
Nueva Orleans, año 1913. El muchacho se había criado prácticamente en la calle. El crimen y la marginalidad eran para él, una salida casi obvia. Nieto de esclavos negros, su padre lo había abandonado de niño y con apenas 13 años vagabundeaba por la ciudad. Sentía en el cuerpo las miradas de odio por su color de piel. La furia lo quemaba por dentro. Todas esas heridas del tiempo lo convirtieron en un pequeño delincuente. Esa noche había sido detenido nuevamente. Lo habían atrapado disparando con un arma al cielo. Fue llevado otra vez al reformatorio “New Orleans Home for Colored Waifs”, un hogar para niños de color, abandonados de la ciudad. Una noche, el Director del Hogar lo convenció de cambiar el arma por una trompeta. Seguramente no debía hacer eso con todos los jóvenes que llegaban al deteriorado y ruinoso instituto. Pero ese hombre vio algo dentro de aquel muchacho. Esa noche comenzaba la nueva vida de Louis Armstrong, el más grande trompetista de jazz de todos los tiempos.
Cuando salió del lugar fue adoptado por una familia de inmigrantes judíos, los Karnofsky. Lo hicieron sentir como uno más de la casa. Louis sentía que la discriminación antisemita a esa familia, tenía el mismo origen que el odio racial que había vivido en carne propia. Pocos años antes de morir grabó la hermosa canción “What a Wonderful World”, como un mensaje de paz en medio de la violencia racial americana de los años 60′. El Sr. Karnofsky fue quien le compró su primera trompeta. En agradecimiento eterno, Armstrong usó en su cuello un Maguén David, una estrella de David, hasta su muerte en 1971.
En el relato de la Torá de esta semana un hombre llamado Pinjas lleva un arma en sus manos. Es una lanza. Parece enceguecido. Lancea lleno de furia a todo el que se lo cruza. Había sido testigo de una serie de tragedias que habían vivido él y su gente. Plagas, guerras, violaciones y exilios eran la biografía de su joven historia. Heridas del tiempo. Esa noche frente a sus ojos no era menos dramática. Es por eso que decide salir con el arma en las manos. La furia que quema por dentro. Es una lanza, ya que no había armas de fuego en aquél tiempo. Pero de haber tenido una, la bronca también lo hubiese hecho disparar, seguramente al cielo.
Sin embargo, el texto lejos de condenar esa furia hecha violencia de Pinjas, nos dice que Dios mismo le regala un “Pacto de Paz” – “Brit Shalom”. No hay otro personaje en la Biblia al que le suceda algo así. Es como si lo hubiesen visto. A él. En la palabra hebrea “Shalom” (Paz), una de sus letras se escribe como una línea vertical (la letra “Vav”). Lo extraño es que en el texto del pacto de paz de Pinjas, esa letra aparece quebrada a la mitad, partida en dos. La línea quebrada parece una lanza, pero rota. Este el único lugar en toda la Torá donde aparece así la letra VAV. A Pinjas como a Louis, alguien lo vio. Descubrió allí dentro un alma. Y lo acompañó a bajar sus armas, por una canción de paz.
Muchos años después, Pinjas se transformará en un líder a quien le confiarán una misión: impedir un derramamiento de sangre y lograr un tratado de paz entre todas las tribus de Israel (Libro de Josué, cap. 22). El hombre de la lanza y la furia, supo escuchar dentro la música que lo había transformado ahora en un hombre de equilibrio y de paz.
Somos el espejo de cómo nos vemos. Atados a viejas historias, crisis del pasado, mandatos familiares o heridos de tiempo, solemos creer que esta es la vida que nos toca. Lo que vemos en el espejo resulta entonces, eso en lo que la vida nos transformó. El enojo con el pasado puede ser real, y hasta justo. Pero eso no quiere decir que no podamos hacer música en este presente. Celebrar un Pacto de Paz con nuestra historia, nos abre la puerta hacia el mañana que deseamos. No somos apenas la consecuencia de nuestro ayer, sino que podemos ser la causa que active el potencial de lo que seremos. No importa cuán justas sean nuestras broncas o nuestras causas. Somos la música con la que decidimos vivir con más paz.
Amigos queridos, amigos todos.
Podemos culpar a la sociedad, a las carencias, a nuestros padres o a la familia. Podemos culpar a lo que nos haya sucedido, a la mala suerte o a la vida toda. Pero hay veces que alguien se cruza en el camino. Y nos ve. Y nos abre los ojos.
Instantes en que nos proponen abrir el alma para sanar, y entonces vivir.Otras veces, es una voz que nos llama desde dentro. El susurro de lo divino que llevamos dentro. La que nos dice que podemos bajar las armas.
Para que dejemos de apuntarle incluso al cielo. Para caminar con más paz.Para entonces demostrarle a la vida y especialmente a nosotros mismos, que podemos llenar de música a un mundo tan maravilloso.
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