
Si le ofreciéramos a un analista extranjero un panorama de los datos de la macroeconomía (inflación, pobreza, reservas, tipo de cambio, etc.), y de las principales tendencias de opinión pública tanto en lo que respecta a los climas de opinión predominantes (alta negatividad, frustración, pesimismo, enojo) como los niveles de desaprobación del gobierno y la altísima imagen negativa que tiene el Presidente, éste no dudaría en apurarse a sentenciar que la elección presidencial del 2023 está ya resuelta. Así, probablemente el analista diría que el terreno en que se librará inevitablemente la contienda electoral y la “batalla comunicacional” asociada a ella será el del “cambio” y que, por ello, un triunfo de la oposición sería prácticamente inevitable.
Sin embargo, en Argentina ya estamos acostumbrados a que las cosas no son siempre lo que parecen y que, más aún en un contexto de profunda crisis y decadencia nacional, una dirigencia política con altos niveles de procrastinación parece no sólo profundizar la brecha que la separa de la ciudadanía sino también practicar un tan asombroso como atávico canibalismo.
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Sólo así se puede entender la situación por la que atraviesa el principal espacio opositor que, ante lo que podrían ser las puertas de un impensado triunfo electoral a sólo cuatro años de haber dejado traumáticamente el poder, parece encerrado en un auto boicot permanente. Una espiral de autodestrucción que parece acelerarse conforme se acerca el proceso electoral y que amenaza su propia integridad y competitividad político-electoral.
En este marco, la mayoría de los dirigentes de Juntos por el Cambio parece no comprender que el escenario ha cambiado drásticamente. Si ya en 2019 la apelación al miedo y al supuesto riesgo que implicaba el retorno del kirchnerismo al poder no fue suficiente para garantizar la reelección, más de tres años después la polarización ha perdido más fuerza aún. La unidad contra el “peligro” kirchnerista corporizado en la figura de Cristina ya no alcanza para galvanizar a la oposición, disimular las diferencias y camuflar los evidentes desaciertos y errores no forzados.
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Por diversas razones, aunque con un peso decisivo que puede adjudicarse a la persistente y generalizada crisis económica, el escenario político-electoral está dominado por una tendencia centrífuga que propicia la fragmentación y dispersión de la oferta electoral. Es que para amplios sectores de la ciudadanía, en donde el malestar y pesimismo ha venido creciendo, la responsabilidad de la situación económica y social ya no es imputable a un solo extremo de la tan mentada grieta. La sociedad argentina se está despolarizando, pero sus principales dirigentes -en el oficialismo y la oposición- parecen no tomar nota de esto y la confrontación ya no sólo se plantea entre dos grandes bloques sino que gana protagonismo al interior de ambas fuerzas, alcanzando niveles inéditos en términos de virulencia y exposición pública.
Las feroces críticas de Morales y Lousteau a Macri durante el acto radical en Costa Salguero, que contó con la presencia de Rodríguez Larreta. El violento exabrupto de la presidenta del PRO Patricia Bullrich al Jefe de Gabinete porteño Felipe Miguel. Las duras críticas de un cada vez más autónomo Manes al armado de Rodríguez Larreta. Macri y su profunda desconfianza y recelo con los radicales, a quienes -por lo bajo- sigue calificando de “populistas light”. Sólo algunas postales de estos estados alterados en la principal coalición opositora.
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Como consecuencia de esto, la dispersión es lo que domina hoy las ofertas electorales del espacio que, ya sin el “antikirchnerismo” aglutinador, cada vez comparten menos puntos en común. Horacio Rodríguez Larreta sigue siendo el favorito: no sólo porque así lo indican la mayoría de las encuestas, sino porque es quien tiene el control de uno de los mayores distritos electorales del país. Sin embargo, no la tiene nada fácil. No sólo Patricia Bullrich está dispuesta a enfrentarlo y cruzarlo abiertamente, también el propio Macri busca desgastarlo permanentemente en la búsqueda de no perder centralidad. De los candidatos del PRO es el que más cerca se muestra del radicalismo, lo que alimenta los resquemores de sus copartidarios. Los radicales tienen dos aspirantes: Morales y Manes. A todos ellos, podrían sumarse la por ahora enigmática María Eugenia Vidal e, incluso, Elisa Carrió y Lousteau, que en los últimos días no descartaron esa posibilidad.
Así las cosas, en las últimas horas el jefe de gobierno porteño pareció reaccionar, y al hablar de adversarios y combates, declaró que: “La pelea tiene que ser contra la inflación y la inseguridad”. Larreta intenta correrse de estas polémicas y tratar de hablarle a quienes realmente importa, los ciudadanos de a pie. El problema es que el monstruo ya está despierto, y la interna está desatada: no le será fácil salir de este laberinto para intentar conectar con la agenda de la gente.
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