
Se aproxima la fiesta del carnaval, este tuvo su origen en la fiesta de los saturnales que se celebraban desde tiempo inmemorial en Roma. Una vez al año antes de conmemorar el inicio del “cosmos” se volvía al “caos primigenio”, se alteraban las relaciones familiares y escondidos detrás de las máscaras, hombres y mujeres se entremezclaban en una orgía colectiva, con su identidad en el anonimato. Concluido el carnaval, viene el miércoles de ceniza y el inicio del tiempo de Cuaresma, un tiempo de preparación para la Pascua.
Hoy tenemos carnaval sin cuaresma, falta el contrapeso para reconocer la totalidad de nuestra condición. El miércoles de ceniza nos recuerda la pobreza de nuestra humanidad, aunque pretendamos eternizarnos, ser siempre jóvenes y poderosos, vamos a volver al polvo del que fuimos tomados: “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás”, dice el sacerdote mientras impone la ceniza sobre la cabeza de los fieles. Tenemos cosas de qué arrepentirnos individualmente y como sociedad, a diferencia de los soberbios que se creen perfectos y sin errores, que nunca rectifican sus acciones y se comportan pedantes con los demás, el hombre religioso, tiene esta oportunidad para intentar corregir si se ha desviado del buen camino.
Comunitariamente tenemos cosas que rectificar también, sobre todo en cuanto al tema de la indiferencia, la desigualdad, el odio y la venganza.
Cuando Dostoiewski escribió Crimen y Castigo, Raskolnikov -el protagonista de la obra- se yergue como un superhombre y pretende situarse por encima del bien y del mal. Para demostrarlo, comete un homicidio. Y así se convence que no debe acatar ninguna ley moral. En su lucha por conquistar esa impasibilidad que lo exime del pecado, no puede sobreponerse a su conciencia, que desde lo hondo de su espíritu le dice que es un criminal. Todos tenemos nuestro lado oscuro, solo quién se enfrenta al abismo de su pobreza con verdadera humildad puede reconocerlo. La cuaresma nos ofrece esa oportunidad, es un tiempo para la conversión personal interior.
En su mensaje para la Cuaresma 2024, titulado “A través del desierto Dios nos guía a la libertad”, el Papa Francisco plantea un paralelismo entre el pueblo de Israel en el desierto y el pueblo de Dios actual, que también lleva dentro de sí “ataduras opresoras que debe decidirse a abandonar”.
”Nos damos cuenta de ello cuando nos falta esperanza y vagamos por la vida como en un páramo desolado, sin una tierra prometida hacia la cual encaminarnos juntos”, plantea. En este sentido, recuerda que “la Cuaresma es el tiempo de gracia en el que el desierto vuelve a ser ―como anuncia el profeta Oseas― el lugar del primer amor” (cf. Os 2,16-17).
Refiriéndose al éxodo del pueblo de Israel, el pontífice asegura que el paso de la esclavitud a la libertad “no es un camino abstracto” y sostiene que “para que nuestra Cuaresma sea también concreta, el primer paso es querer ver la realidad”. Para ilustrar mejor su punto, el sucesor de Pedro explica que “el camino cuaresmal será concreto si confesamos que seguimos ‘bajo el dominio del Faraón’, un dominio que nos deja exhaustos y nos vuelve insensibles. Es un modelo de crecimiento que nos divide y nos roba el futuro; que ha contaminado las almas”.
Refiriéndose al relato del Éxodo, Francisco recuerda que “es Dios quien ve, quien se conmueve y quien libera, no es Israel quien lo pide”. Y propone dos preguntas: “¿Deseo un mundo nuevo? ¿Estoy dispuesto a romper los compromisos con el viejo?”. Francisco reitera que “Dios no se cansa de nosotros” y anima a acoger la Cuaresma “como el tiempo fuerte en el que su Palabra se dirige de nuevo a nosotros: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud» (Ex 20,2)”.
”Es tiempo de conversión, tiempo de libertad”, asevera, y explica que “el desierto es el espacio en el que nuestra libertad puede madurar en una decisión personal de no volver a caer en la esclavitud”.
Esto implica una lucha, prosigue el Papa, que el libro del Éxodo y las tentaciones de Jesús en el desierto nos narran claramente: “El sentirse omnipotentes, reconocidos por todos, tomar ventaja sobre los demás: todo ser humano siente en su interior la seducción de esta mentira. Es un camino trillado”.
”Existe, sin embargo, una nueva humanidad, la de los pequeños y humildes que no han sucumbido al encanto de la mentira. Mientras que los ídolos vuelven mudos, ciegos, sordos, inmóviles a quienes les sirven (cf. Sal 115,8), los pobres de espíritu están inmediatamente abiertos y bien dispuestos; son una fuerza silenciosa del bien que sana y sostiene el mundo”, añade.
El Santo Padre sugiere detenerse en oración para acoger la Palabra de Dios y detenerse ante el samaritano, ante el hermano herido. ”El amor a Dios y al prójimo es un único amor. No tener otros dioses es detenerse ante la presencia de Dios, en la carne del prójimo”, escribe. Por ello, Francisco recomienda la práctica de la oración, la limosna y el ayuno, que “no son tres ejercicios independientes, sino un único movimiento de apertura, de vaciamiento: fuera los ídolos que nos agobian, fuera los apegos que nos aprisionan”.
Para el pontífice, la dimensión contemplativa de la vida, que la Cuaresma ayuda a redescubrir, movilizará nuevas energías: “Delante de la presencia de Dios nos convertimos en hermanos, percibimos a los demás con nueva intensidad; en lugar de amenazas y enemigos encontramos compañeros de viaje. Este es el sueño de Dios, la tierra prometida hacia la que marchamos cuando salimos de la esclavitud”.
Francisco invita a todas las comunidades cristianas a “ofrecer a sus fieles momentos para reflexionar sobre los estilos de vida; a darse tiempo para verificar su presencia en el barrio y su contribución para mejorarlo”. ”Más bien, que se vea la alegría en los rostros, que se sienta la fragancia de la libertad, que se libere ese amor que hace nuevas todas las cosas, empezando por las más pequeñas y cercanas. Esto puede suceder en cada comunidad cristiana”, detalla. ”Es la valentía de la conversión, de salir de la esclavitud. La fe y la caridad llevan de la mano a esta pequeña esperanza. Le enseñan a caminar y, al mismo tiempo, es ella la que las arrastra hacia adelante”, escribe Francisco y desea a todos un buen camino cuaresmal.
Revisar nuestro propio camino será siempre una buena oportunidad para crecer personal y comunitariamente.
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