
En la celebración de Jánuca, también conocida como la fiesta de las luminarias, se descubre un mensaje universal de esperanza y resistencia, que encuentra un eco particularmente resonante en estos días agitados. Este año, la festividad llega teñida de una sombra preocupante luego de los terribles ataques del 7 de octubre, y una guerra que aún continúa.
Aquella mañana el mundo, más o menos horrorizado, fue testigo del horror. Los ataques coordinados de Hamás y la respuesta israelí trascendieron el mero conflicto, reavivando las llamas y el miedo en comunidades ya fragmentadas. Y fueron, a su vez, un crudo recordatorio de que la paz, aún esquiva, debe ser un objetivo primordial.
Estos días, mientras encendimos cada una de las ocho velas de jánuca, pensamos en la oscuridad que nos inunda desde el 7 de octubre cuando pensamos en las 137 personas que continúan secuestradas en manos de Hamás, en las familias y comunidades destrozadas, en la sangre derramada. No hay dudas de que esa terrible jornada marcó un nuevo y sombrío capítulo en una larga secuencia de adversidades. Pero ante la adversidad está también la oportunidad de la fortaleza y la unión.
Jánuca nos recuerda que en la más profunda oscuridad, una chispa puede alumbrar el camino hacia adelante. La valiente lucha de los Macabeos contra la opresión, manteniendo la luz de su fe contra toda adversidad, nos inspira a buscar esa luz en nuestra época. En un mundo a menudo ensombrecido por el cinismo y la desesperanza, Jánuca nos invita a sostener la llama de la esperanza y la justicia.
Y este año en particular, más que una celebración, Jánuca es un momento de reflexión profunda. Nos desafía a cuestionarnos cómo podemos ser portadores de luz en un mundo oscurecido por conflictos e intolerancia. ¿Cómo podemos contribuir, a través de nuestras acciones cotidianas, a forjar un futuro más pacífico y justo? La respuesta comienza con el compromiso hacia la empatía, el entendimiento y el diálogo constructivo.
La paz, debemos recordar, no es meramente la ausencia de guerra, sino un estado activo de entendimiento y respeto mutuo. Como comunidad global, nos incumbe la responsabilidad de perseguir estos ideales, no solo durante Jánuca, sino cada día de nuestras vidas.
Hoy, es esencial recordar y vivir los valores fundamentales del judaísmo: la preservación de la vida, la búsqueda de la paz y la práctica de la justicia. Estos principios, más allá de su origen religioso, son baluartes universales que pueden guiar a la humanidad hacia un futuro más esperanzador.
Este Jánuca, al encender nuestros candelabros pensemos en aquellos atrapados en las sombras de la violencia, el secuestro o la injusticia. Que cada vela encendida sea un compromiso para disipar esas tinieblas, luchar por la liberación de los cautivos y trabajar sin descanso por la paz, especialmente entre israelíes y palestinos, que tanto la necesitan.
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