Hace dos meses y medio, la Argentina era sacudida por un fenómeno impensable: el histriónico Javier Milei había ganado las elecciones primarias. En aquel momento, se impuso una pregunta. ¿Por qué? O, más desarrollado: ¿Cómo podía ser que una sociedad votara a un hombre como Javier Milei? Durante dos meses, los analistas intentábamos entender lo que ocurrió. Pero había un consenso: los últimos gobiernos fueron tan malos que la gente estaba dispuesta a saltar al vacío con tal de romper con el status quo. El símbolo de Milei era la motosierra. Proponía demoler todo.
En estas horas, la Argentina está sacudida por otro shock, esta vez de dirección inversa. Sergio Massa ganó la primera vuelta. La pregunta es la misma: ¿Por qué? Massa es el ministro de Economía de un gobierno que luego del 11 de agosto devaluó. La inflación se aceleró desde entonces. Su sector político vivió dos serios escándalos de corrupción. O sea, si todo estaba mal en agosto, ahora estaba peor. Debería haber caído y no revivido. De los tres candidatos competitivos es el más parecido a lo que existe, el que está menos dispuesto a dinamitar todo.
Más que nunca: ¿Por qué?
Nadie puede esperar una respuesta seria a esta hora. Pero, tal vez, algunas ideas se puedan articular.
Desde el 11 de agosto, Milei -envalentonado- desplegó su personalidad con mucho desenfado. Y, esta vez, lo estaba mirando todo el mundo. Las principales fuerzas políticas, que hasta ese momento lo habían dejado andar, entendieron que era una amenaza y lo transformaron en un blanco móvil.
En ese contexto, apareció en toda su dimensión un candidato que proponía, o que estaba rodeado por personas que proponían, entre otras cosas:
-Romper relaciones con el Vaticano.
-Permitir a los hombres que renuncien a su paternidad.
-Terminar con el Conicet.
-Pagar con vouchers la educación pública
-Privatizar las calles.
-Habilitar la venta libre de órganos.
-Reivindicar la dictadura.
-Permitir que las empresas contaminen ríos sin problemas.
-Terminar con el Banco Central.
-Dolarizar sin dólares.

Al mismo tiempo, el triunfo de Milei expuso sus insultos contra el Papa, sus insultos a periodistas, sus malos humores, sus imprecisiones cuando hablaba de casi todo y su irresponsabilidad cuando, en el medio de una situación muy inestable, impulsó una corrida contra el peso y los depósitos. Su agresividad al calificar a una contendiente como alguien que “ponía bombas en jardines de infantes”, sin una sola prueba.
En ese contexto, la duda era si la sociedad iba a reaccionar contra esas ideas, se le iba a poner límites a tanta desmesura, como lo hizo otras veces con tantos dirigentes políticos. Era previsible que los votantes de Milei, ese impresionante 30 por ciento, seguirían convencidos, denunciarían cualquier crítica como operaciones de “la casta”. Allí, a Milei no le iba a entrar bala. El tema era si el miedo o el espanto ante su irrupción, le pondría un techo.
Todo hacía parecer que no, porque la inflación era cada vez más dura, los escándalos arreciaban.
En la tarde de ayer, todo empezó a quedar claro. La sociedad argentina eligió, pese a todo, y con todo en contra, ponerle un límite a la locura.
Las cosas pueden estar mal.
O muy mal.
El Gobierno puede ser malo.
O pésimo.
Pero, aun así, no vale todo. La locura puede rendir hasta cierto punto. Y a partir de allí, ya no. A la gente le da miedo.
Finalmente, una vez más, la sociedad hace saber que un 30 por ciento elige el salto al vacío.
El resto, no: elige a Serio Massa, o a Patricia Bullrich, o a Juan Schiaretti.
Siete de cada diez dijeron que no.

“Primera vuelta, la puta que lo parió”, gritaba Milei el miércoles.
No pudo ser.
Eso no quiere decir que Milei no vaya a ganar en noviembre. Pero tendrá que revisar su estrategia. La motosierra da miedo. Hay un grupo importante que delira con esas bravuconadas. Pero no alcanza para ganar. Ahora, si deja la motosierra -y todos los disparates- tal vez no pueda crecer y, al mismo tiempo, pierda el entusiasmo de su base. Anoche se acercó a Bullrich. Apenas se abracen, aparecerán todos los recuerdos de lo que dijo: ¿No eran Juntos por el Cargo? ¿No eran socialistas de buenos modales? ¿No era terrorista, asesina de niños?
Por supuesto que, además de las propuestas violentas de Milei, pasaron otras cosas. El Gobierno repartió plata. La estructura peronista amenazada se puso en marcha. Patricia Bullrich expresó mucha debilidad luego de la primera vuelta. Todo esto también pasó. Pero aun con todo eso, si hay una ola, es imparable. Y la ola paró. En el momento de definición, frenó.
Con todo, Javier más Patricia suman el 56 por ciento. Es un buen número para arrancar. Y, como está visto, todo se mueve. Si el clivaje divide los votos entre oficialistas y opositores, Milei será presidente. En cambio, si en el centro del debate está Milei, su agresividad, sus ideas tan difíciles de entender, Massa tiene una enorme chance.
En otras palabras, los votantes de Bullrich definen. Si prima en ellos el antikirchnerismo que forma parte de su identidad, Milei tiene las de ganar. Pero si el miedo a Milei es lo que define, Massa -impensadamente- será el sucesor de Alberto Fernández.
Milei ha hecho una elección espectacular si se tiene en cuenta donde empezó.
Pero lo que parecía seguro hasta hace unas horas –que llegaría a la Presidencia- ahora está en duda.
La libertad avanza, pero a los tumbos.
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