
La serie Adolescencia, disponible en Netflix, retrata con crudeza y sensibilidad el paso de la infancia a la adolescencia. A través de la historia de un grupo de adolescentes y sus familias, explora los desafíos, conflictos y contradicciones de esta etapa. Desde el primer episodio, un momento en particular resuena con fuerza: un padre, en medio de la desesperación al ver a su hijo detenido y acusado de asesinato, repite una y otra vez: “Solo tiene 13 años”. Esta frase no solo es un grito de auxilio, sino también una interpelación directa a la audiencia. ¿Somos realmente conscientes de lo que significa tener 13 años o hemos perdido de vista lo que implica ser un adolescente en la actualidad?
La adolescencia no es solo una transición entre la infancia y la adultez, es una etapa crucial en la que se construyen cimientos para el futuro. Decisiones, hábitos y experiencias a esta edad pueden marcar la vida entera. A los 13 años el cerebro sigue en pleno desarrollo, con una gran plasticidad neuronal que lo hace altamente influenciable por el entorno. Pero mientras aún están madurando, se enfrentan a desafíos sin precedentes: el acceso temprano a la pornografía —con una media de inicio de consumo a los 13 años, según estudios llevados adelante en la Universidad Austral—, la exposición al ciberacoso, el sexting y la adicción a las pantallas.
Jonathan Haidt, psicólogo social y profesor en la Escuela de Negocios Stern de la Universidad de Nueva York, plantea la tesis de la “reconfiguración de la infancia”. Haidt explica que, en las últimas décadas, hemos cambiado drásticamente la forma de criar a nuestros hijos: los sobreprotegemos en el mundo físico, limitamos su autonomía y reducimos el juego libre, pero, al mismo tiempo, los dejamos desprotegidos en el mundo digital. Este desequilibrio ha generado un aumento de la ansiedad, la depresión y las dificultades para desarrollar habilidades sociales y emocionales.
¿Dejarías solo a un hijo de 13 años en un mar turbulento con alerta de tsunami? Sin embargo, muchos niños y adolescentes están a un clic de sumergirse en un mundo digital abrumador (con alerta de tsunami) sin las herramientas necesarias para navegarlo. Mientras nos preocupamos por su educación, su alimentación saludable y sus actividades extracurriculares, olvidamos que lo más importante es nuestra presencia activa, nuestra guía y nuestro tiempo compartido.
Ante este panorama, ¿qué podemos hacer? Comparto tres orientaciones que tienen amplio consenso entre los expertos:
Poner el celular en “modo familia”: La televisión encendida de fondo, los auriculares puestos o el scrolleo constante se han vuelto habituales. Es clave recuperar el hábito de mirarnos a los ojos, tener tiempo para conversar, para un abrazo, para jugar juntos.
Postergar el acceso a redes sociales hasta los 16 años: Aunque pueda parecer desafiante, preservar la identidad en desarrollo es fundamental para la salud mental de los adolescentes.
Buscar momentos de pantalla compartidos: Ver juntos una serie, una película o unos videos permite disfrutar el tiempo compartido y generar conversaciones que promuevan el pensamiento crítico.
No se trata de rechazar la tecnología, sino de encontrar un equilibrio que nos permita integrarla de manera saludable en nuestras vidas. Este desafío no tiene soluciones rápidas ni sencillas, pero es tanto lo que está en juego que merece nuestra atención y compromiso. Requiere de nuestra presencia activa y de la adopción de nuevos hábitos. Es hora de salir de la burbuja digital y reconectar con lo esencial: la complicidad de una mirada, la calidez de la risa compartida, la libertad de un juego al aire libre. Porque es en esos momentos cotidianos, en los vínculos cercanos, donde se construyen los lazos que sostienen el crecimiento, potencian nuestras capacidades personales y familiares, y abren las puertas a un futuro lleno de esperanza para nuestros hijos.
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