
Tras un mes de gran nerviosismo donde tuvimos tres ministros de Economía, el dólar libre trepó hasta los $340 y se temió por una posible hiperinflación, el anuncio de la llegada de Sergio Massa y la perspectiva de un ataque más frontal a los problemas económicos hizo que, al menos por el momento, el pánico se disipara.
Habrá que ver cuánto dura esta calma. El anuncio de las medidas, realizado tras la triunfal asunción, no muestran que se entiendan los problemas que se tienen que afrontar. Hasta ahora hay dos medidas concretas: (a) Reducción del déficit; la única definición relevante en este frente fue la disminución del subsidio a las tarifas públicas. Esta medida es necesaria y racional, pero las limitaciones que le impuso la política hace que sea insuficiente. Además, muestra claramente las prioridades de la clase política: el ajuste se aplica solamente al bolsillo de la gente y no se presentó ni siquiera una idea vaga de cómo reducir el gasto, en gran parte improductivo, del Estado. (b) Deuda; se ofreció el canje de bonos en pesos de vencimiento cercano por un bono que da la opción al acreedor de elegir si cobra en pesos indexados o en pesos ajustables por el dólar oficial. Para no meter la rueda en un bache regalamos el auto.
El corregir estos y otros problemas coyunturales enlentecerá nuestro paso hacia el abismo, pero los cambios importantes, que implican un cambio de dirección, pasan por otro lado.
Argentina es pobre porque la productividad del trabajo es baja. Eso es lo que hay que corregir. Hay que reducir el empleo público para que se transforme en privado. El “Estado presente” tanto como principal empleador como regulando en exceso resulta en trabajos de escasa productividad y, por lo tanto, sueldos bajos. Un ejemplo simple grafica esto. En la mayoría de los países ricos, el cliente se carga a sí mismo el combustible en el auto, mientras que la persona que trabajaba en la estación de servicio está ganando más plata en otro trabajo. En Argentina está prohibido. Parece que somos todos consumidores inútiles que no podemos hacerlo (aunque adquiramos esa habilidad súbitamente cuando viajamos) o que, por alguna razón desconocida, cargar nafta en Argentina tiene riesgos que en el resto de los países no tiene.
Por supuesto que la reducción del Estado o la eliminación de regulaciones representarían un cambio copernicano respecto a las ideas impulsadas por el kirchnerismo. Ellos creen que los ciudadanos son mejor cuidados por el Gran Hermano que lo que se pueden cuidar a sí mismos, piensan que los planes sociales reemplazan el trabajo, opinan que consumir es mejor que ahorrar y entienden que la impresión de billetes crea riqueza (¿La impresión de diplomas creará sabiduría?). Massa debe saber que el riesgo de implementar reformas reales es ser excomulgado de la cofradía kirchnerista. Pero no implementarlos implica la certeza de continuar con la decadencia de Argentina.
Galileo tuvo que decir que el Sol giraba alrededor de la Tierra para no ser quemado en la hoguera. Lamentablemente, si Massa no se enfrenta a la inquisición del Instituto Patria nos arrastrará a todos al infierno de una economía quebrada.
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