
Más temprano o más tarde, esta dinámica macroeconómica finalizará con una devaluación significativa. Es relevante que se decida hacer más allá de las elecciones. Y dentro de ello, no posponer una reforma del Estado con la excusa de las próximas elecciones de medio término. Mientras tanto, la situación económica y social sigue en el camino del deterioro acelerado. Desde mediados del año pasado, con un cambio de cartera en Hacienda, solo se busca “llegar” a diciembre.
En sí, la estrategia es sostener alto el déficit fiscal financiado con emisión monetaria. Y, para reprimir el impacto inflacionario, se absorbe el exceso de emisión con las Leliq y se atrasa el tipo de cambio oficial. De esta forma, el BCRA incrementa su pasivo (emisión de Leliq) y reduce su activo (pierde reservas por el atraso cambiario). Es este aumento del pasivo y la baja del activo que llevan inevitablemente, en algún momento, a un salto devaluatorio.
Para tener cierta perspectiva y poder cuantificar, se puede contrastar las reservas con las Leliq, medidas en dólar oficial. Siendo así, según información publicada por el BCRA, se puede ver que, en diciembre del 2017, las reservas eran de USD 55 mil millones y las Leliq eran USD 65 mil millones. En diciembre del 2019, las reservas eran de USD 45 mil millones y las Leliq habían caído a USD 20 mil millones. Por último, y ya para mayo del 2023, las reservas eran de USD 33 mil millones y las Leliq volvieron a ascender a USD 60 mil millones.
En pocas palabras, antes que comenzará la crisis cambiaria en la administración anterior, el monto de las Leliq, medidas en dólares, era muy parecido al que vemos hoy. La cotización del dólar pasó de $20 a $60 entre 2017 y el 2019. Cabe mencionar que esta fuerte devaluación licuó a un tercio las Leliq y, al no haber reducido el déficit fiscal, la administración actual volvió a triplicar las Leliq pero con un nivel de reservas mucho menor.
La preocupación solo está puesta en que el salto devaluatorio se produzca después del cambio de administración. Aunque, lo que deberíamos preguntarnos es si luego del salto devaluatorio emerge o no la oportunidad para terminar con estas dinámicas crónicas y corrosivas. El riesgo es que la licuación “tiente” a posponer el abordaje de las disfuncionalidades y distorsiones del sistema tributario, la coparticipación, el sistema previsional y las superposiciones de gastos entre niveles de gobierno.
No es menor señalar que, por más que la licuación generada por la gran devaluación sea acompañada con un ajuste fiscal explícito, tampoco cambiará los resultados. Subir impuestos y bajar gastos es asfixiante, por un lado, y nos condena al fracaso, por otro. De sostenerse una mala organización del Estado, que es la fuente generadora de los déficits financieros y de gestión, nada podrá ser sustentable en el largo plazo. Recordemos la política de “déficit cero” de la gestión anterior. Se bajó el déficit primario cerca de cero con aumento de los derechos de exportación y forzando reducciones en partidas presupuestarias. Con el paso del tiempo, rápidamente, se volvió al déficit. En síntesis, la reforma del Estado se vuelve inexorable y reclama un cambio disruptivo y sostenido.
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