
La caída del régimen de Bashar al-Assad en Siria marca un giro crucial en la geopolítica de Medio Oriente, reconfigurando los equilibrios de poder en una región ya profundamente volátil. El fin de una dictadura brutal podría parecer un triunfo, pero el vacío de poder dejado por su caída amenaza con sumir a Siria en una nueva fase de incertidumbre y violencia.
El grupo yihadista Hayat Tahrir al-Sham (HTS), liderado por Abu Mohammad al-Jolani y con raíces en Al Qaeda, tomó el control de vastas zonas del país, incluida Damasco. Aunque intenta proyectar una imagen moderada hacia occidente, sus antecedentes extremistas y su agenda radical recuerdan a los talibanes: una fachada pragmática que oculta una peligrosa ideología.
La consolidación de HTS no augura estabilidad. Siria parece encaminada hacia una fragmentación definitiva, con facciones étnicas, religiosas y políticas luchando por el control territorial. Los kurdos buscan reafirmar su autonomía en el noreste, mientras las comunidades alawitas y drusas, antaño aliadas de Assad, se repliegan a enclaves más seguros para protegerse de represalias. Las disputas por recursos y territorios perpetúan el caos, atrapando a la población civil en un ciclo interminable de sufrimiento.
A nivel internacional, Turquía emerge como el gran estratega. Bajo el liderazgo de Recep Tayyip Erdogan, Ankara respaldó tácticamente a HTS para neutralizar la amenaza kurda y consolidar su influencia en el norte de Siria. Con astucia, negoció con potencias como Rusia, Irán y, en menor medida, Estados Unidos. Sin embargo, este reposicionamiento estratégico está lleno de riesgos. Aunque HTS depende de Turquía, su agenda extremista podría desbordar el control turco. Además, el resurgimiento de grupos como el ISIS complica aún más la situación.
Para Irán, la caída de Assad representa un golpe estratégico. El desmantelamiento del “eje de resistencia” que conectaba a Teherán con Hezbollah a través de Siria debilita su capacidad operativa en la región, justo cuando enfrenta presiones internas y externas. Rusia, por su parte, vive un fracaso geopolítico después de haber invertido recursos para sostener al régimen de Assad. Con el territorio fragmentado y la creciente influencia de Turquía, el Kremlin ve erosionada su posición en una región clave para su proyección global.
Israel también enfrenta nuevos desafíos. Preocupado por la expansión de HTS y el vacío de poder en Siria, intensificó su control sobre los Altos del Golán para garantizar su seguridad. No obstante, estas medidas preventivas podrían intensificar las tensiones con actores regionales, especialmente si HTS consolida su dominio en las fronteras israelíes.
Occidente, por otro lado, adoptó una postura más distante. La probable administración de Donald Trump, inclinada a retirar las últimas tropas estadounidenses, refleja un rol marginal de las potencias occidentales en la fase final del conflicto. Si bien se les critic´p por su inacción, responsabilizarlas completamente del caos en Siria simplifica un conflicto profundamente enraizado en divisiones internas y rivalidades regionales.
El panorama interno en Siria es sombrío. La fragmentación territorial parece inevitable, con regiones disputadas por diversas facciones. Las minorías étnicas y religiosas enfrentan un futuro incierto, mientras las luchas internas y el vacío de liderazgo abren la puerta a una mayor expansión del extremismo. En este escenario, HTS se posiciona como el nuevo símbolo del yihadismo en la región, aún si logra obtener cierto reconocimiento internacional mediante su discurso de moderación.
La situación de las minorías étnicas y religiosas es especialmente preocupante. Los cristianos, yazidíes y drusos se encuentran bajo una creciente amenaza existencial. Siria, que alguna vez fue un mosaico de diversidad, se ve ahora sumida en una tragedia humanitaria de dimensiones colosales. La caída de Assad no solo cierra un capítulo oscuro, sino que inaugura una etapa aún más incierta, con actores extranjeros disputándose el control, mientras los civiles siguen pagando el precio más alto.
El futuro de Siria está marcado por la incapacidad de los actores internacionales para encontrar una solución efectiva, mientras los intereses geopolíticos continúan condicionando el sufrimiento de la población. Siria sigue siendo un terreno de batalla para potencias extranjeras, pero los que realmente pagan el precio son los civiles, atrapados entre las luchas por el control y la constante amenaza del extremismo.
En este tablero caótico, Turquía demostró ser el jugador más astuto. Sin embargo, su éxito podría ser efímero si los grupos que ahora controla, como HTS, se vuelven en su contra, o si las dinámicas internas de Siria desbordan las fronteras. El futuro del país parece condenada a continuar como un epicentro de violencia y rivalidades, donde los mayores perdedores siguen siendo los civiles, que han visto sus hogares y esperanzas destruidos por un conflicto interminable.
Siria, destrozada por la guerra, sigue atrapada en una espiral de dolor y desesperanza. La tragedia de su pueblo no solo persiste, sino que se intensifica, dejando en el aire una amarga interrogante: ¿Hasta cuándo podrá resistir una nación que ha perdido casi todo, menos su sufrimiento?
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