
A las pocas horas de saber a través de los medios sobre la trágica muerte de Fernando Báez Sosa, como siempre hacemos en Usina de Justicia, buscamos contactar algún familiar de la víctima para ofrecerles contención, acompañamiento y, si hiciera falta, asesoramiento jurídico.
En aquella oportunidad pude hablar con Graciela, la mamá de Fernando, quien estaba obviamente consternada, desesperada. En cuestión de horas el caso había adquirido tal relevancia por su brutalidad que todos los medios locales se ocuparon de mostrarlo con toda su crudeza y varios abogados ofrecieron sus servicios.
En lo personal, además de verme identificada por el horror del hecho en sí mismo, sentí especial cercanía ya que soy oriunda de Villa Gesell. Casi podría decir que esta muerte fue la crónica de una tragedia anunciada.
Jóvenes sin control, alejados de la mirada de sus padres, que durante los días de vacaciones se transforman en un jolgorio sin ningún marco de contención.
He visto morir a pibes que, en la madrugada, se adentran en el mar en total estado de enajenación, ya sea por drogas o alcohol, y mueren ahogados o por hipotermia. Sé de violaciones en manada y víctimas que no pueden acusar a sus violadores porque estaban “jugando” y no recuerdan ni siquiera qué ocurrió.
Sé de propietarios inescrupulosos que alquilan a ocho jóvenes departamentos preparados para cuatro. Total, lo que menos importa es dormir bien. Es la Villa Gesell del desenfreno, aunque algunos murmuran que, a partir del crimen de Fernando, algunas cosas han cambiado. Aunque poco, no lo suficiente.
Cada vez que paso frente al improvisado santuario donde su foto golpea al paseante, me pregunto si su muerte sirvió para que las autoridades de la Villa hayan puesto el foco en la prevención. En cuidar más y mejor a los pibes que encuentran en esta localidad marítima el placer de tantear sus primeras libertades, jugando a ser adultos, cuando apenas han salido del cascarón y entran por unos días al reino del “todo vale”.
El crimen de este pobre inocente trascendió las fronteras internacionales.
En el Simposio Internacional de Victimología celebrado el junio pasado en San Sebastián, España, del cual Usina de Justicia tuvo el honor de participar, hubo una sesión denominada “Violencia en el Deporte”. Por supuesto, este atroz crimen perpetrado por los denominados “rugbiers” dio a lugar varios comentarios
No vale la pena poner el foco en las características sociales y culturales que se vinculan con ese deporte. Ríos de tinta han corrido. Sí vale la pena mencionar que esa fatídica noche, la zona del boliche donde los ocho bravucones emboscaron a Fernando Báez Sosa no estaba debidamente custodiada. Que en Villa Gesell la inseguridad es moneda corriente al punto tal que han ocurrido otros horrendos crímenes como la desaparición seguida de muerte Marcelo Medina, de 18 años, cuyos restos aparecieron esparcidos en la playa. Casi un año después, no hay ninguna novedad que aclare su trágica historia, que atormenta a su familia. Nadie, absolutamente nadie, busca respuestas.
Villa Gesell, ese balneario bucólico y bohemio, meca de miles de jóvenes que buscan divertirse, deberá aprender a cuidarlos con más esmero y prevención.
Desde Usina de Justicia, somos solidarios con el dolor de los padres, familiares y amigos de Fernando.
Así como trabajamos y acompañamos a cientos de víctimas. Porque la inseguridad nuestra de cada día enluta a familias enteras, sumiéndolas en la oscuridad más absoluta.
Que la (in)Justicia no aclara.
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