
Hasta hace apenas semanas, en un contexto en el que los planetas parecían alinearse en favor del Gobierno, el PRO en general, y Mauricio Macri en particular, enfrentaban una encrucijada de altísima complejidad y difícil resolución: decidir -basándose en el criterio de “mal menor”- entre la rendición incondicional que supondría la integración al oficialismo en los términos unilaterales impuestos por Milei o una definición de “ir por afuera” que no solo amenazaba con condenarlos a la intrascendencia sino también provocarles una “sangría” de dirigentes o una eventual ruptura.
La fortaleza del Gobierno tanto en el plano macroeconómico y financiero, los “guiños” de la geopolítica global y los altos niveles de aprobación e imagen que arrojaban las encuestas, lo llevaban a Milei a acelerar de cara al proceso electoral endureciendo su narrativa, profundizando su vocación totalizante y acrecentando sus ambiciones tendientes a consolidar sus pretensiones hegemónicas.
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Si en el plano simbólico ello implicaba azuzar discursivamente los principales resortes de la “batalla cultural”; en el plano político se buscaba reforzar los rasgos personalistas y verticalistas del gobierno, alejando cualquier lógica asociada a “coaliciones” o “acuerdos”; y en el plano estrictamente electoral, la operación se completaba reviviendo la “vieja” estrategia de polarización, rescatando del yermo terreno de una oposición muy fragmentada y debilitada a Cristina Kirchner, para erigirla en un “adversario” a medida de los objetivos de Milei.
Una invitación que, por cierto, la ex presidenta aceptó gustosamente, profundizando la crisis que ya atravesaba el peronismo tras el estrepitoso fracaso del gobierno de Alberto Fernández, escalando peligrosamente su enfrentamiento con el gobernador Kicillof, y empeñándose en obturar cualquier atisbo de la imprescindible renovación de liderazgos en el partido político históricamente más convocante del país.
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Sin embargo, cuando todo parecía a merced de Milei y sus intereses, “pasaron cosas”.
Es cierto que incluso desde antes de asumir, el Presidente y su gobierno había evidenciado una tendencia a las recurrentes desavenencias, las tensiones políticas internas, las desinteligencias en materia de comunicación, los problemas de gestión en áreas claves, entre otras carencias que, aún tras la lógica “curva de aprendizaje”, lo llevaron a cometer múltiples errores no forzados que, en muchos casos, se resolvieron con el destierro de dirigentes que lo habían acompañado desde la primera hora.
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El Gobierno -y Milei especialmente- parecían blindados frente a tropiezos que, en otro contexto, hubiesen escalado a crisis. Es que los “logros” en materia de contención de la inflación y relativa estabilidad cambiaria, sumadas a la “motosierra” que acompañó la exaltada narrativa “anti-casta”, no solo le granjearon inéditos niveles de apoyo para una gestión que encaraba el ajuste más feroz de la historia argentina, sino que al mismo tiempo desconcertaba a opositores que por temor o pragmatismo se mostraban incapaces de capitalizar políticamente los “errores” libertarios.
Esta semana algo cambió, y podría tener potenciales consecuencias sobre -entre otras aristas- el pretendido proyecto de reconfiguración del sistema político que persigue el oficialismo. El “cripto-gate” se instaló como la primer gran crisis del gobierno. Una crisis que, a diferencia de los “tropiezos” o errores anteriores, impactó de lleno en el núcleo del gobierno y obligó -por primera vez- no solo a poner en marcha un mecanismo para mitigar sus potenciales consecuencias sino también a discutir internamente algunos mecanismos de toma decisiones. Una crisis que, por cierto, se revela como una suerte de profecía autocumplida si se mira en retrospectiva lo que venía sucediendo desde el tan destemplado como inoportuno discurso presidencial en el Foro de Davos.
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Lo cierto es que el PRO, que se enfrentaba a la amenaza más concreta para su supervivencia desde que fuera fundado hace casi dos décadas, y resistía a duras penas una estrategia de desgaste del oficialismo que ya había mutado en los últimos tiempos a una cooptación de dirigentes, hoy parece encontrarse ante una “oportunidad” que hasta hace muy poco parecía casi imposible.
Una “oportunidad” que interpela directamente a Mauricio Macri, el único referente del espacio que él mismo fundara que, de mostrar gestos claros de voluntad de liderazgo y avanzar en una estrategia de posicionamiento de perfiles más nítidos, podría capitalizar la coyuntura e incluso salir airoso de lo que muchos avizoraban como una inevitable agonía que, más temprano que tarde, conduciría a la extinción del PRO.
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Hay indicios, por estas horas, de que el ex presidente parece haber tomado nota de esta “ventana de oportunidad”. Aprovechando el fracaso de la licitación por la hidrovía, por la que referentes oficialistas lo habían fustigado durante meses, calificó de “impresentables” a los funcionarios que se ocuparon del tema, apuntó fuertemente contra Santiago Caputo y le exigió al Presidente explicaciones ante lo que consideró un “destrato” a él y al PRO. Y, en un claro mensaje de contraste con el gobierno, no sólo les adjudicó el intento de que “no haya competencia” sino que subrayó que durante su gobierno “se hicieron miles de licitaciones y nadie impugnó un pliego” y reclamó al gobierno que explique “por qué fracasó”.
Obviamente Macri y el PRO necesitarán ir mucho más allá. Incluso, casi con seguridad, continuará no solo siendo objeto privilegiado de la estrategia de desgaste, sino que PRO seguirá lidiando con una situación en la que varios de sus referentes en distintos territorios negociarán individualmente con diferentes terminales del oficialismo por convicción, conveniencia personal o mero instinto de supervivencia, y en que los gobernadores propios se mostrarán reticentes cederán su autonomía para acordar estrategias electorales locales.
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Es que conforme Milei y Cristina Kirchner continúen adentrándose en el barro político que ofrece esa ciénaga polarizadora, crecerán los incentivos para que su espacio mantenga e incluso busque profundizar su propia identidad, en un intento de procurar no solo un posicionamiento electoral más competitivo, sino buscando interpelar más allá de las urnas a aquellos que aun acompañando la voluntad de cambio profundo que expresó Milei, valora las formas republicanas y el respeto a la institucionalidad.
Un camino que probablemente no ofrezca atajos, y que incluso pueda incluir alguna derrota legislativa este año en la medida que el gobierno pueda seguir capitalizando electoralmente algunos de sus “logros” en el plano económico, pero que el espacio podría capitalizar en un mediano plazo ante la radicalización del proyecto del presidente, la persistencia del rechazo al kirchnerismo, y la crisis generalizada de otras expresiones políticas tradicionales.
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Una tarea en absoluto sencilla, que requiere de un liderazgo que encuentre la justa alquimia entre audacia y cálculo, y que habrá que ver si Macri está dispuesto a encarar, teniendo presente que como decía el recordado periodista rosarino Mauricio Maronna en política “no hay muertos, sino desmayados”. Para el ex presidente, quizás sea este el momento más oportuno para ese despertar.
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