
“Ninguno que llamándose hermano fuere o maldiciente, o borracho,o ladrón debe ser aceptado por la Iglesia antes de arrepentirse”. Mateo18: 15-17
Para quienes somos católicos, la Santa Misa constituye un momento de profunda comunión con nuestra fe. En mi caso,como en el de muchos otros, se le suma la sensación de reconciliación, paz y amor por estar en presencia de Dios.
El copamiento, con gritos tribuneros, por simpatizantes del odio, más cercanos a admirar la conducta de Barrabas, que a la austera vida de Jesús, evidentemente preparados y con, lamento decirlo, la complicidad de algún sacerdote, constituye una grave ofensa.
El viernes 14 de junio, durante una ceremonia en la parroquia Inmaculado Corazón de María, en Constitución, durante una misa presidida por el obispo auxiliar de Buenos Aires, monseñor Gustavo Carrara, militantes que estaban presentes en el templo empezaron a corear “La patria no se vende”, una consigna dirigida contra la política del actual gobierno.
A propósito de ese episodio, sostengo que la máxima autoridad religiosa debe trabajar para impedir que un acto litúrgico sea convertido (por cualquier agrupación política) en una algarada partidaria. De hecho, referentes de la institución ya han reaccionado en ese sentido. Por ejemplo, el arzobispo Jorge García Cuerva, quien advirtió: “la eucaristía es algo sagrado; no está bueno usarla para dividir, para fragmentar, para partidizar”.
Todos los argentinos tenemos el derecho de manifestarnos, pero respetando las ideas de los otros.
Dice la Biblia” un hombre que odia esta caminando en la oscuridad en contraposición a la luz “Juan 2 : 9-11
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