
La Argentina ha experimentado un cambio político sin precedentes. La asunción de Milei como presidente consagra y cristaliza varios procesos paralelos que empezaron años atrás. Entre ellos, el fin de la hegemonía cultural y política peronista; el declive del kirchnerismo (y en especial del cristinismo); el avance de un discurso y de una cultura política liberal; el ascenso del libertarianismo como ideología y grupo político; y, finalmente, el resurgimiento de una matriz cultural conservadora que se creyó, equivocadamente, extinta.
Estos procesos se combinaron y alinearon en el balotaje reciente. Juntos, configuran una Argentina distinta: más equilibrada en lo político y cultural, con un debate más amplio y abierto, con un sistema político más competitivo y, probablemente, según se verá en los próximos años, con una economía más libre y productiva. Esta es la parte positiva, no solo de la elección de Milei, sino del trasfondo social y cultural que explica que ello haya sido posible.
Como todo proceso de crisis y cambio, hay y habrá desafíos por delante. Dentro de La Libertad Avanza, existen sectores de extrema derecha que han ganado protagonismo a través del propio Milei. Si bien ahora el presidente electo busca mostrarse más moderado y generar confianza en los mercados, seguramente afrontará problemas y crisis en su gobierno. ¿Podrá o querrá sostener la moderación y mantener a raya a los sectores más extremos?
Es indiscutible que buena parte de la campaña televisiva que lo hizo famoso se nutrió de consignas agresivas contra la izquierda y de demostraciones de intolerancia contra quienes piensan distinto. ¿Se manejará internamente La Libertad Avanza como un partido democrático? Ese es otro desafío.
En cuanto al programa económico, si Milei logra una reducción drástica y sustentable del gasto público y, con ello, de los impuestos, sumado a ciertas liberalizaciones razonables, cabe imaginar un proceso de crecimiento acelerado. La Argentina podría reactivarse y empezar a generar empleo genuino de forma masiva por primera vez en mucho tiempo.
El desafío aquí será trabajar con ciertos consensos y hacer las reformas sin destruir instituciones. Es decir, lograr que las reformas económicas puedan sostenerse en el tiempo y ser continuadas por gobiernos futuros, además de pasar por el filtro de cierto debate y acuerdo, por lo menos con los sectores liberales ajenos al círculo íntimo de Milei.
Otro desafío es el de la seguridad y el narcotráfico. El riesgo aquí es que las ideas de Milei subestimen el problema, relajen los controles, cierren o reduzcan reparticiones públicas necesarias y abran las puertas a una aceleración del tráfico de drogas, del lavado de dinero y de la radicación de narcotraficantes y criminales internacionales. El hecho de que estos asuntos recaigan en la vertiente más conservadora, y no en la anarquista, como parece estar sucediendo hasta ahora, es un indicio positivo, aunque no es una garantía absoluta ni mucho menos.
Una eventual legalización de algunas drogas es un tema muy complejo y delicado, que debería debatirse mucho, implementarse de forma prudente y consensuarse tanto a nivel doméstico como internacional. Las prácticas violentas y criminales no van a desaparecer por una mera legalización. Lo que se puede discutir y acordar es si cierta legalización podría ser parte de un plan de ataque contra estas bandas, que les quite negocios y recursos de sus manos. La mano dura anti zaffaroniana que pregona Milei sí puede ser, en efecto, un factor positivo, siempre y cuando respete garantías básicas.
En definitiva, la Argentina tiene una oportunidad histórica de dinamizar su economía y sacar a millones de seres humanos de la pobreza y la indigencia. Lo que resta ver es si eso se intenta de manera respetuosa hacia las instituciones y de forma mínimamente acordada y duradera. La necesidad de acuerdos legislativos obrará positivamente, cuanto menos, en una primera etapa.
Queda por saber, en caso de que Milei tenga un éxito inicial en lo económico, si el componente anarquista y extremo de su partido y de su ideología prevalecerá sobre su faceta liberal o si ocurrirá lo contrario. El desenlace de este dilema podría repercutir seriamente sobre la calidad democrática, la seguridad y el narcotráfico, temas que inciden, tarde o temprano, en el entramado económico y social.
Milei se definió a sí mismo como el primer presidente liberal libertario de la humanidad. Cabe la discusión sobre si es realmente el primero, puesto que su ascenso político tiene precedentes y referentes en personajes como Trump, Bolsonaro y Bukele. Más allá de cómo se definan ideológicamente estos gobernantes, expresaron una alianza ideológica hegemonizada por el conservadurismo libertario, igual que la de Milei.
En cualquier caso, el hecho de que se conciba a sí mismo como único, primero e irrepetible, genera el desafío de que no quiera reinventar todo y construir una utopía que desconozca la experiencia previa de la humanidad. Aseveró también, en su discurso, que no llega para inventar nada, sino que va a limitarse a aplicar las ideas liberales que hicieron grande a la Argentina.
Estos dos Milei en tensión, el liberal y el mesiánico, el político y el anarquista, acaso guarden el secreto del éxito o fracaso de su gobierno y de esta nueva Argentina en ciernes, que sin dudas deberá trascender los personalismos.
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