
El 6 de enero pero de 2002 se derogó la Ley 23.928 dando por finalizada la “Ley de Convertibilidad del Austral” existente en la Argentina desde el 27 de Marzo de 1991. Este esquema cambiario y de reforma del Estado trajo consigo el período de estabilidad más extenso desde la creación del Banco Central en el año 1935.
En los hechos, la Convertibilidad terminó para los argentinos algunos días antes: el 1 de diciembre del 2001 se implementó el “corralito” que impuso los primeros límites al retiro de efectivo de los bancos. Este parecía ser el final del “1 a 1″ y la foto de lo que se avecinaba en el país.
Prácticamente habían transcurrido 11 años desde la entrada en vigencia del flamante esquema monetario propuesto por Domingo Felipe Cavallo (ex Ministro de Economía de la Nación) que le permitió a la Argentina ostentar un período de estabilidad único. Durante el año previo a la existencia de la “Convertibilidad”, 1990, la inflación había sido del 2.314 por ciento. En marzo de 1991 –mes de la sanción de la ley– el aumento en el nivel general de precios seguía su asecho: se registró un 11% de inflación mensual, un 51,9% en nivel acumulado durante los primeros tres meses del año y 283,7% de inflación durante los anteriores 12 meses. La situación parecía difícil de controlar.

Al mes siguiente de la sanción de la Ley –abril de 1991– la inflación se derrumbó: fue de 5,5 por ciento. Apenas ocho meses después, el año cerraba un diciembre único en materia inflacionaria: el índice para último mes del año fue del 0,6% y la suba interanual ya se situaba por debajo de los tres dígitos. Fiinalmente, en 1991 la inflación anual fue del 84 por ciento. Haberle atado las manos al Banco Central empezaba a dar sus primeros frutos.
Para el año 1992 la Convertibilidad ya mostraba su potencial: en enero, el “peso convertible” reemplazó al Austral a una tasa de cambio de $1 = 10.000 australes. Además, ese primer mes del año mostraba una inflación del 3% mensual, algo bastante inédito para todos nosotros. Este mes luego se transformaría en el de mayor inflación de todo el año. El año 1992 logró terminar con una inflación anual del 17,6%, dándole paso al siguiente año, donde la inflación iba a romper la barrera de los dos dígitos: 1993 se despidió con una interanual del 7,4%, toda una novedad en una Argentina acostumbrada a vivir en constantes y bruscas subas de precios.
Lo que resta de la historia es ya conocido: hace 21 años, “corralito” y “corralón” de por medio, dábamos por terminado el período de estabilidad y crecimiento más prolongado de las últimas décadas.
Desde aquel 6 de rnero de 2002 hasta hoy, la inflación acumulada ha sido del 20.520% lo que equivale a haber tenido una inflación promedio anual cercana al 29 por ciento. El peso argentino se ha despedazado. Por aquellos tiempos donde veíamos irse el “1 a 1″, 100 pesos alcanzaban para comprar 33 kilos de vacío. Hoy apenas alcanzan para comprar 100 gramos de carne. Para comprar en promedio lo que en aquel momento se lograba adquirir con un peso, hoy se necesitan unos 206. El billete de mayor denominación de aquel momento equivalía a 100 dólares: hoy el de mayor denominación –el de $1.000– equivale a apenas 3 unidades del billete verde.
Nuestra moneda ha perdido gran parte de su valor. La inflación no ha traído más que estancamiento, perdida de inversiones, falta de previsibilidad y destrucción permanente del poder adquisitivo. Con inflación no puede haber futuro: la historia debe ser suficiente para que la política entienda cuales son las verdaderas razones de tantos años de decadencia.
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