
“El niño que no fue abrazado por su tribu, cuando sea adulto quemará la aldea para sentir su calor” (Proverbio africano).
En estos días, la realidad de muchas ciudades refleja la violencia extrema en la que estamos inmersos los ciudadanos. Muertes de jóvenes que se explican a través de la “guerra narco”, vecinos que se esconden en sus casas a cierta hora de la tarde para no ser parte de una disputa entre delincuentes, balaceras por doquier a comercios, robos a mano armada, entre tantos modos de amedrentar una sociedad. Y lejos de ir encontrando una solución, aumenta la fragmentación social y la desconfianza para con el otro.
La punta del ovillo para ir rompiendo esta trama, a mi entender, es que los niños sean parte de las políticas públicas y sean visibilizados como ciudadanos con derechos; a sabiendas de que, cuando no hay planificación en este sentido, el problema se manifiesta en adolescentes fuera de la escuela y en jóvenes fuera del sistema laboral. Entonces, son atraídos por prácticas que les reditúan dinero rápidamente en el marco de la delincuencia y que ponen en jaque a toda la sociedad, dejándola a la intemperie, a cielo abierto, sin reparo alguno.
En este marco, la educación y la cultura son estratégicas para aportar algún cambio que vaya intentando recomponer la descomposición social. Más allá de la necesidad de que mejore la economía, a fin de reducir la falta de trabajo, y de consolidar medidas de los Ministerios de Seguridad -nacional y provinciales- que reduzcan y prevengan el delito, entre otras tantas líneas de acción posibles, se torna fundamental trabajar en el territorio con propuestas inclusivas para las infancias y las adolescencias.
Elena Santa Cruz, destacada titiritera que ha trabajado en cárceles de máxima seguridad, cuenta que, en una de sus clases, vio que un condenado estaba abrazando un títere. La pregunta obligada es plantear cómo ha sido la infancia de este delincuente. ¿Fue un niño mirado, acurrucado?, ¿ha sido un estudiante que pudo transitar la escuela con el acompañamiento de un docente amoroso que se vinculara con él? No lo sabemos, aunque podemos suponerlo. Ahora bien, lejos de culpabilizar a las familias, es fundamental considerar que rol cumple el Estado, en todos sus estamentos, en la educación de las infancias porque, en el marco de su ineficacia, es este Estado el que ha ayudado a construir delincuentes; jóvenes que, hoy por hoy, son considerados descartables o desechables.
¿Qué futuro se les ofrece a los adolescentes de hoy?, ¿qué propuestas de inclusión favorecen que vayan construyendo su identidad? -una identidad diferente a la de ser jefe narco- ¿qué alternativas de salida tienen ante el hambre y la exclusión?
Si las infancias no son visibilizadas y no hay políticas públicas que las incluyan, con propuestas de cuidado desde los primeros meses de vida, acompañando a los cuidadores, con espacios de juego en territorio, con escuelas abiertas, con ofertas con otros tipos de aprendizajes, no estaremos recomponiendo el tejido social roto y deshilachado.
En definitiva, es el Estado y sus dirigentes actuales quienes son responsables de potenciar un cambio profundo y radical, con políticas inclusivas, abarcadoras de las distintas infancias en sus contextos, que los acompañen –desde muy pequeños- con propuestas culturales y educativas que no queden en meros eventos, fáciles de contar en un relato político-partidario, sino que implique una verdadera transformación social. Tarea difícil en los tiempos que corren, ya que algunos dirigentes les ponen más énfasis a sus proyectos personales para el 2023 que a las propias políticas de su gobierno actual.
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