
No son pocas las voces que, si tuvieran que encontrar una palabra para definir al presidente de Argentina, acudirían rápidamente al adjetivo “loco”. De hecho, un reciente libro se titula exactamente de esta forma, y hace poco escuché la editorial de un distinguido periodista de la llamada “Corea del Centro” donde se preocupaba porque cada vez más dirigentes pensaban que Javier Milei efectivamente estaba loco.
¿Será así? En algún sentido, ser un presidente anarcocapitalista y –a pocos días de asumir– haber presentado dos proyectos legislativos con el objetivo de derogar o flexibilizar cerca de un millar de leyes y regulaciones, puede ser catalogado de locura. Eso es particularmente así en un país que tres minutos antes aplaudía a Cristina Fernández de Kirchner y se descomponía al escuchar el nombre Milton Friedman.
Otro síntoma de locura, tal vez, es apuntar a una reforma del estado que pase por bajar el gasto público, lo que ocurrió de manera violenta en el primer mes del año. Pero, acaso, donde más pueda hablarse de “locura” es en lo que se percibe que son las aspiraciones futuras de Milei.
En su discurso de apertura de sesiones ordinarias en el Congreso Milei dio, en este sentido, dos señales que es necesario destacar.
En primer lugar, dijo: “Cuando nos encontremos con un obstáculo, no vamos a dar marcha atrás, vamos a seguir acelerando”. Más sobre el cierre, también afirmó: “si el precio de arreglar este país es caer al ostracismo, allí me encontrarán con orgullo, porque para nosotros no hay nada más sagrado que la lucha por la libertad”.
Si hacemos una lectura del comportamiento racional de un político tradicional, esto también es una locura absoluta. En los modelos tradicionales de análisis político, uno siempre postula a un funcionario que está persiguiendo la reelección. Pero, en este caso, al menos en el discurso, Milei sostiene que no le importa ni el ostracismo, ni la confrontación, ni la ambición de poder. Es decir que, si por hacer las reformas pierde imagen positiva, apoyo político y, eventualmente, las próximas elecciones, que así sea.
Ahora bien, asumiendo que este tipo de locura sea cierta, ¿qué nos dice acerca de la posibilidad de bajar la inflación y de los efectos que esto pueda tener sobre la economía?
Antes de contestar, dejáme hacer un poco de historia: hasta la irrupción de la “Revolución de las Expectativas Racionales” en economía, se creía que los países o bien no podían reducir la inflación, o bien solamente podían hacerlo enfrentando un gran “sacrificio” en términos de actividad y desempleo. Esto era así porque, dado que los agentes seteaban los precios de los bienes y servicios teniendo en cuenta la inflación pasada, entonces las rigideces de precios hacían que, si la inflación quedaba por debajo de las expectativas, eso impactara negativamente en la actividad.
Un ejemplo sencillo: si un sindicato pedía un 50% de aumento para el año 1974, porque esa había sido la inflación de 1973, y resultaba que el gobierno conseguía una inflación de 30% en 1974. Asumiendo productividad estable, los empleados de ese sindicato probablemente se terminarían quedando sin empleo. A esta relación negativa entre inflación y desempleo se le daba el nombre de “Curva de Phillips”.
¿Qué hizo la revolución de expectativas racionales? Básicamente, postuló que si los agentes económicos construían sus expectativas mirando al futuro (no al pasado) y que, si el cambio en la política económica era suficientemente creíble para que la inflación futura coincidiera con las expectativas, entonces el resultado era una baja de la inflación sin efectos adversos en la actividad.
En el ejemplo anterior, si la política económica del gobierno para 1974 resultaba tan creíble que los sindicatos solamente pedían un 30% de aumento, como su salario real no se modificaba de un año a otro, nadie se quedaba sin trabajo.
Volviendo a la Argentina, cuando uno se pregunta si es posible bajar el gasto público para achicar el déficit fiscal y así reducir la inflación, la respuesta a priori parece ser negativa. Un país que ha rechazado por tanto tiempo las “recetas ortodoxas y neoliberales” no parece estar listo para generar semejante proeza. A menos que alguien completamente loco esté dispuesto a llevar adelante este programa a como dé lugar.
Si llegaste hasta acá, creo que entenderás por dónde va mi argumento. Lo que quiero decir es que en este discurso encendido y “dispuesto-a-todo-con-tal-de-conseguir-el-ajuste-fiscal”, tal vez el presidente Milei esté intentando enviarle la señal a los agentes económicos de que el ajuste fiscal va en serio y que, por lo tanto, se reducirá rápidamente la tasa de inflación.
¿Le creerán los agentes? Si miramos lo que pasa en el mercado del dólar paralelo, o en el mercado de bonos, parecería que muchos sí lo están haciendo. Hacia adelante, habrá que ver. Pero si la credibilidad se mantiene, terminaremos concluyendo o bien que, al final, el presidente no estaba tan loco, o bien que solo alguien completamente fuera de sus cabales iba a ser capaz de reducir la inflación en nuestro país sin que ello impacte negativamente en la producción y el empleo.
Veremos.
El autor es Investigador Asociado del centro FARO de la Universidad del Desarrollo, en Chile, profesor universitario y consultor de empresas
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