
Hoy se cumplen quince años del fallecimiento de Raúl Alfonsín. No pretendo utilizar estas líneas para intentar convertirme en exégeta, como muchas veces se pretende, de lo que pensaría o haría Alfonsín. En primer lugar porque nadie puede asegurarlo y en segundo lugar porque creo que es una falta de respeto.
Sí intuyo que si Alfonsín pudiera ver hoy la situación del país y, en particular, de la democracia argentina cuya recuperación y consolidación le tocó liderar hace cuarenta años, no estaría del todo conforme, más allá de la innegable satisfacción que le generaría confirmar, a pesar de todo, la vigencia del sistema y las instituciones.
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En cuanto a lo partidario, sin dudas se alegraría de saber que hoy hay cinco provincias gobernadas por el radicalismo, mientras que en 2009 había solo una, que mantenemos una presencia potente en el Congreso, que hay alrededor de 500 intendentes radicales en todo el país, que miles de jóvenes a lo largo y a lo ancho de la Argentina siguen eligiendo a la Juventud Radical para canalizar sus preocupaciones y su compromiso con la sociedad y que el radicalismo sigue conduciendo, como lo hace ininterrumpidamente desde la recuperación de la democracia, la Federación Universitaria Argentina (FUA).
Seguramente también habría cosas que no le gustarían y que nos reclamaría, por lo que creo que la mejor forma de recordar y homenajear a Alfonsín es trabajar por hacer lo que hizo durante toda su vida: fortalecer al radicalismo para solucionar los problemas de los argentinos.
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El fallecimiento de Raúl Alfonsín, aquel 31 de marzo de 2009, produjo además de su reivindicación definitiva por parte de la enorme mayoría del pueblo argentino, un importante acercamiento de casi toda la familia radical. No solo permitió dejar de lado, aunque sea temporalmente las diferencias internas del partido, sino que volvió a acercar a muchos y muchas dirigentes, que por distintas razones habían decidido transitar otros caminos, por fuera de la UCR.

Ese contexto permitió, además de la vuelta al radicalismo de muchos dirigentes que se habían ido, la conformación del Acuerdo Cívico y Social para enfrentar al kirchnerismo en las elecciones legislativas de aquel año. Ese armado lo lideraron los titulares de los tres partidos nacionales que conformaron el frente, Gerardo Morales por UCR, Elisa Carrió por la Coalición Cívica y Rubén Giustiniani por el Partido Socialista. La experiencia fue más que exitosa, ya que además de ganar en algunas provincias, el ACyS obtuvo el 27% de los votos a nivel nacional. Esa elección selló la recuperación del radicalismo después de la crisis casi terminal del 2001.
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A quince años de aquel 2009, nuevamente los radicales debemos trabajar en unidad para fortalecer al radicalismo.
En un conocido discurso en el marco de la campaña electoral de 1995, en pleno auge menemista, Alfonsín sostenía que “el país necesita un radicalismo fortalecido”. Hoy sin ninguna duda, el país necesita más que nunca de un radicalismo potente, y solo habrá un radicalismo potente si primero hay un radicalismo unido. Unido en la acción, en la conducta y en la doctrina, como sostenía Crisólogo Larralde.
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Para que haya un radicalismo unido, antes que nada debemos los radicales dejar de mirarnos de reojo entre nosotros. Dejar de ver qué hicieron antes este o aquel, con quien estuvieron antes este o aquel, porque si nos ponemos tan exigentes con el radicalómetro, quien sabe cuántos queden. Que tire la primera piedra…
En segundo lugar debemos sincerarnos todos, en cuanto a si realmente queremos fortalecer al radicalismo. Si hay quienes piensan que esta fuerza política de casi 133 años de historia se agotó como herramienta de transformación, deben hacerse un favor a sí mismos y al partido y sin cargo de conciencia buscar otros caminos, pero no podemos darnos el lujo los radicales de tener caballos de Troya. Quienes tengan realmente la voluntad de fortalecer a la Unión Cívica Radical deben ser todos bienvenidos, reitero, sin mirarnos de reojo.
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Tampoco le tenemos que tener miedo los radicales, a las diferencias internas, inevitables y lógicas en una fuerza política en movimiento. Si una buena tradición ha tenido nuestro partido en su historia es la de saber administrar las diferencias a través de los mecanismos partidarios establecidos para ello. Lo que no debemos permitir es que las mezquindades de mirar solamente la próxima interna nos desangren hacia adentro. Somos un partido orgánico que debe respetar a sus autoridades (que a nivel nacional han sido electas por el más federal de los cuerpos partidarios que es el Plenario de Delegados), nos gusten o no, que debe respetar las decisiones adoptadas por los órganos partidarios (Comité y Convención), nos gusten o no. Así lo hizo, por ejemplo, Raúl Alfonsín tras perder las elecciones internas de 1972 frente a Ricardo Balbín con quien ya tenía enormes diferencias, pero Alfonsín era un hombre de partido que sabía respetar las reglas y los códigos de la vida partidaria, le tocara ganar o le tocará perder. Puede haber diferencias, pero la ropa sucia se lava en casa…
Finalmente para tener un radicalismo unido y fortalecido debemos reconstruir una identidad mirando al futuro, pero basada en nuestros principios, valores y doctrina de siempre. Cuando Alfonsín modernizó al radicalismo en 1983, no se apartó del ideario de Alem e Yrigoyen, sino que lo supo interpretar aggiornado a las exigencias del momento. Hoy, quienes tengamos la convicción y la voluntad de fortalecer a un radicalismo unido, debemos poner todo nuestro empeño en aportar para construir esa identidad, que sin dudas debe tener como ejes innegociables la defensa del republicanismo contra los populismos, de la convivencia democrática, del federalismo y de la educación pública como base del progreso social, como así también apuntar a los desafíos que enfrenta el país, vinculados a la necesidad de equilibrar la macroeconomía y lograr un crecimiento económico sostenible.
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Finalmente, los radicales tenemos que animarnos, y dejar de lado los temores y los complejos. Cuando Alfonsín decidió no apoyar la Guerra en Malvinas lo hizo por convicción, sin calcular si la inmensa mayoría de los argentinos estaba de acuerdo con aquella locura, o si la gente lo iba a putear (en la calle, porque redes sociales no había). El tiempo le dio la razón.
Cuando Alfonsín revitalizó al radicalismo y lo convirtió nuevamente en el partido mayoritario en 1983, lo hizo levantando sus banderas históricas sin acomplejarse en cuanto a si por eso lo podrían asimilar al peronismo o a otras fuerzas políticas. Le terminó ganando las mayorías populares al justicialismo.
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La mejor forma de homenajear a Alfonsín, a quince años de su muerte, es trabajar unidos para tener un radicalismo fuerte, con autoestima y con identidad propia. El país lo necesita.
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