
Es un color que se está en formación, si es que necesita alguno. Pero sí produjo y produce un gran ruido al encontrar a las maneras políticas y aún institucionales con los perros atados. No los perros de cien kilos, algunos bravos (asegura Victorial Villarroel en alguna entrevista, compañera de la fórmula libertaria), que Javier Milei pone en primer plano de su mundo personal, sino los perros adormilados y atados a sus correas que pasean cada día los amos respectivos de “la casta” para designar al economista de formación reconocida que ve a los políticos, en general, como una oligarquía ociosa y privilegiada.
Los políticos bien son el blanco. ¿Es también la antipolítica? De hecho, no: es un político que viene desde un lugar ubicado en la galaxia del sistema democrático, a pesar de recibir deterioro por obra de un empleo opaco, soso, ignorante a menudo, con apariciones que incluyen polémicas y aumentos de dietas inoportunos y ofensivos. Pero es una democracia. Hay otras: corporativas, orgánicas, directas, plebiscitarias, que reducen siempre la palabra libertad, de gran belleza por sí misma, y bandera de Milei.
No se escribe para dar una opinión o una visión de cómo tendría que ser el mundo: se hace para contar con el mayor despojo y la inteligencia que pueda encontrarse a mano. Al patear el tablero de este ajedrez establecido, tocó el nervio del desencanto y la desesperación: otra cosa.
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De manera transversal se divisan las muchedumbres sin destino pero furiosas que puso por delante el final de Joker, “Guasón”, de 2019, ayer nomás en el cine. Se percibe, lo diré, por lo que en algún momento del golpe militar por derrocamiento de Yrigoyen -Perón participó como militar joven-, además de explicaciones densas y mayores sobre el hecho, no se privó de anotar “que a los argentinos les gustan las novedades”.
Como un ciclón y en poco tiempo, Milei implantó su figura con mucha expansión, un uso muy bien administrado de las redes sociales y la presencia casi permanente en los programas políticos -garpa, levanta el rating-, aunque no se lo tomaba como un jugador decisivo. Distracción evidente: el estilo de Javier Milei contuvo un programa que se atiene al liberalismo como una corriente histórica con sus próceres, fundadores, teóricos, por oposición a toda planificación socio-comunista, no pocas veces con agresividad. “Zurdos hijos de puta, ¡tiemblen!”, como muestra. Pero fueron estallidos abundantes. Lo son.
Mercado, individuo, propiedad privada, con mucho agregado a la erudición teórica y a la idea casi de que el verdadero progreso está allí y la expresión neoliberal-liberal, en rigor, como un detalle semántico al modo en que los antisemitas eligen decir sionistas- en una escalada de programación con el ensayo general de una asunción al poder.

Una cantidad de jóvenes –también hay muchos en la izquierda trosca– se prendió: el estilo, los trajes cruzados negros con corbata, el pelo, los ojos magnéticos –cuando baja la mirada y enfoca se parece mucho a la imagen ligada al actor Malcolm Mc Dowell en La Naranja Mecánica– juegan el juego de Javier Milei, la vida color Milei.
A mí me atrae que suelte lo mal que lo pasó en la infancia con la dureza y el desprecio de los padres, la unión, por esa historia, con su hermana Karina quien, asegura, inspira y guía como un ser invalorable, constructora de su lanzamiento y su explosión en la PASO, las alusiones a momentos místicos no del todo explícitos, un período de agotamiento y destrucción que tampoco se detalla, el apego y respeto a los fundamentos de la escuela austríaca, que, según Wikipedia, es “un pensamiento económico basado en el individualismo metodológico y en el subjetivismo. Sus recomendaciones de política económica suelen ser anti intervencionismo y suelen (de nuevo) promover el liberalismo económico”. Para qué subrayar que es una síntesis pobretona y mal hecha, pero es algo.
Llegará octubre y será por los porotos. Las descalificaciones no se muestran avaras: que Milei es funcional al kirchnerismo y tiene contactos con el ministro y candidato Sergio Massa; pongamos que Patricia Bullrich pasó por la Jotapé en años juveniles, son solo muestras. Bullrich consolidó su liderazgo en las internas de su coalición, cribado de minucias, egos y, fundamentalmente, por dos modos de obrar sobre la realidad. Tendrá un gran peso, con muchos puntos de contacto en zonas económicas con Milei, en términos de orden, cumplimiento de la ley y, supongo, jugar a fondo y decirlo, un cambio absoluto frente a la ruina. Tiene kilates suficientes y suscita confianza. El oficialismo jugará su suerte para arañar la posibilidad de ser incluido en un eventual balotaje.
En cuanto a cambios a los largo de la vida como descalificación, pueden aportar a Vargas Llosa y Octavio Paz, nombres esenciales, desde la izquierda hacia el liberalismo, con matices. En el caso del mexicano Paz, cuya poesía no abandono, publicó en 1979 “El ogro filantrópico”: el Estado como monstruo, gran pulpo con tentáculos que oprimen la libertad y el individuo. Bukele en El Salvador, severo rector de una sociedad que se posicionó en una forma de autoritarismo -los horrores de las maras y el encarcelamiento gigante discutido pero con aprobación local-, integró el Frente de Liberación Farabundo Martí, revolucionario comunista cuyo nombre fue tomado por un grupo guerrillero. Ya ven ustedes.
De modo que lo que se avecina es un punto de no retorno: o se cambia o nos desintegramos.
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