
Un breve resumen de la situación global permitirá avizorar los futuros escenarios que impactarán sobre Argentina. En general seguirá una creciente incertidumbre, derivada de la falta de autoridad geopolítica para imponer una agenda segura y controlable, aunque con creciente influencia de actores no estatales, visibles en conflictos armados (mercenarios) pero que también actúan en el control de la agenda mediática, la que, lamentablemente, influye aumentando las polarizaciones sociales y malogrando necesarios consensos. La cooperación y la competencia son parte constitutiva del quehacer humano y así también lo procesan las naciones, pero siempre hay en juego intereses, valores, culturas e historias detrás de cada acción humana, nacional o sectorial.
El mundo marcha hacia la multipolaridad. La pérdida de hegemonía norteamericana no sólo se visualiza por el ascenso de China, sino por los grados de libertad que han adquirido potencias intermedias, algunas de las cuales estaban en su propia esfera de influencia (Israel, Arabia Saudita) como otras más independientes (India, Turquía, Irán, Indonesia, Brasil). Las capacidades económicas, la demografía y muchos criterios culturales están influyendo en la construcción de este nuevo (des)orden global. Esa apertura implica oportunidades, pero también riesgos, entre otros, los nucleares (Rusia vs NATO).
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La “corporocracia”. Las GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon) manejan un capital bursátil de tres billones de USD, del orden del PIB de Francia o Gran Bretaña. Estas grandes corporaciones tecnológicas, hijas del poder financiero, están controlando la agenda global mediante el uso de los algoritmos, las redes sociales y todo el aparato mediático con el que se maneja la guerra cognitiva, la cual desborda el accionar de gobiernos que intentan elaborar políticas económicas, industriales y sociales propias para cada nación. El accionar de la “corporocracia” globalizada, que no tiene responsabilidades sociales ni humanitarias, es uno de los grandes problemas de la época. El control de los datos de 5.000 M de usuarios globales, catalogados como un gran “recurso natural”, les otorga un poder más importante que el energético, particularmente utilizado para influir sobre los países con poca identidad nacional o débiles institucionalmente. Estos datos son utilizados no sólo comercialmente, sino para generar políticas aperturistas favorables al capital financiero globalizado que genera concentración empresarial, o bien para ejercer influencias culturales homogenizantes. La Big Data también es utilizada para producir desinformación y caos informativo, lo cual permite políticas de control social a gran escala. Muchas potencias intermedias ejercen un severo control sobre todo esto, para tener un cierto resguardo de ese poder cuasi anónimo.
Todos conflictos globales adquieren características de la guerra irrestricta o híbrida. Pese a los titulares catastróficos, en estos tiempos hay muchos menos guerras militares entre estados, que en otras épocas. Los conflictos actuales abarcan todas las actividades humanas, tal como se describe en los manuales de guerra de las grandes potencias. La más frecuente es la desestabilización política y la disrupción económica financiera. La guerra cognitiva produce grandes efectos distorsivos en las políticas culturales; el uso de créditos financieros se usa para ejercer influencias geopolíticas; otras acciones de la guerra irrestricta producen desindustrializaciones, compra venta de empresas, imposición de sanciones económicas, burbujas financieras, migraciones forzosas, incremento del narcotráfico, crisis alimentarias, epidemias, ciberataques, ciberdelitos, dependencias tecnológicas.
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- EEUU. Debido al costo político que le significa el apoyo a Israel, EEUU necesita mantener abierta la guerra contra Rusia en Ucrania porque el 2024 es un año electoral y no hay mejor campaña política que la de tener un enemigo externo. Pese a la recuperación económica, la imagen de Biden no es muy fuerte y Trump sigue en carrera. Que gane uno u otro es decisivo en la política internacional, por sus matices geopolíticos y no por el nacionalismo que ambos aprueban a favor de la política de reindustrialización interna.
- China continúa el criterio de aumentar su poderío económico y de no involucrarse en algún conflicto armado, pese al grandilocuente anuncio de Xi para la recuperación de Taiwán; expresiones más para consumo interno que verdadera vocación guerrera. Si bien su economía se ha ralentizado sigue con tasas altas que le permiten mantener un clima social tranquilo. Los problemas en el sector inmobiliario están siendo controlados gradualmente.
- Rusia. El presidente Putin se siente ganador en la guerra contra Ucrania, ya que Zelensky fracasó en su contraofensiva y no recibiría los apoyos materiales que necesita, tanto de EEUU como de Europa. Como también tiene elecciones este año, la guerra continuará bajo los mismos argumentos que en EEUU. La economía rusa se mantiene relativamente estable, ya que las sanciones impuestas por Occidente no la han afectado seriamente, al lograr expandirse hacia Asia, principalmente China e India.

- India, a gran potencia en expansión, con la mayor población del mundo. Se mantiene firme el gobierno del presidente Modi, del partido Bharatiya Janata (BJP). Mantiene buenas relaciones con EEUU y con Rusia, aunque algo menos con China, por sus disputas fronterizas en el Himalaya y por ser la alternativa de EEUU para enfrentar la Ruta de la Seda china.
