
En los discursos post-PASO está la clave de la victoria en octubre: se impondrá el que mejor interprete la argentinidad.
La idea es simplificar, hacerle la vida más fácil al que paga impuestos. Un abogado que paga 300.000 pesos por mes tiene que hacerlo con un único impuesto y no perder tiempo llenando papeles. Hay que hacerle la vida más simple al que decide pagar.
G.K. Chesterton dijo alguna vez, cuando le preguntaron qué opinaba sobre los franceses, que no podía responder porque no los conocía a todos. Sin embargo, más allá de la evasiva, existen elementos comunes que hacen al ser nacional de cada país. Y los argentinos no somos la excepción.
Entender esa forma y modo de ser de los argentinos (la argentinidad) puede ser un elemento discursivo no menor a la hora de desarrollar los principales mensajes para una elección tan reñida.
En “País de mierda, ideas y reflexiones sobre el mejor país del mundo”, libro que publicamos en julio con Ediciones LEA, exploramos de qué manera la forma en la que hablamos de lo que somos como argentinos impacta en nuestro día a día, y cuáles son aquellos elementos que hacen a lo que conocemos como “argentinidad”.
Argentina potencia vs. la épica de la austeridad
La noche del 13 de agosto, buena parte de la ciudadanía argentina estaba sorprendida por un resultado electoral que ninguna consultora anticipó. La primera de los tres candidatos más votados en hablar fue Patricia Bullrich, haciendo foco en la importancia de “ser austeros” y “evitar el despilfarro”. Ambos puntos pueden ser efectivamente herramientas necesarias para los años que se vienen, pero nadie se enamora de la austeridad. A nadie le entusiasma. Nadie entona una arenga con tono de cancha bajo la premisa de “evitemos el despilfarro”.
Javier Milei fue el segundo en hablar. Y su discurso era tan esperado que incluso en la transmisión de algunos canales dejó hablando en mute al ex presidente Mauricio Macri, que estaba promediando su discurso cuando el libertario salió al escenario. Milei, por su parte, a diferencia de Bullrich, apeló a uno de los instintos más profundos de nuestro pais: la idea de Argentina potencia. “Cuando se puso en marcha en 1860 (La constitución de 1853), luego de 35 años Argentina se convirtió en la primera potencia mundial”, así empezó a cerrar su discurso trayendo un elemento fundamental de la narrativa argentina: la premisa de que hay un pasado glorioso que tenemos que recuperar.
Acto seguido, Milei identificó al enemigo que evita que ese pasado glorioso pueda materializarse: los políticos. “Que no me vengan con que no se puede. Sí que se puede. El problema es que hoy la solución está en manos del problema. Que son los políticos”. Esta idea -que algunos tildarían de “populista”- de que hay una parte de la sociedad que impide nuestro desarrollo, está presente en el corazón de la argentinidad a punto tal que en 1910 Joaquín V. González le puso el título de “El espíritu de la discordia”, como antecedente conceptual de “la grieta”. Por su parte, la relación conflictiva de los argentinos con la autoridad (en este caso los políticos) se remonta a nuestro poema homérico, el Martín Fierro -“la cosa anda tan fruncida, que gasta el pobre la vida, en huir de la autoridad”- donde la justicia y la ley parecerían no ir de la mano.
Por último, en su alocución, Milei nos dio a los argentinos una dosis discursiva de aquello a lo que no nos podemos resistir: la idea de que podemos ser una potencia. La potencia que nos merecemos. “Invito a los argentinos a sumarse a la revolución liberal que va a hacer que en 35 años Argentina vuelva a ser una potencia mundial. Muchas gracias y ¡Viva la Libertad Carajo!”
La lógica de que no solamente nos merecemos, sino que también podemos volver a ser una potencia, esta muy arraigada en los elementos que hacen a la identidad nacional. Desde su propio origen, la idea de Argentina se erige sobre la noción de promesa incumplida y destino glorioso injustamente arrebatado.
La mayoría de los medios de comunicación y análisis políticos interpretaba el voto de Milei como “voto bronca” pero pocos se animaron a identificar en él el valor de la “esperanza”. Lo cierto es que ninguno de los otros candidatos apeló a una idea similar. El gen de la Argentina potencia, tan arraigado en nuestro discurso nacional, le gana discursivamente a la épica de la austeridad basada en la sangre, el sudor y las lágrimas, de la misma forma que la Revolución productiva fue más que el lápiz rojo de Angeloz.
Si Bullrich o Sergio Massa quieren recuperar electorado de cara a las elecciones generales, sin duda tendrán que tomar las lecciones correctas del discurso del libertario. No se trata de imitar sus formas, ponerse campera de cuero o leer a Hayek. Se trata de ofrecer a los argentinos un horizonte, un futuro relativamente cercano en el que vamos a estar mejor. Ese “algo en qué creer” que les permita levantarse entusiasmados al otro día. Se trata, en definitiva, de enamorar a los argentinos.
El autor es politólogo
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