
Bajo la promesa de iniciar “una era dorada” en Estados Unidos, Donald Trump juró como el 47.º presidente norteamericano. Y si bien históricamente América Latina no ha sido una prioridad en la agenda estadounidense, ciertas declaraciones recientes del jefe de Estado norteamericano sugieren nuevos escenarios. ¿Qué podemos esperar de la relación entre Trump y América Latina?
Sin dudas, México se perfila como uno de los países que podría verse más afectado por las políticas de Trump por tres cuestiones: la migración, el crimen organizado y por el endurecimiento de las políticas comerciales. En cuanto a lo migratorio, tanto en la campaña como en su discurso de asunción, Trump fue claro: a partir de su llegada al poder, la frontera sur tendrá políticas mucho más restrictivas para evitar que más personas ingresen sin papeles a Estados Unidos.
Y para la presidente de México, Claudia Sheinbaum, esto puede ser un problema por varios motivos. En primer lugar, porque con el endurecimiento de la política migratoria por parte de Trump, más de 11 millones de mexicanos que viven en Estados Unidos sin papeles corren riesgo de ser deportados. Si esto sucede, México podría perder un ingreso de 65.000 millones de dólares en remesas que los mexicanos viviendo en el país norteamericano envían a sus familiares, cifra que representa el 4% de su PBI.
Sin embargo, México se ve afectado no solamente por sus compatriotas viviendo en Estados Unidos sino por gran parte de los migrantes hispanos sin papeles, independientemente de sus países de origen. ¿Por qué? Porque México ya tiene un acuerdo con el gobierno de Estados Unidos para enviar a los migrantes deportados a sus naciones de procedencia. Sin embargo, Estados Unidos no tiene acuerdo de deportación con todos ellas, por lo que, en esos casos, estos inmigrantes no van directamente a su país de origen, sino que son deportados a suelo mexicano, quien deberá hacerse cargo de ellos.
En paralelo, y aumentando la presión sobre el gobierno de Sheinbaum, Trump anunció que volverá a instaurar el programa “Quédate en México”, que obliga a los migrantes y solicitantes de asilo a permanecer en territorio mexicano hasta que sus trámites para ingresar a Estados Unidos queden resueltos.
Sin embargo, y dado que la cantidad de personas en situación migratoria irregular aumentó un 26% con respecto al año pasado, ¿podrá México sostener semejante despliegue de financiamiento en las ciudades fronterizas? ¿Tiene la capacidad de infraestructura para mantener a los 230.000 migrantes centroamericanos, mexicanos y venezolanos que buscan migrar al país norteamericano? Definitivamente no.

Y de acuerdo con la visión de Trump, los flujos migratorios ilegales están intrínsecamente ligados al crimen organizado y este será otro de los asuntos que generará roces diplomáticos con América Latina y especialmente con México. En su discurso de asunción el presidente norteamericano anunció que va a nombrar a los cárteles del narcotráfico como “organizaciones terroristas extranjeras” (“FTOs” por sus siglas en inglés), algo que le permite enviar tropas federales a la frontera sur para impedir la llegada de lo que, en sus palabras, denominó como “una invasión”.
En Estados Unidos el tráfico de drogas ilícitas, como el fentanilo, ha provocado crisis de salud pública con más de 100.000 muertes por sobredosis, exacerbando tensiones con países productores y de tránsito. Además, desde hace años, Estados Unidos es el país con mayor consumo de cocaína del mundo y el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) estima que los cárteles mexicanos ganan al menos 13 mil millones de dólares anuales por el tráfico de personas hacia Estados Unidos, una cifra que se ha triplicado desde 2018. Por último, los homicidios relacionados con pandillas del crimen organizado representan entre el 13% y el 25% de los crímenes violentos en las áreas urbanas norteamericanas.
Pero otro tema que puede afectar la relación con América Latina, y puntualmente con México, es el tema económico. Como sabemos, Trump es reacio a las instancias multilaterales y a los organismos internacionales, por lo que es probable que las relaciones comerciales se generen a través de acuerdos bilaterales más favorables a los intereses de Estados Unidos, como lo hizo con el T-MEC (el acuerdo entre Estados Unidos, México y Canadá) que exigió reformas o concesiones en industrias claves como la automotriz y la agricultura, provocando aumentos en los costos de la producción mexicana, con su correspondiente pérdida de competitividad. A su vez, la dependencia de México del mercado estadounidense, al que destina el 80% de sus exportaciones, exacerba esta vulnerabilidad.
Además, en términos comerciales, hubo otro anuncio que despertó todo tipo de polémicas: la decisión norteamericana de tomar el control del Canal de Panamá, que representa el 3% del comercio marítimo global anual. Según manifestó el presidente, su ofensiva responde a la presencia de empresas chinas en la zona y por los altos costos que enfrentan los barcos estadounidenses para transitar por él. Recordemos que el canal, una zona estratégica para el comercio mundial, estuvo en manos norteamericanas desde 1914 a 1999, cuando fue devuelto a Panamá tras el acuerdo Carter-Torrijos. En su discurso inaugural, Trump hizo una afirmación rotunda: “No se lo dimos a China, se lo dimos a Panamá y lo estamos recuperando”, algo que ya fue desmentido y rechazado por el presidente panameño Raúl Mulino quien defendió la soberanía estatal sobre el canal.
Y, sin dudas, uno de los grandes protagonistas de la agenda latinoamericana va a ser Venezuela. Después de que Maduro se autoproclamó presidente tras unas elecciones cuestionadas por prácticamente toda la comunidad internacional, queda la duda de cuál será el rol de Estados Unidos ante este tema. Si bien la llegada de Marco Rubio como Secretario de Estado ilusiona a la oposición venezolana, por ahora no hay muchos indicios de una transición pacífica a la democracia impulsada por Estados Unidos. Después de todo, si bien la dependencia norteamericana del petróleo venezolano ha disminuido considerablemente en la última década, esta sigue siendo alta e incluso aumentó un 43% en 2024, sumado al permiso otorgado a Chevron para operar en Venezuela. La falta de mención al caso venezolano en el discurso de asunción puso de manifiesto que hoy las prioridades de Trump, incluso en América Latina, están en otro lado: en la migración y el comercio. Sin embargo, la situación institucional en Venezuela no es un tema aislado. Una nueva crisis humanitaria podría implicar hasta 5 millones de nuevos migrantes bolivarianos que se agregarían a los 8 millones que salieron del país y que, en 10% de los casos, eligen a Estados Unidos como la nación a donde ir.
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