
El profesor Ángel Ossorio y Gallardo, ensayista, abogado, político, jurisconsulto, escribió en 1919 el libro cuyo título da origen a estas reflexiones, y desarrolla en 28 capítulos los motivos de la conveniencia del uso de la toga. Al respecto dice: “La toga es, ante el público, diferenciación. Por ella se nos distingue de los demás circunstantes en el Tribunal; y siempre es bueno que quien va a desempeñar una alta misión sea claramente conocido”. En pocas palabras explica la importancia del uso de esta prenda.
El Proyecto de Ley de Bases y Puntos de Partida para la Libertad de los Argentinos, conocida como Ley Ómnibus por su extensión -664 artículos y 6 anexos-, del 27 de diciembre de 2023, plantea grandes reformas, entre ellas, establecer el juicio por jurados en el ámbito de la administración de la justicia federal, y en el art. 52 del Anexo VI referido a las “facultades del juez técnico”, establece que el debate será dirigido por quien resulte designado, que “vestirá toga negra y usará un martillo para abrir y cerrar las sesiones o cuando resuelva una incidencia”.
Bien sabemos que la toga y el martillo son símbolos distintivos de la administración de justicia con valor universal, arraigados en la cultura jurídica de muchos países, y que se utilizan en los tribunales internacionales de derechos humanos, como la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la Corte Penal Internacional y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.
En nuestro país el tema no es nuevo, ya que por Resolución n.º50 del 30 de diciembre de 2020, el presidente de la Corte de Mendoza, Dr. José Virgilio Valerio, habilitó de manera voluntaria el uso de la toga, para la magistratura, fiscalía y profesionales de la abogacía porque —según sus propias palabras— “ayuda al ciudadano a identificar al juzgador, es símbolo de sobriedad, sencillez y simpleza”.

El actual vicepresidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, Dr. Carlos Rosenkrantz, durante una entrevista en 2019 expresó que la toga destaca el hecho de que quienes ejercen la magistratura, tienen autoridad en el momento que juzgan y que después son “seres comunes, simples ciudadanos” y agrega: “Cuando nos togamos, nos tenemos que desapoderar de nuestra propia identidad y lo crucial de ese desapoderamiento es abdicar de nuestras propias convicciones morales, que son solamente nuestras”.
No puedo sino coincidir con estos conceptos. La toga es una prenda que recuerda a quien la usa la importante función que está ejerciendo en ese momento, que es la de impartir justicia. Significa también el limitado poder del estado frente a los derechos de la ciudadanía. Iguala a la magistratura y la identifica. Es la misma para hombres y mujeres.
La toga, arquetipo de la justicia, esa túnica sutil de color negro, fina y delgada, determina un comportamiento, una actuación ética de quien la viste. No se trata solamente de un vestido, sino de la investidura de la justicia. El color negro también tiene su razón de ser, trasmite seriedad y autoridad.
Esta prenda cuyo uso se propone hoy, es también un síntoma de cambio, de diferencia que nos permitirá recordar la historia, nuestros ideales, nuestras luchas, y la solemnidad de los procesos que deben llevarse a cabo en estricto cumplimiento del marco jurídico. Nos permitirá también recordar la más alta delegación que entrega el Estado en nuestras manos para brindar un servicio de justicia independiente, incorruptible, transversal, transparente, eficaz, eficiente y cercano a la gente.

La toga es, a mi entender, un elemento que acerca a la magistratura y a quienes ejercen la abogacía con quienes son parte de un proceso y ponen su vida, su propia existencia, en nuestras manos para resolver acerca de sus más elementales derechos humanos. Vestir lujosamente frente a estas personas (como lamentablemente hemos visto muchas veces) resulta obsceno.
Esa alta función para la que se nos ha convocado, nos interpela a la sencillez, la discreción, a vestir con austeridad y sobriedad, y el uso de la toga contribuye a evitar excesos.
A su vez, la utilización del martillo para comenzar y finalizar las audiencias es un elemento ordenador de las mismas, ayuda a marcar los tiempos, conceder en el uso de la palabra y, medir las exposiciones. Es un símbolo de autoridad de quien dirige el proceso y debe poner orden.
He tenido el privilegio de participar de la ceremonia protocolar y con profundo simbolismo de imposición de la toga a juezas de diferentes países, en diferentes continentes, con diferentes culturas jurídicas, religiones y costumbres, y todas ellas vivieron ese momento con profundo orgullo, emoción y concentración de lo que significaba vestir esa prenda.

Recuerdo vestidas con sus togas a la jueza británica Lady Brenda Hale; a la jueza filipina Teresita Leonardo de Castro; a Carmen Argibay cuando integró la Corte Internacional de Justicia de la Haya (toga que tengo en mi despacho por decisión de su familia); a la primera jueza de la Corte Suprema de Estados Unidos, Sandra Day O´Connor, y a la honorable jueza Ruth Bader Ginsburg, que me honró con su amistad, y quien agregaba a la toga un detalle distintivo y muy personal, como era un cuello de encaje de color blanco.
Para finalizar, y como dijo el autor del libro que da título a estas reflexiones, “el derecho está en los libros, uno los busca, los estudia, y puede quedarse en paz, pero lo que la vida reclama no está escrito en ninguna parte”, y hoy la vida reclama de la ciudadanía, de la clase dirigente y de la judicatura una visión integral que nos lleve a buscar el auténtico significado de las cosas, dejando atrás análisis superficiales que no conducen a resolver lo verdaderamente importante como es la construcción de un futuro común, en desarrollo y en paz, y que no deje a nadie atrás.
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