
Cuántas veces resonó en nuestros oídos que lo último que se pierde es la esperanza. La esperanza no avergüenza, cita la biblia, pero cuando creemos que la hemos perdido, nos sentimos avergonzados por las cosas que se esfumaron en el tiempo o tal vez, en un abrir y cerrar de ojos.
La esperanza se pierde en la medida que las diferentes dimensiones que consideramos de gran valor en nuestra vida están en crisis y ya no reina la armonía.
En ocasiones podemos hacer una mirada retrospectiva de la vida en todas sus formas, familia, educación, vínculos afectivos, el bienestar económico, la vocación y el trabajo y preguntarnos si hemos logrado el bienestar en cada una de ellas.
Alcanzar ese bienestar nos hace sentir plenos, nos mantiene en una calidad de vida óptima, renueva nuestras expectativas y alimenta la fe, que es el combustible que mantiene en marcha el motor de la esperanza.
Ahora bien, cuando los sueños no se convierten en metas realizadas, cuando lo que era parte de nuestro diario vivir, ya no lo es, se desencadena una inestabilidad que no estaba en nuestros pronósticos y que derriba otras fichas vitales del dominó de la vida.
Es realmente doloroso que las cifras de pobreza no dejan de crecer en nuestra nación.
La inflación, el riesgo país y el dólar en sus diversas formas, impactan no solo en el bolsillo sino también en ese motor llamado esperanza, que da la impresión de que no se echa a andar porque necesita volver al taller una vez más, en un país tan cíclico en su economía, es indudable que las piezas que la componen se desgasten.
Nuestros hijos miran el viejo continente como un faro que ilumina el sendero de nuevos desafíos y oportunidades, ante la tristeza de sus padres de verlos emigrar.
Si miro este cuadro como argentino, tengo varios motivos para pensar que esta película ya la viví, o mis antepasados ya me la contaron.
Si la veo con los ojos de mi fe cristiana, no debería darme por vencido ya que sí hay esperanza.
Tengo esperanza en un mensaje que en los próximos días inundará con carteles y remeras los distintos puntos de Buenos Aires, es un mensaje para toda la Argentina, de la mano del Festival Palau, que vuelve nuevamente con buena música y buenas noticias, este mes de noviembre.
Es necesario dar un mensaje que muestre un norte, que oriente en medio de la incertidumbre, traiga certezas en lugar de interrogantes. Para el cual se requiere de una unidad de todas las partes que tienen poder de decisión, de esfuerzo y voluntad de todos los ciudadanos, en un marco de verdad y no de callejones sin salida.
Pensaba que tenemos otro mundial que jugar, y es la clasificación para volver a una Argentina próspera que todos soñamos. En breve la selección de fútbol jugará un nuevo mundial esta vez en Qatar, y las expectativas de verla campeón se han encendido una vez más, se siente, se palpita. Esto nos motivará y apasionará a salir a las calles con una misma remera, la celeste y blanca. Si tan solo trasladáramos esta acción a otras áreas de la sociedad, seguramente pondremos a nuestro país de pie, allí de donde nunca debió salir, de los primeros puestos.
¡Vamos Argentina, que sí hay esperanza!
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