
Mucho se viene escribiendo, analizando y alertando sobre el lamentable cono de sombras delictual en el que estaba ingresando la ciudad de Rosario, Santa Fe, por los ojos medianamente cerrados de la política, la Justicia y la policía, en los últimos treinta años.
Hace años, y basado en mi experiencia de la última década en Medellín, Colombia, quise llamar la atención escribiendo artículos en medios periodísticos, en los que ponía de manifiesto no solo el problema de tranqueras abiertas hacia el narco que tuvieron los gobiernos kirchneristas a nivel nacional en años anteriores, sino también cómo Rosario quedaba envuelta bajo el manto de unas familias impresentables de narcos.
Indiqué que la puerta del negocio y de la violencia narco era consecuencia de la mala actitud y corrupción de varios estamentos del estado provincial. Hoy, alguna parte de esos mismos dinosaurios políticos que supieron ser parte del problema, sentados en las respectivas Cámaras Legislativas de esa provincia, tendrán que ponerse el manto de invisibilidad y honestidad y acompañar las arduas y rápidas acciones que el nuevo gobernador, Maximiliano Pullaro, debe tomar si es que quiere comenzar a domar el indómito corcel.
“Esto no da para más”, escuché todo este tiempo. Pero sí dio para más año a año. Se pasó de una centena de muertos al año a dos centenas, y casi estamos llegando a los trecientos muertos en este infame 2023.
“Siga, siga”. Hasta hace unos días, el problema parecía estar en un status quo concertado con el gobierno saliente. Por eso, el gobernador Pullaro debe aprovechar este momento. Se le alinearon los planetas. Él tiene una población en la provincia de Santa Fe -y en Rosario en particular- cansada, harta y rezando no ser cadáver al final del día por hechos de delincuencia común o sicariato barato de narcos en chancletas.
En el orbitar de estos planetas, se alinearon el nuevo gobernador con su buena intención y escaso de herramientas policiales y flojo de servicio penitenciario, con el “asteroide” Bullrich que, cuando golpee en Rosario a fuerza de gravedad, va a levantar tanto polvo con el despliegue territorial de Fuerzas Federales que, cual dinosaurios, estos impresentables narcos deberán sentirse ahogados, oprimidos, y costarles respirar.
Esto no quiere decir que el problema se soluciona de un día para el otro. No es lo mismo un despliegue en los barrios más “picantes” y comprometidos, que luchar contra el narcotráfico que es, básicamente, ocupar el territorio con las funciones del Estado.
En la góndola de las acciones, las herramientas son escasas. Pullaro necesita un martillo policial para golpes limpios y claros, una sierra penitenciaria a la que no la detengan los barrotes de las celdas, un Congreso revestido en pasta hidrófuga e impermeable a las tentaciones narco y una Justicia que se presente fuerte y recta como escuadra de albañil, para que nada se tuerza ni se desvíe.
Dejemos de lado las metáforas: hoy se carece de una policía realmente bien preparada y capacitada, con interés de luchar seriamente contra el narcotráfico en la provincia. Tiene que comenzar a andar ese camino de formación ética, sentido y orgullo de pertenencia, y descender del primer puesto del podio de la corrupción de las policías del país.
El servicio penitenciario, mas allá de las imágenes de operativos de requisa realizados en las últimas horas, en los que se secuestraron teléfonos, facas, armas, drogas, computadoras, es el mismo que tiene, controla y provee de todo lo secuestrado en los penales. Difícil de congeniar y de digerir.
Esa policía de Santa Fe debe ser refundada desde su base. Y el servicio penitenciario, quizás, refundido y vuelto a forjar.
Lamentablemente, Rosario ya es una ciudad espejo de la Medellín de fines de los años ‘80. Faltó coraje, decisión, inteligencia, profesionalismo, conocimiento y honradez intelectual. Sobraron corrupción, hipocresía política, balaceras, homicidios, sicariato y extorsión.
El próximo paso, al que no se debe permitir llegar, es la aparición de una mente criminal empresaria, como lo fue la de Pablo Escobar, y que une a todos estos clanes familiares de escasa monta y de gatillo fácil. De allí, no volvemos.
“Hagan algo ahora, luego será tarde”, decía mi profesor y mentor, el general de Policía José Angel Mendoza Guzmán, ex director de la Dirección Nacional Antinarcóticos de la Policía de Colombia, de quien aprendí todo lo que sé de lucha contra el narcotráfico.
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