
Nació un 12 de septiembre bajo un gobierno popular, el de Hipólito Yrigoyen, y partió en 2014 con otro gobierno popular, el de Cristina Fernández de Kirchner. Hasta en esas curiosidades de la historia la vida de Antonio Cafiero está marcada por un espíritu plebeyo al que siempre le fue fiel.
Los 100 años de su nacimiento encuentran a la Argentina frente a un desafío complejo: cómo hallar formas de convivencia política cuando la democracia está tensionada nada menos que por una instancia de violencia inédita desde 1983; el intento de magnicidio de la Vicepresidenta.
Quizás podamos encontrar una enseñanza en dos hechos que Antonio protagonizó en 1987.
En abril, frente al primer alzamiento carapintada, no dudó en acompañar al Presidente Raúl Alfonsín. Era una demostración doble. Una, hacia los rebeldes, para que no soñaran con fisuras entre los partidos populares. Otra, hacia el conjunto de la ciudadanía, para marcar que efectivamente la mayoría aplastante del peronismo estaba jugada en cuerpo y alma con la democracia en reconstrucción.
La foto de Cafiero en el balcón de la Casa Rosada junto con Alfonsín hizo historia.
Pero en aquel momento voces del propio justicialismo lo criticaron por una supuesta falta de picardía. ¿No quedaría la imagen de quien entonces era el principal dirigente peronista asociada al desgaste de Alfonsín?
Cafiero no solo desestimó el argumento. También se ocupó de demostrar en los hechos que el interés mayor --la unidad nacional en defensa de la democracia-- era perfectamente compatible con la identidad del peronismo, con la lucha política y con la pelea electoral encarnizada.
Marginado en 1983 de la fórmula presidencial y de la fórmula bonaerense, en 1987 Antonio ya era el dirigente nacional más importante del peronismo, al que además había aportado el liderazgo de la renovación peronista; ese interesantísimo proceso de reflexión y nuevas prácticas que tomó impulso tras la derrota electoral frente al radicalismo. Adaptada a los nuevos tiempos, la renovación dejó en claro desde su documento fundacional, en diciembre de 1985, que seguiría la trayectoria iniciada en 1945 por Juan Perón. El justicialismo, recordaba, “se reconoció siempre a sí mismo como la expresión contemporánea del movimiento nacional, popular, social y federal que arranca desde el inicio de nuestra historia”.
Coherente con esa actitud militante, Cafiero fue candidato a la gobernación de la provincia de Buenos Aires, que ganó el 6 de setiembre de 1987 como el punto más alto de una ola nacional que marcó el triunfo peronista en 22 distritos y el comienzo de una mayoría justicialista en la Cámara de Diputados.
El consenso y el conflicto son inherentes a la política. La clave, como muestra el ‘87 de Antonio Cafiero, no es renunciar a la identidad de cada fuerza sino administrar los márgenes con responsabilidad y sabiduría.
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