- Irán, el gran enemigo de Israel y de EEUU prosigue su intención de entrar al “club atómico”. Ha logrado una mejor relación con Arabia Saudita y últimamente con Egipto, con el cuales no tenía relaciones diplomáticas desde hace 40 años. El presidente iraní Raisi está otorgando gran importancia al fortalecimiento de los vínculos con las naciones musulmanas, desde su participación en la reciente Cumbre Extraordinaria Árabe Islámica Conjunta en Riad.
- Arabia Saudita controla junto con Rusia los precios del petróleo en la OPEP+, aunque sigue en buenas relaciones con EEUU. Su acercamiento a Israel se vio frustrado por los atentados terroristas de Hamas del 7 de octubre pasado. La actual ofensiva destructiva de Israel, que ya produjo la matanza de más de 20.000 palestinos en Gaza, hace imposible cualquier acuerdo a corto plazo.
- Europa sigue su declive como actor geopolítico. El balance externo alemán es desfavorable por primera vez en 40 años; Scholz y Baerbock hacen papelones insólitos; su desindustrialización es producto de la guerra económica de EEUU para debilitar a Rusia, y a Alemania. La deuda pública francesa aumenta y llega a los niveles catastróficos; los intentos independentistas de Macron fracasaron; hasta los países francófonos del Sahel, cansados de su explotación colonial, se han independizado de la metrópoli. Italia sigue sin recuperación, con una Giorgia Meloni que ha perdido su encanto e iniciativa inicial. En definitiva, una Europa sin rumbo propio, donde todos callan ante el conflicto Israel-Palestina, fingen ignorar la expansión de Turquía y poco se oponen a la invasión migratoria. Todos juegan a favor de los intereses norteamericanos.
Argentina en su laberinto
Hay consenso que hubo mala praxis de los gobiernos anteriores. Permitir inflaciones galopantes emitiendo sin control, o endeudar externamente al país para pagar gastos corrientes y no inversiones productivas, son las más visibles y criticables. Muchos errores políticos se derivan de no tener claro, cuál es el modelo de desarrollo apropiado para Argentina y de la necesaria integración de los diversos sectores sociales y económicos que lo componen. Esa falla fundamental produjo los vaivenes hacia un extremo a otro, producto de la imitación atemporal de principios usados en otros tiempos geopolíticos o en otras latitudes ideológicas. La debilidad de la conciencia nacional hizo el resto.

El gobierno actual muestra la intención, compartida por muchos argentinos, de corregir variados excesos. Pero no se corrige cometiendo viejos y reiterados errores estratégicos. Más aún errores geopolíticos relacionados con los fundamentos básicos de la guerra irrestricta o híbrida. Dentro del paquete elefantiásico de reformas han escondido un elefante blanco, el verdadero interés de los factores de poder globales que pretenden aprovechar nuestra enorme debilidad (política, social, económica y geopolítica) para seguir su expansión a costa del desmantelamiento industrial nacional. Precisamente está basado en los principios básicos esgrimidos (la libertad absoluta) para decirnos que no hay sociedad ni estado, sino individuos que deben ser más competitivos y resolvérselas solos como puedan. Quieren transformar un país (mal organizado) en un espacio liberado para operar económica y financieramente. Las intenciones de dejar librado el intercambio de bienes y servicios, interna y externamente, sin ningún tipo de regulaciones no ocurre en ningún país desarrollado. EEUU tiene todo tipo de regulaciones para defender su interés nacional, sin cometer excesos que impidan el libre desarrollo armónico de grandes, medianas y pequeñas empresas. Europa protege férreamente al agro. Ni hablar de China o la India.
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Es cierto que los caminos tomados en las últimas décadas trabaron la iniciativa del mundo privado emprendedor; que el Estado tiene exceso de empleados; que el gasto público tradicional de Argentina pasó del 22% al 46% del PBI; que hubo reparto de planes con motivos electoralista; que los empresarios amigos del poder se beneficiaron desmedidamente y así otros males. Todo eso hay que corregir, pero no errando el camino. La libertad irrestricta o absoluta, de importar y exportar no aumentarán la competitividad de las pymes nacionales (las que dan trabajo mayoritario) sino producirá su cierre masivo o su transformación en importadoras de productos chinos. Disminuirá la producción de autopartes y aumentará la importación de autos. Todo eso significa menos empleo interno; menos mejoras tecnológicas propias; menos desarrollo productivo; más puestos de trabajo de bajo nivel, tipo “kioskos” o “repartidores Rappi”; mas exportaciones primarias, menos inversión en I+D, es decir se iniciará un proceso de desindustrialización, que significa más dependencia externa con menor poder nacional soberano.
Además, las relaciones diplomáticas deberían conducirse sin ideologismos, solo mirando los intereses nacionales y abiertas a todas las naciones en un plano de igualdad y sin apelar al recurso propagandístico de clasificarlos en “buenos o malos”.
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El 2024 debería encontrarnos debatiendo políticas estratégicas para desarrollar un modelo nacional, o totalmente dominados por los enfrentamientos ideológicos internos, que a nada conducen.
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