
Hay un consenso generalizado en la sociedad que la escuela secundaria debe cambiar. Los resultados de las Pruebas Aprender o Pisa también dan cuenta de ello, alarmando sobre la falta de comprensión en la lectura o sobre las dificultades en matemática que tienen los estudiantes; pero, sin embargo, somos reticentes a lo nuevo.
En una escuela cuyo formato es rígido, con un saber clasificado, propio del siglo XIX, se enseña y se aprende de manera fragmentada y, en consecuencia, se evalúa de la misma forma. Hoy por hoy, en nombre de la equidad se le ofrece a todos los mismo: iguales contenidos y estrategias de enseñanza, mismas actividades y similares evaluaciones, hecho que no lleva a una igualdad entre los jóvenes, sino, por el contrario, profundiza las diferencias. Y, si bien tenemos una Ley de Educación (N°26206/2006) que plantea generar alternativas de acompañamiento, crear espacios extracurriculares para mejorar las trayectorias estudiantiles u organizar la tarea docente con concentración de horas cátedra, cuesta reformar el nivel, tomar conciencia de la necesidad de hacerlo y superar la encrucijada.
En estos días, la evaluación volvió a ser un tema de debate nuevamente a partir de los cambios implementados en las escuelas secundarias de la provincia de Buenos Aires. Y, a pesar de que la reforma plantea varias transformaciones, tales como modificación de contenidos, propuestas formativas en el último año para articular con el mundo del trabajo o el acercamiento a la universidad o un nuevo formato cuatrimestral por materias con una calificación de 7 de promedio, lo más criticado fue la “no repitencia ciclada”, es decir, que aquellos estudiantes que deban hasta cuatro asignaturas, podrán recursarlas al año siguiente con una intensificación; en cambio, si el alumno debe más de 5 materias, deberá repetir el año. Sin embargo, esta medida académica de “recursar” ha recibido innumerables críticas, un hecho que resulta oportuno en el nivel terciario o en la universidad, pero espanta que se pueda hacer en el nivel secundario.
Algunas décadas atrás, Kaplan advertía que la repitencia funciona como una etiqueta que tiene como efecto la construcción de una imagen -y autoimagen- devaluada del estudiante donde el “alumno repitente” es una figura que genera sufrimiento (no sólo en él, sino en su familia), que era objeto de burla y que minimizaba a quien así era clasificado.
No obstante, esa herida narcisista que significa repetir de año en los jóvenes no representa una mejora en su nivel académico, sino que se transforma en una encerrona trágica: repetiste, te cambiás de turno o de escuela, perdés tu grupo de pares y te convertís en el rezagado.

Es interesante aclarar que sólo el 22% de los estudiantes termina la escuela en tiempo y forma. Y añado datos de UNESCO: la repitencia y la sobreedad se da en los sectores más pobres. Entonces, hay mucho por hacer para la igualdad y la equidad tan deseada.
En la escuela la evaluación, comúnmente, es un trato mercantil entre docentes y estudiantes. Y, si bien se han venido provocando cambios al respecto, generalmente se la considera como un entrenamiento para el examen final, privilegiando una forma de ser en la clase con un alumno modelo, aplicado y dócil. Por ende, se transforma en una fábrica de fracasos, donde los alumnos buscan alternativas de aprobación con instancias memorísticas u originales formas de “zafar”.
Por lo tanto, los cambios deben ser reales y provocar clivajes al interior del aula. Para ello, es necesaria una evaluación auténtica, con justificaciones argumentadas de las respuestas, que sea genuina, funcional, es decir, útil para resolver necesidades del alumno en sus diferentes escenarios y verosímil, que permitan replicar o transpolar a otras situaciones.
Pero para que haya una evaluación auténtica, real y profunda, se debe enseñar auténticamente; es decir que es necesario atender las diversidades culturales de los sujetos y contextos sociales en los que se desarrollan. Y, fundamentalmente, formar docentes en tal sentido. No habrá posibilidad de aprender distinto, si no se enseña de manera diferente a como se está haciendo. Entonces, de manera urgente, la capacitación se torna fundamental. Se necesitan docentes formados interdisciplinariamente, no por materias fragmentadas, en diálogo no sólo con otras disciplinas, sino con las problemáticas actuales para que en el aula se planteen otras formas de construcción del conocimiento.
No será posible un cambio en la evaluación, si no mejoran las estrategias en el aula, donde se formulen preguntas comprensión y metacognitivas, donde el estudiante aprenda a pensar y proponer hipótesis, donde se usen libros y revistas científicas, textos digitales, imágenes, inteligencia artificial, realidad aumentada, donde los alumnos aprendan unos de otros en los recorridos didácticos; de lo contrario haremos “como si…” y de éstos está llena la escuela.
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