de fotos, ya no tiene esa importancia.
Trató de ser informal para que lo veamos humano. El encuentro celebrado por el diálogo interreligioso era formal, con más de cien personas en un salón del Vaticano, y el Santo Padre sentado solo enfrente del público que lo escuchaba en silencio. Pero cuando Leon Gieco tomó su guitarra, Francisco se levantó, se sentó en la primera fila, al lado mío, me tomó de la mano y su gesto nos emocionó a todos, a tal punto que terminamos cantando esa hermosa canción de Leon por la paz.

Fue un pastor que siempre sembró ideas porque creía en los ideales y fue coherente con ellos toda su vida. Cuando Bergoglio no era Francisco, estaba en Buenos Aires, en tiempos muy difíciles, de mucha tensión, y me recibió para decirme que sólo la fe y los ideales pueden hacernos fuertes y protegernos.
Logró vincular la fe religiosa con los grandes problemas actuales de la humanidad.
El cuidado de la casa común, es decir, del ambiente, fue central en su papado. Eligió el nombre de Francisco, porque San Francisco de Asis representaba la austeridad y el amor por la naturaleza. La Encícilia “Laudato Si” es un documento que no sólo está dirigido a la cristiandad, sino a la humanidad. Es la idea de que la sociedad en que vivimos está agotada y se necesita un nuevo modelo, un humanismo respetuoso del entorno. Trabajé muchos años en reuniones ambientales que se hicieron en todo el mundo y Francisco apoyó siempre, sin dudarlo.
En los últimos años, se ocupó de la inteligencia artificial. Hace cincuenta años comenzó la preocupación por los efectos perjudiciales de la acción humana sobre el ambiente, y ahora comienza el temor de la acción humana sobre el ser humano. Francisco convocó a una reunión por el tema en el año 2020, y sugirió el término “algorética”. Esta es una de las razones de mi presencia en Roma, porque, junto con el ambiente, es el gran desafío de la humanidad.
En la pandemia, cuando sólo había miedo e incertidumbre, Francisco caminó sólo en una plaza San Pedro vacía, y su mensaje fue reemplazar el miedo por la esperanza. El último 27 de marzo de 2025 hicimos un evento para recordar esa “Statio Orbis”, que es un mensaje de esperanza en una humanidad desilusionada.

Francisco pensaba que vivíamos una policrisis, es decir, una multiplicidad de crisis al mismo tiempo.
Creo que el mejor homenaje que podemos hacer es recuperar ese legado y divulgarlo, porque sólo un humanismo solidario, integrado en la naturaleza, puede darnos una salida.
Necesitamos narradores morales de la humanidad.
Gracias por todo Papa Francisco.
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