
Si bien el progreso de un país debería ser una aspiración compartida por sus líderes y ciudadanos, algunos parecen estar atrapados en un ciclo de estancamiento y subdesarrollo, incapaces, indiferentes o sin voluntad de lograr avances significativos en su progreso político, económico y sociocultural. Y aun cuando los factores que contribuyen a la inviabilidad de este proceso son diversos e interrelacionados, las investigaciones más avanzadas muestran una preponderancia de variables internas respecto de las externas.
Los factores más relevantes son aquellos de naturaleza política, económica, social y ambiental, los cuales al no resoleverse llevan a la clasificación de un país como inviable, acorde al Fragile (Failed) States Index, estudio que evalúa la debilidad estatal considerando factores como el conflicto en la gobernanza, la economía y la sociedad civil. Porque, como analiza Stewart Patrick, la fragilidad estatal conduce a la inestabilidad y la incapacidad de un país para cumplir con las expectativas gubernamentales.
Concretamente los países inviables o Estados fallidos, acorde a Gerald Herman y Steven Ratner, son aquellos que carecen de la capacidad de controlar el monopolio de la fuerza y la eficacia en proveer a su población de los bienes públicos imprescindibles, además del control institucional y social en el marco de su territorio. Es decir, son aquellos países que debido a una combinación compleja y abrumadora de factores socavan su capacidad para funcionar de manera efectiva como entidades soberanas y para brindar bienestar a sus ciudadanos. Entre las causas más comunes de la inviabilidad de un país pueden especificarse las siguientes.
Corrupción, inestabilidad política y mala gobernanza. Susan Rose-Ackerman demuestra la relación entre la corrupción y el desarrollo económico y cómo la mala gobernanza socava la viabilidad de un país. La falta de transparencia en la administración pública debilita la confianza en las instituciones gubernamentales y mina la inversión extranjera, resultando en una mala gestión de recursos y en la incapacidad de proporcionar servicios básicos a la población. Su resultante, la pobreza y desigualdad extrema más la falta de inversión en capital humano, debilitan la base económica y social redundando en la falta de acceso a recursos básicos, educación, seguridad y salud contribuyendo a la inestabilidad social y política. Ello está relacionado a su vez con las crisis económicas y deudas insostenibles como resultado de malas gestiones financieras que paralizan la economía de un país, afectando negativamente a la población y dificultando la inversión y el crecimiento. Sumado a ello, como demuestra Douglas Johnson, la falta de representación política, legitimidad en el gobierno e incapacidad para mantener el orden interno debilitan la cohesión nacional conduciendo a la erosión del Estado. Y así, adiciona Jeffrey Sachs, la falta de acceso a recursos y servicios básicos perpetúa un ciclo de pobreza y desestabilización social, lo que a su vez dificulta el desarrollo sostenible.
Los conflictos externos e internos tales como las intervenciones extranjeras y guerras regionales impactan devastadoramente en la infraestructura y la economía, pero también los conflictos étnicos, religiosos o políticos son factores desestabilizantes en lo político minando la autoridad central, dividiendo a la sociedad y fragmentando la nación en regiones controladas por grupos armados, colapsando también la prestación de servicios básicos y la seguridad, obstaculizando el desarrollo. En este sentido, además, la competencia por recursos y el deseo de poder exacerban las tensiones, lo que resulta en la fragmentación y la debilitación del Estado.
La degradación medioambiental y el cambio climático conllevando la escasez de recursos y fenómenos naturales cada vez más frecuentes e intensos que impactan significativamente en la producción de alimentos, la salud pública y la infraestructura, afecta la estabilidad del país. Neil Adger y Shardul Agrawala demuestran que la pérdida de recursos naturales y la escasez de alimentos, la degradación medioambiental más las condiciones climáticas adversas, llevan a conflictos por la supervivencia y la competencia por dichos recursos, lo que debilita la estructura estatal. Y aquí nuevamente la lucha por el acceso a tierras cultivables y agua frecuentemente aumenta las tensiones contribuyendo a la inestabilidad política en la región.
En este marco, la inviabilidad de Argentina se encuentra manifiesta y causalmente más próxima del primer factor que de los dos últimos. Obviamente las posibles estrategias para superar estas dificultades y trabajar hacia la viabilidad a largo plazo está relacionada con la reforma institucional y buena gobernanza que promuevan la eficiencia en el gasto público, la transparencia, la rendición de cuentas y la participación ciudadana para ayudar a mejorar la calidad y confianza en las instituciones. Bajo similar criterio debería focalizarse en la inversión en capital y desarrollo humano, priorizando la educación, la salud, la civilidad y el bienestar de la población contribuyendo a la reducción de la pobreza y la desigualdad, al tiempo que fomenta el desarrollo social y económico sostenible.
Pero nada de esto se ha realizado en las últimas décadas en Argentina. A pesar del reconocimiento y comprensión de estas causas y de su criticidad, para abordar las recurrentes y cada vez más extensas e intensas crisis que subsume a la Argentina en la degradación generalizada, no hay acciones conjuntas y concretas hacia soluciones sostenibles para su recuperación y desarrollo.
Por ello, la viabilidad de Argentina hoy se encuentra en un punto crítico no sólo por sus índices de pobreza, inflación, corrupción, marginalidad, delincuencia y narco-criminalidad, falta de infraestructura, salud pública, seguridad y educación, sino también debido a que no existe al parecer la voluntad ni el compromiso real para funcionar de manera efectiva proporcionando los necesarios servicios básicos y de calidad para generar oportunidades económicas y un entorno propicio para el bienestar de sus ciudadanos. La convergencia permanente de corrupción endémica, crisis económicas, degradación social y educativa más la pérdida de valores culturales y falta de infraestructura, han creado un círculo vicioso difícil de romper para la clase política y dirigencial que no desea pagar el costo.
Cabe destacar que la historia de la humanidad está plena de ejemplos de naciones que han enfrentado desafíos abrumadores y que, contra todo pronóstico, han logrado dar un giro positivo a su destino. Estos países, alguna vez catalogados como inviables, han demostrado una notable resiliencia para transformarse y prosperar. Diversos casos de Estados africanos, asiáticos, europeos y en la propia Sudamérica dan cuenta de la real posibilidad de resurgimiento como una nación próspera mediante la implementación de políticas visionarias e integrales más un enfoque especial en la educación de alta calidad, logrando convertirse en economías avanzadas y competitivas en el mundo, con innovación tecnológica y ubicándose estratégica e internacionalmente en el conjunto de sociedades con adecuados o bien propicios índices de bienestar y calidad de vida.
Pero para el comienzo de una posible resolución a estos problemas evitando ser un país inviable o Estado fallido, se requiere la aún ausente reificación de una voluntad política colectiva y un demostrable compromiso y determinación genuina e incondicional por parte del conjunto de líderes, dirigentes y de la ciudadanía, con un enfoque sistémico y a largo plazo. Sólo así, Argentina podrá ser parte de la historia de países que a pesar su abrumadoras condiciones, transformó la adversidad en oportunidad y el estancamiento en progreso.
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