
De tanto en tanto el debate sobre una eventual dolarización de la economía argentina recobra vida. Y ahora forma parte de las conversaciones diarias de la mayoría de los argentinos ante la posibilidad de que el economista Javier Milei resulte ser el próximo presidente.
Entre las razones que explican la recurrencia del debate vale la pena mencionar las siguientes:
- Argentina, durante las últimas ocho décadas, no ha podido darle respuesta al desafío de tener una moneda sana o estable. Sin una moneda estable no se puede crecer, el cálculo económico se vuelve imposible y la capacidad para ahorrar y movilizar domésticamente ese ahorro es prácticamente inexistente.
- La bimonetariedad de la economía argentina ha sido la respuesta endógena del sistema para suplir la ausencia de una moneda propia estable. El peso y el dólar se reparten las funciones (de medio de cambio, de unidad de cuenta y de reserva de valor) pero lo hacen de manera imperfecta ya que ninguna de ellas puede cumplir con todas ellas a la vez. En el caso del peso, las limitaciones son de hecho, mientras que, en el caso del dólar, la limitación es legal. Por lo que resulta natural pensar, como evolución de la bimonetariedad, en levantar las restricciones legales para usar al dólar como medio de pago y de cuenta (darle curso legal) de forma tal que compita en un pie de igualdad (legal) con el peso. O bien, yendo a la opción más extrema, eliminar el peso y adoptar el dólar como única moneda.
- La viabilidad de un arreglo o régimen cambiario/monetario depende crucialmente de que el resto de las políticas sean consistentes (empezando por la fiscal). Pero también es necesario pensar en la naturaleza del ambiente económico con el que hay que lidiar y los objetivos o prioridades que se persiguen. La elección de un régimen cambiario siempre conlleva algo de insatisfacción. No existe ninguno que permita alcanzar todos los objetivos que usualmente se pretenden lograr mediante su elección o diseño. Y esto es así para todas las economías y no sólo para la Argentina.
Con este marco, cuando se aborda el tema dolarización se lo hace desde dos soluciones alternativas. La más extrema pasa por la sustitución total de los pesos existentes por dólares. En tal caso, hay que definir varias cuestiones; la más importante a qué tipo de cambio se convierten pesos por dólares.
La escasez de reservas cantantes y sonantes y la exuberancia de pasivos en el balance del BCRA torna prácticamente impensable que se pueda llevar a la práctica este tipo de dolarización rápidamente, a menos que se cuente con un financiamiento excepcional de parte del sector privado o de algún organismo internacional o del Tesoro o de la Reserva Federal norteamericanos (aunque estas últimas fuentes fueron recientemente descartadas por Javier Milei).
La opción impulsada por el equipo de Javier Milei de canjear los títulos públicos en poder del BCRA por otros que serían aceptados por el mercado a 25/30% de su paridad, implica endeudarse a tasas exorbitantes (se emitirían USD 120.000 millones a cambio de unos USD 30.000 millones, que son los que se necesitarían para realizar la conversión de todos los pasivos líquidos del BCRA).

Una alternativa que, además, corre el riesgo de no contar con el visto bueno de las áreas legales de los organismos involucrados y que podría ser seriamente cuestionable en sede judicial.
La otra alternativa es la de declarar el curso legal del dólar, y permitir que “compita” con el peso en todas las funciones de éste. Se trataría básicamente de permitir la libertad de elección de monedas (el deudor elige la moneda: el empleador, el que paga impuestos, el que paga algún consumo, etc.).
En este caso, no sería necesario establecer un tipo de cambio de conversión por cuanto no habría sustitución física forzosa y el tipo de cambio sería el que se determine en un mercado totalmente libre. Esta alternativa podría funcionar como punto de partida hacia un esquema de sustitución física del peso por el dólar.
Quienes defienden esta alternativa sostienen que la escasez de dólares no es tal: quien no tiene dólares es el Banco Central, el sector privado tiene y muchos. Y esos dólares privados aparecerían con un régimen legal acorde.
De todas maneras, la pregunta de cuál será el tipo de cambio al que aparecerán esos dólares privados sigue siendo muy difícil de responder. Claro que se puede responder que será el tipo de cambio de mercado. Pero ello no implica que no se corra un riesgo significativo de que se produzca inicialmente una aceleración nominal difícil de controlar.
La clave para evitar esa situación es hacer de la competencia de monedas una medida más dentro un programa integral de cambio de régimen económico, que termine con la dominancia fiscal, que haga de la Argentina una economía competitiva y abierta con eje en el sector privado.
Empezar discutiendo cuál será el régimen monetario a partir de 2024 es comenzar por el final. No hay atajos. La dominancia fiscal y el peso muerto de un Estado infinanciable e ineficiente (costoso) están el origen de la inviabilidad monetaria de la Argentina.
Hemos intentado con todos los regímenes monetarios disponibles, pero nunca se ha intentado mantener la disciplina fiscal por más allá de algunos pocos años. Se puede poner toda la creatividad disponible para atar de manos a funcionarios fiscalmente irresponsables mediante algún arreglo cambiario/monetario. Pero la efectividad de cualquier iniciativa termina chocando, irremediablemente, con la falta de credibilidad y la expectativa de transitoriedad que despierta esa genética irresponsabilidad. El aprendizaje sigue siendo muy costoso, ojalá no vuelva a ser en vano.
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