
La dimensión fundacional del actual momento internacional que estamos transitando, signado por un esbozo de condominio de grandes poderes, exige definir una política exterior autónoma, sin alineamientos y, fundamentalmente, basada en el interés y valores de la República Argentina, en la línea de lo que Carlos Saavedra Lamas llamaba la “Noble Tradición Internacional Argentina”.
Esta Noble Tradición, tal como bien señalara nuestro primer Premio Nobel de la Paz, Carlos Saavedra Lamas, es el resultado de remotas influencias que gobiernan el presente, generando continuidades y orientaciones para las futuras generaciones.
La obra de notables hombres públicos como Bernardo de Monteagudo, Mariano Moreno, Domingo F. Sarmiento, Juan B. Alberdi, Carlos Tejedor, Bernardo de Irigoyen, Norberto Quirino Costa, Estanislao Zeballos, Francisco P. Moreno, Carlos Calvo, Joaquín V. González, Luis María Drago, Roque Sáenz Peña, Ángel Gallardo, Honorio Pueyrredón, Carlos Saavedra Lamas, y tantos otros, han abonado nuestras tradiciones.
La política exterior, como toda política, es un proceso que a partir de 1963 encuentra su sustento y continuidad de estado en la creación, por parte de Carlos Manuel Muñiz, del Instituto del Servicio Exterior de la Nación, y en la emergencia de un Servicio Exterior de la Nación idóneo (artículo 16 de la Constitución de la Nación) y profesional.
Burocracia estatal, en el sentido weberiano del término –racional y legal y no ceñida a visión personal del gobernante- que ayuda a definir la política exterior de la República y e implementa su accionar diplomático.
Servicio Exterior que implementa la política exterior de la Nación con las directivas del Poder Ejecutivo, en el marco de la Constitución Nacional y del ordenamiento jurídico vigente.
Solo de esta forma la política exterior puede ser una política de estado, garantizando la necesaria continuidad en el tiempo y asegurando la defensa de los intereses permanentes de la República.
El actual contexto internacional presenta una naturaleza dinámica. Esto hace que las relaciones exteriores de cualquier país deban adaptarse constantemente a las nuevas reglas y condiciones, sin desconocer su esencia, y preguntarnos: ¿cuál es el contexto que enfrenta nuestro país? ¿Cuál es la inserción internacional más adecuada para poder beneficiarnos y aprovechar los beneficios globales? En definitiva, ¿cómo maximizar nuestros valores e intereses nacionales?
Con aguda inteligencia, elegancia retórica, sensibilidad política, social y cultural, visión universal de los acontecimientos y con amplia experiencia y conocimiento de las cuestiones vitales de nuestro tiempo, debemos reflexionar profundamente sobre cuestiones tan diversas y relevantes como: impacto de la IA en nuestra vida cotidiana; integración hemisférica y regionalismo; defensa de los derechos humanos; defensa del multilateralismo y la carta de las Naciones Unidas; apego inequívoco al Derecho Internacional y rechazo al uso o amenaza de uso de la violencia y a la militarización de la diplomacia.
No es casual que Juan Bautista Alberdi, uno de nuestro padres fundadores y autor de la Constitución nacional, haya escrito una de las más importantes obras sobre política internacional: El Crimen de la Guerra.
En esta era de bajamar del multilateralismo, en la que algunos actores internacionales quisieran regresar al pasado y constituir un nuevo condominio de grandes potencias, es oportuno regresar los fundamentos de nuestra política exterior y citar a Juan Bautista Alberdi.
El “pueblo mundo” del que hablaba Juan Bautista Alberdi encuentra, en la Organización de las Naciones Unidas, el ámbito adecuado para la necesaria colaboración y cooperación que nos permitirá transitar este siglo XXI en paz.
La Organización de las Naciones Unidas creada en 1945, fue “pensada” con anterioridad por todos aquellos que creen en la paz y cooperación entre las Naciones. Entre ellos el propio Juan bautista Alberdi quien, en su libro El Crimen de la Guerra, decía alrededor de 1872: “Si hay un pueblo que esté llamado a realizar perpetuamente el gobierno de sí mismo (selfgovernment), es ese pueblo compuesto de pueblos que se llama sociedad de las naciones”.
Estos tiempos difíciles y complejos requieren de más y mejor diplomacia, ya que la gran mayoría de los desafíos y oportunidades de este siglo constituyen, en la célebre frase del ex Secretario General Kofi Annan, “problemas sin pasaportes”, y es por ello que una diplomacia profesional e idónea, como cuenta desde hace décadas la República Argentina, es imprescindible para tener una política exterior al servicio del progreso y desarrollo nacional.
Concluyo con una frase del ex canciller y primer Premio Nobel de la Paz, Carlos Saavedra Lamas, en ocasión de pronunciar su discurso de aceptación de la presidencia de la Asamblea General de la Liga de las Naciones, el 21 de septiembre de 1936. Conceptos que, a casi 90 años de haber sido pronunciados, guardan su validez y vigencia: “La Sociedad de las Naciones es objeto de críticas continuadas. Se le formulan reproches persistentes y se hacen incidir sobre ella todas las responsabilidades. Tiene, sin embargo, el derecho de volverse hacia los que la fustigan, hacia el mundo que la circunda, para formularle, a su vez, una reclamación: la necesidad de contribución moral, de la lealtad solidaria, del coraje hasta del espíritu de sacrificio, que se comprometieron en el momento de su creación y que su misión exige”.
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