
Los números y los récords son aburridos, y no logran ilustrar del todo, la grandeza de un deportista. De todas maneras, es importante comentarle algunos datos al lector para que sepa de quién estamos hablando. Novak Djokovic llegó a terminar como número 1 del mundo en 7 años distintos: 2011, 2012, 2014, 2015, 2018, 2020 y 2021, siendo el único jugador en lograr semejante proeza. Durante este US Open, volvió a ese lugar en el ranking. Todavía no se sabe si terminará, nuevamente, en 2023 allí, pero ya, de por sí, es bastante impresionante.
Su regreso a Estados unidos y al US Open se da luego de estar vetado de ingresar al país desde 2020 debido a las regulaciones gubernamentales establecidas por la pandemia, y su negativa terminante a vacunarse. Djokovic tiene una dieta naturista estricta y cuida hasta el hartazgo absolutamente todo lo que ingresa en su cuerpo.
Nole también es el único jugador de la Era Abierta, junto a Rafael Nadal, en ganar dos veces los cuatro torneos de Grand Slam, además de ser el primero desde que lo hiciera Rod Laver en 1969, en ganar los cuatro Grand Slam de manera consecutiva. También es el jugador con más finales en la historia de los torneos grandes, y, tras este US Open, es el jugador que ostenta más semifinales, superando el récord de Roger Federer. A su vez, es el único jugador en la Era Abierta en ganar, al menos, dos veces, todos los Master 1000. Una brutalidad.
Y esos son solo algunos de los tantos récords que ostenta el serbio y que, seguramente, mantendrá durante muchos años, sino décadas. Cabe decir, aunque sea obvio, que todo eso lo logró en un contexto histórico donde competía contra dos de los mejores jugadores de todos los tiempos, y unos cuantos perseguidores que, en otra época, seguramente hubieran sido números 1, como Andy Murray o el mismo Juan Martin del Potro.

Djokovic creció con el conflicto de los Balcanes de fondo, cuyas causas principales fueron tensiones étnicas y nacionalistas que se habían acumulado durante años debido a la diversidad étnica y religiosa en la región. La desintegración de Yugoslavia, un país multiétnico, desencadenó gran parte de la violencia. Los diferentes grupos étnicos, como los serbios, croatas, bosnios y albaneses, buscaron independencia o autonomía, lo que llevó a guerras y conflictos armados que incluyeron atrocidades como limpieza étnica, genocidio y asedios prolongados, con un alto costo humano y devastación en la región. Nole, que nació en 1987, supo contar que entrenaba pegándole a la pelota contra un frontón mientras sonaban las bombas de fondo.
Nunca ocultó su sentimiento de culpa por escapar de aquel horror: “Tuve la suerte que otros niños no tuvieron y pude huir de Serbia durante la guerra. Eso me hizo sentir mal durante mucho tiempo”. Al mismo tiempo, como no podría ser de otra manera, supo decir que aquellos años forjaron su carácter dentro y fuera de los courts, duro e imperturbable pero sanguíneo y electrizante: “Cuando uno experimenta una guerra y sabe que cualquier día puede ser el último de su vida, acaba apreciando la vida mucho más”.
Hay algo de héroe trágico en Djokovic, alguien que, simplemente, quiere ser querido. Ahí están las simpáticas imitaciones que hacía en sus comienzos de distintos jugadores del circuito, como Nadal o Maria Sharapova, o los chistes que suele hacer en algunos momentos tensos. Algunos jugadores han hablado sobre ello, por ejemplo, el siempre polémico Nick Kyrgios: “Djokovic me irrita con esa obsesión suya de ser querido. Tiene que dedicarse a jugar al tenis y nada más”.
En los últimos años, sus posturas políticas radicales respecto del nacionalismo serbio y su negativa a vacunarse contra el Covid no ayudaron demasiado a la percepción pública respecto de su figura. Su padre, que llegó a compararlo con Jesucristo y se dejó ver con nacionalistas rusos en pleno Australian Open -en medio de la invasión rusa a Ucrania- tampoco aporta demasiado para que lo quieran desde los sectores bienpensantes. Lo cierto es que, aunque uno pueda coincidir o no con lo que dice, en un mundo donde todos son tan políticamente correctos, especialmente, los deportistas de élite, que se cuidan de no decir nada sobre ningún tema y se limitan a hablar de su disciplina y hasta ahí nomás, no deja de ser un soplo de aire fresco que diga lo que piensa sobre una amplia variedad de temas.
Novak Djokovic ya no juega contra nadie, aunque aparezcan otros jugadores cada vez más perfectos en lo físico y en lo técnico como el español Carlos Alcaraz, que lo tiene a maltraer y parece haberle encontrado el punto. Djokovic juega contra la historia del tenis y contra él mismo. Sabe que, en un Grand Slam, cada pelota es un match point a la hora de estar en la gran discusión respecto de quién es el mejor de todos los tiempos. Sí, como dicen muchos de los que lo conocen, efectivamente quiere ser querido, en su cabeza, probablemente, la mejor forma de hacerlo, sea ser el mejor indiscutido. Creo que, a estas alturas, hay pocas dudas respecto de qué, efectivamente, ya lo es.
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