
La influencia de la ciencia y tecnología en la competencia geopolítica entre Estados Unidos y China es cada día más determinante. También para definir el orden mundial del futuro. Durante la segunda parte del siglo XX el equilibrio estratégico entre la Unión Soviética y Estados Unidos estaba concentrado principalmente en desarrollos militares vinculados a la energía nuclear, la química y la biología. Ante el impacto indiscriminado y la excesiva capacidad de destrucción masiva de esas tecnologías, en la actualidad han ido adquiriendo mayor relevancia militar otras aplicaciones tecnológicas de última generación, tanto de poder duro como blando, al punto de configurar un nuevo capítulo de amenazas a la seguridad internacional.
La evolución de la tecnología está permitiendo que desarrollos controlados por sistemas tácticos inteligentes se estén convirtiendo en paradigma de cambios en los armamentos y en las doctrinas estratégicas. También han abierto un ámbito novedoso de confrontación al terrestre, marítimo, aéreo y del espacio exterior. La Organización del Atlántico Norte (OTAN) ha reconocido al ciberespacio (que incluye al hardware, software y la información) y al espectro electromagnético como nuevos dominios de competencia que trasciende la geografía. Ese campo disruptivo, motivado por la sociedad digital, es ya un poderoso acelerador de conflictos.
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Al ser la inteligencia artificial (IA) un multiplicador de poder se está transformando en vector de la revolución tecnológica militar del siglo XXI y el país que logre los mayores avances tendrá claras ventajas de supremacía geopolítica. Por el momento, las empresas tecnológicas de Estados Unidos y China lideran la IA a escala mundial y la proliferación de ecosistemas digitales. Sin embargo, no es un duopolio definitivo y el número de países que se incorporan crece con rapidez. Las corporaciones multinacionales también facilitan el acceso de terceros actores al desarrollo de la IA para sus necesidades nacionales que incluye la seguridad y la defensa.
La militarización de la IA con el objetivo de multiplicar la eficiencia de los sistemas de armas y las operaciones militares se encuentra en acelerada evolución y está cambiando las percepciones de seguridad de los Estados. La aplicación y la innovación digital, por ejemplo, aprovecha vulnerabilidades económicas y militares abarcando una gama muy amplia de aplicaciones que van de la mera piratería a la interrupción de redes de comunicación hasta interferencias de estructuras logísticas con sistemas de comando y control y la propagación de campañas de desinformación
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En este escenario, el Secretario General de las Naciones Unidas se ha mostrado favorable a la posibilidad de crear un organismo especializado de supervisión de la IA similar al Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Asimismo, resultan relevantes orientaciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas que destacan que en el desarrollo y despliegue de la AI se deben respetar dimensiones éticas, el derecho humanitario internacional y, entre otros, los limites en el uso de los sistemas letales de armas autónomas (LAWS).
También advierte sobre los riesgos de una carrera tecnológica con derivaciones militares en un mundo en continua evolución científica, de alta conectividad y políticamente ambiguo y volátil. En ese contexto, es urgente promover un debate multilateral sobre la gobernanza tecnológica global e impulsar procesos para la adopción de códigos de conducta e instrumentos jurídico-vinculantes para garantizar que las tecnologías del siglo XXI sean utilizadas para el fomento de una comunidad internacional más segura, confiable y previsible.
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