
Los procesos políticos pueden ser evaluados desde múltiples aristas y, de acuerdo a sus objetivos y circunstancias, pueden ser catalogados como exitosos o no. Para ello, vale la pena hacer un análisis con un mayor grado de complejidad, teniendo en claro cuáles eran los verdaderos objetivos del programa de gobierno, no meramente los declamados, y qué circunstancias tuvo que enfrentar.
En este sentido, si pensamos cómo evaluar la actual gestión del gobierno nacional, el cual integro, hay que decir que tuvo los tres resultados posibles: malos, discretos y buenos. Con respecto a los objetivos no cumplidos podremos argumentar sobre los factores externos ya conocidos (pandemia, sequía, guerra y deuda), fallas en la gestión, entre otros. Sin embargo, incluso en este contexto, se observan buenos resultados en la evolución del sector industrial.
En efecto, la actividad industrial actual se encuentra 10,4% por encima de la registrada en diciembre de 2019 con un nivel de empleo también 10% mayor. Es decir, aún con todas las dificultades enumeradas, esta gestión logró revitalizar la actividad industrial y el empleo que el gobierno anterior había destruido. Y esto se consiguió gracias a múltiples medidas desplegadas desde el Estado, como por ejemplo el Fondo de Garantías Argentino (Fogar) el Fondo de Desarrollo Productivo (Fondep), ambos abandonados durante la gestión anterior, el Programa de Desarrollo de Proveedores (Prodepro), el impulso a la ley de Economía del Conocimiento, la formación en programación a partir del Argentina Programa y el régimen de Incentivos para fabricantes de bienes de capital, entre otras políticas impulsadas tanto del Ministerio de Producción como de otros Ministerios y Agencias.
Nunca está de más recordar, y más en épocas de elecciones, la importancia que tiene la industria dentro de la economía argentina: todas las fábricas de nuestro territorio en sus distintos tamaños y ocupaciones explican el 17% del producto total argentino y generan más de 1,2 millones de puestos de trabajo registrado (18% del total nacional). En este sentido, luego de más de 200 años de historia y 40 años de democracia, el país necesita llegar a un consenso básico: hay que apoyar a la industria. La apuesta del nuevo gobierno debe ser el despliegue de una política industrial en la que el Estado y el sector productivo trabajen mancomunadamente para fomentar y dirigir inversiones en sectores claves, diversificando nuestra matriz productiva y promoviendo la obtención de divisas a través de la exportación. Hoy, en este momento importante para el país, es crucial que los votantes se mantengan informados sobre todas las opciones de candidatos y partidos. La participación ciudadana es fundamental para fortalecer nuestra democracia y construir un mejor futuro para todos.
Si pensamos en modelos desplegados en gobiernos anteriores, como el del periodo 2015-2019, y en la candidata que hoy lo sucede, el futuro de la industria no se vislumbra muy auspicioso. Ese gobierno adoptó políticas con un claro sesgo anti industrial al menos por tres cuestiones centrales. En primer lugar, redujo los salarios reales y con ello cayó fuertemente el consumo de productos industriales. En segundo lugar, el acelerado ciclo de valorización financiera fomentado por dicho gobierno desvió la inversión desde la esfera productiva hacia las finanzas. En otras palabras, la timba financiera resultaba más rentable que la puesta en marcha de fábricas. Por último, se desplegó una fuerte apertura de las importaciones, especialmente durante los primeros años de gobierno, que compitieron con el trabajo argentino. ¿Cuál fue el resultado de estas políticas? La destrucción de más de 150 mil puestos de trabajo industriales y la reducción en un 14% de la actividad fabril. Recordemos, además, que del préstamo que se contrajo con el FMI, ni un sólo dólar fue utilizado para potenciar el desarrollo industrial.
En el caso de las propuestas de algunos candidato libertarios, la industria no pareciera correr con mejor suerte. Los diferentes referentes con esta orientación política, reivindican al gobierno de Carlos Menem, uno de los responsables de la destrucción del tejido industrial argentino durante la década de los años noventa sustentado en la apertura comercial, la apreciación cambiaria y la ausencia de políticas productivas. Por ejemplo, luego de la fase expansiva inicial a partir de las privatizaciones y el endeudamiento, entre 1998 y 2001 el sector fabril se contrajo 27% perdiendo así más de 230 mil puestos de trabajo. Es decir, la década de la Convertibilidad nos dejó una industria más débil, más pequeña, menos conectada entre sí, menos tecnológica y más extranjerizada. Esto es lo que reivindican algunos candidatos.
Además, cabe señalar que hace unas pocas semanas un economista de esta línea, anticipó a la UIA que en el caso de ganar el espacio libertario les “dará menos de dos años para adaptarse” y luego abrirán las importaciones. Un sálvese quien pueda que en un contexto de dolarización puede ser fatal para nuestro aparato fabril, sus dueños y quienes allí trabaja
Orden macroeconómico sí, política industrial también
Está claro que lo realizado no fue suficiente y que las principales explicaciones a los problemas productivos radican en la situación macroeconómica. Sin embargo, debemos salir de la falsa dicotomía que implica el ordenamiento de las principales variables macroeconómicas con la imposibilidad de profundizar políticas industriales. En este sentido, la tecnología y la investigación articuladas entre el Estado y el sector privado son claves. Así lo señalaron también referentes de diversas empresas destacadas en la jornada “Innovación y Desarrollo en Argentina: Potenciar el Futuro a través de la Articulación Público-Privada” que organizamos desde el Ministerio del Interior a principios de octubre. Los empresarios participantes, que provenían de los sectores más diversos, destacaron la importancia de las políticas públicas para desarrollar nuevas tecnologías y trajeron ejemplos muy valiosos sobre la articulación ya existente entre sus actividades empresariales y el entramado científico estatal argentino. No es con menos Estado, sino con uno más eficiente que se consigue el desarrollo.
Pero además, es fundamental construir un Estado que se posicione inteligentemente en el contexto internacional, dado que ya no existe más, ni en los dichos ni en la práctica, la idea de que la política industrial no es necesaria o es algo del pasado. Más allá del éxito de las políticas industriales en China, de la que se ha hablado mucho en las últimas décadas, resurgieron ambiciosas políticas industriales tanto en Estados Unidos, con la Inflation reduction act, como en la Unión Europea, a partir del Plan Industrial del Pacto Verde. Los países “normales”, como a algunos les gusta definir, apuestan al trabajo en sus fábricas, a la inversión privada y a su sistema científico, todo esto conducido por el Estado, en coordinación con el sector privado.
No retrocedamos 20 años, elijamos construir más fábricas y más trabajo para nuestro pueblo. Destruir es fácil, reconstruir cuesta mucho más. No lo permitamos.
La autora es Subsecretaria de Políticas para el Desarrollo con Equidad Regional del Ministerio del Interior de la Nación
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