
Recuerdo que fue un psicólogo aunque no memorice su nombre. Finalmente, no pasé de la segunda sesión antes de despedirme. Eran días turbulentos en los que un puñado de señores de la Justicia, un gerente resentido y unos cuantos funcionarios llenaban mi cabeza de indignación.
“Mirá, Gonzalo. Sé que es un tema común entre los seres humanos. Pero sos lo suficientemente grande para comprender que la única conducta que podes cambiar es la tuya, jamás la del otro”.
Seguramente no fue la última frase de nuestra frustrada terapia. Indudablemente, fue la más valiosa.
A veces necesitamos un puñado de palabras precisas —la lucidez de un concepto contundente— para que lo obvio se nos convierta en un consejo sabio.
Naturalmente —y comienzo con esta especie de autointerpelación—, en un país insosteniblemente personalista, habituado a oscilar entre presuntos héroes y consumados villanos (tantas veces, una misma cosa) cuesta un montón instalar la idea de hacernos cargo.
Pasa con el tema de la pobreza. Desde una vereda te hablan de las consecuencias de un supuesto capitalismo caníbal. Desde la otra del populismo que necesita potenciar la fábrica de pobres para garantizarse la subsistencia.

Elija la que elijamos siempre recalaremos en que nada castiga más a gran parte de nuestra población que la corrupción.
Desde ya que la más cínicamente expandida es la institucional. Incomparable pero alimentada por muchos de nosotros. Banquineros, salteadores de filas —mal que le pese al Presidente—, cuando aprovechamos un conocido que nos reduce “oficialmente” a la mitad las multas que necesitamos liquidar para vender el auto no hacemos sino alimentar la sospecha de que, o no nos importa la corrupción o consideramos que es un conflicto ajeno.
Pasa con el narcotráfico. Me cuesta poco imaginar a la misma persona que se indigna viendo las imágenes que llegan desde muchos más lugares que de Rosario, al rato salga de su casa en busca del dealer.
Nada de moralina. Mucho menos de juicio de valor. Al fin y al cabo, más acá o más allá de las leyes, somos todos grandecitos.

Pero evidentemente nos cuesta asumir que el mango que pagamos por el porro cool no deja de aterrizar sino en el mismo bolsillo del que liquida a pibes que están a años luz de ponerse de la cabeza en una rave.
No puedo dejar de preguntarme, entonces, cuánto nivel de incoherencia hay cuando nos angustia el mismo fenómeno que nosotros mismos financiamos. Aunque sea a cuenta gotas.
No vayan a tomar estas líneas como una pretendida lección de nada. Son simplemente cosas que me vienen a la cabeza cuando me enojo tanto con lo que llega “desde arriba”, desde esas oficinas a las que no llegan ni el necesitado que corta ni el pobre al que lo dejan sin el Metrobus. Esos lugares habitados por gente que no puedo esperar que cambien.
A propósito, debería recuperar el contacto de aquel psicólogo. Capaz no entendí bien su mensaje.
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