
Son infinitas las veces que escucho hablar de presión fiscal cuando alguna persona –incluso políticos o profesionales de la economía– quiere referirse al esfuerzo fiscal. Lo mismo sucede al revés. ¿Son conceptos vinculados? Sí, pero no son lo mismo y su diferencia es clave.
Como muchos ya deben saber, la presión fiscal es el porcentaje que representa lo que un Estado recauda sobre el total de riqueza que se produce allí. Se trata de un dato que arroja información parcial y que se centra en el Estado, y no en el pagador de impuestos.
Como todo dato, significa un aporte para entender una realidad, pero hay que ser justo con lo que refleja: no puede ser el elemento esencial –casi único– sobre el que descanse el debate actual acerca de la necesidad de subir o bajar impuestos. Su protagonismo en los relatos actuales es absolutamente desproporcionado.
De hecho, la presión fiscal por sí sola no sirve para determinar si en un país los impuestos son altos o bajos y muchísimo menos sirve para saber si hay que bajarlos o subirlos.
¿En qué debemos fijarnos entonces? Un análisis riguroso de los sistemas tributarios requiere de la aplicación de conceptos y datos mucho más relevantes que el simple cociente entre recaudación y el Producto Bruto Interno.
La presión fiscal, entre otras cosas, no mide cuestiones distributivas, aspectos de eficiencia económica ni consideraciones de bienestar social.
Si deseamos seguir utilizando el índice de presión fiscal como medida relativa de recaudación, este debería acompañarse de otros índices agregados que complementan y mejoran la fotografía de la carga fiscal relativa que suponen los impuestos a la sociedad.
Entre ellos, se destacan los índices de sacrificio fiscal propuestos hace más de medio siglo por Henry Frank y Richard Bird. Estos índices de sacrificio fiscal además de tener en cuenta la recaudación y el PBI, consideran también el tamaño de la población y, sobre todo, la renta per cápita.
Los índices de sacrificio fiscal relacionan la recaudación con la capacidad económica de los contribuyentes, enriqueciendo el análisis.
El concepto de sacrificio fiscal explica, por ejemplo, por qué los países nórdicos están tan bien posicionados y tienen una excelente calidad de vida, a pesar de su gran presión fiscal. En efecto, estos países, considerados paradigmas del Estado de Bienestar, a pesar de tener altos niveles de presión fiscal, exigen un sacrificio fiscal a sus contribuyentes mucho más bajo que el resto de los países.
La razón es que estos países tienen una población altamente productiva, con una renta per cápita elevada (Suecia, USD 43.300; Noruega, USD 57.700; Dinamarca, USD 51.600; y Finlandia, USD 41.200), frente a una renta per cápita argentina, por ejemplo, de bastante menos de USD 15.000. Este es el caso también de países como Alemania, USD 40.300; o Irlanda, con 49.300 dólares.
Para cerrar, quiero hacer dos comentarios adicionales, que tienen alguna vinculación con lo anterior:
- En primer lugar, los países ricos crearon Estados de Bienestar ya siendo ricos. En otras palabras, ningún país creció, o se hizo rico, como consecuencia de haber creado un Estado de Bienestar.
- En segundo lugar, con el sacrificio fiscal que actualmente exige Argentina a sus pagadores de impuestos, va a ser imposible que el país crezca.
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