
La victoria de Javier Milei en las elecciones presidenciales de 2023 sigue resonando en el ámbito institucional partidario argentino. Juntos por el Cambio, la coalición que quedó en tercer lugar, no logra cohesionar una respuesta a la pregunta identitaria originaria: ¿Qué somos? Por un lado, la línea “Halcón” fue la primera en despegarse y fusionarse con el presidente, entendiendo que el objetivo es la supervivencia y evaluando que su electorado ya se encuentra en manos de la fuerza oficialista. Por otra parte, los huérfanos del expresidente resisten la embestida de los ministros y buscan afianzarse en un armado donde la desconfianza es la moneda corriente. Los alfiles de la Coalición Cívica y la UCR reprochan, con cierto grado de razón, el pasado y presente del PRO como jugador autónomo.
El movimiento justicialista atraviesa una etapa de grandes discusiones internas en el ámbito de la disciplina y las ideas. Un primer paréntesis en los debates partidarios se arraiga en el nivel de responsabilidad institucional de los actores. Es decir, aquellos que poseen una función ejecutiva a nivel subnacional pueden llegar a mostrar actitudes de benevolencia hacia el ejecutivo nacional por cuestiones de gobernanza, teniendo en cuenta que los peronistas que osan desafiar el poder central recorren un camino mucho más espinoso, como se puede observar en el caso del gobernador de La Rioja. No obstante, eso no oculta la verdadera intención de los militantes (desde Cristina Fernández, Sergio Massa, hasta el que abre la unidad básica en la ciudad más recóndita del país) de discutir la doctrina justicialista. ¿Cambio o continuidad?
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La discusión sobre cambio o continuidad ha sido abordada por varios teóricos políticos a lo largo del siglo XX. Por una parte, Antonio Gramsci planteaba que el cambio no sería inmediato ni sencillo; requeriría una larga y compleja lucha en el ámbito de las ideas y la cultura, que repercutiría en la política y la economía. Por lo tanto, el cambio del sistema sería el resultado de un proceso gradual y multifacético en el que una ideología oprimida lograría ganar influencia y construir una nueva hegemonía. Por otra parte, Arturo Jauretche argumentaba que el cambio en el sistema estaba atravesado por la superación del “colonialismo cultural”, es decir, la dominación de las ideas y valores de las potencias extranjeras en Argentina. Según el pensador peronista, la continuidad del sistema de dominación colonial se daba a través de la educación y los medios de comunicación, que imponían una visión del mundo ajena a los intereses nacionales. El cambio debía surgir de la reivindicación de una cultura y una política auténticamente nacionales.
Aunque la macroteoría de ambos filósofos se centra en la explicación del cambio sistémico, es posible considerar las discusiones partidarias —y posteriores transformaciones— en debates subsistémicos de transformación o continuidad. Es en este punto donde se produce la primera gran afirmación que ambos teóricos, resistida por muchos peronistas, comparten: la inevitabilidad del cambio.
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Esa inevitabilidad del cambio gira en torno a dos grandes ejes. En primer lugar, la resistencia opaca y frustrada de aquellos que se beneficiaban con el modelo partidario anterior. Es decir, la defensa del statu quo siempre proviene de un interés dirigencial que, aunque desoye la máxima peronista “por último los hombres”, busca mantener procesos que nos han llevado a la derrota en las dos últimas elecciones. Este conjunto de dirigentes y militantes no debería preocupar, ya que, cuando las fuerzas de la transformación están en marcha, no hay eslabón que pueda detenerla. A su vez, cuando la resistencia del statu quo comienza a desquebrajarse, los peones de dichas banderas abandonan el reaccionismo y se encolumnan detrás del cambio.
El segundo eje, y el que debe ser titulado como la gran discusión partidaria, es el foco de la transformación justicialista. Cuando se vence la resistencia y se inicia el proceso transformador, muchos actores quieren apalancarlo en las personas. “El cambio es eliminar a tal o cual dirigente”, repiten. Sin embargo, no hay nada más alejado de la realidad que eso. La revolución partidaria institucional debe centrarse en el ámbito de las ideas y, por consiguiente, elevará o marginará a los recipientes de esos modelos de acción.
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Los ejes, por lo tanto, son disputas de ideas. En una primera instancia, la disputa entre cambio y continuidad que, como he explicado a lo largo de estas líneas, tiene un resultado inevitable. El segundo eje se puede resumir en la interpelación: ¿Qué tipo de cambio? Es decir, es una cuestión de profundización dentro del movimiento inalterable. Es en ese momento donde el rol de la juventud es clave en la intensidad del proceso. No es que defina a la juventud como una característica positiva intrínsecamente, sin embargo, su capacidad para analizar el estrato que no acompañó al justicialismo en la última elección, sumado a la posibilidad de caracterizar un nuevo plan de gobierno moderno y acorde a las circunstancias, la sitúan como la gran transformadora.
El cambio en el plano de las ideas es lento y agotador. La resistencia es férrea y comandada por muchos jóvenes que defienden que la transformación consiste en mantener las viejas prácticas con nuevas caras. No hay nada más alejado de ser revolucionario que ser peón en el juego del statu quo, el mismo que nos ha llevado a dos derrotas y al alejamiento de la clase trabajadora de su representación natural que es, sin dudas, el peronismo.
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