Cómo evitar que la discusión sobre el aborto se polarice

Uno de los fenómenos más lamentables de los últimos tiempos es la “grietización” de cualquier discusión

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Una protesta en contra de restringir la interrupción del embarazo en EEUU (REUTERS/Rebecca Noble)
Una protesta en contra de restringir la interrupción del embarazo en EEUU (REUTERS/Rebecca Noble)

El rumor sobre un inminente cambio legislativo en torno al aborto en Estados Unidos reavivó el siempre intenso debate acerca de la interrupción del embarazo. Pañuelos verdes y celestes retomaron las calles y otra vez la discusión se convirtió en una gran ensalada más ideológica que técnica.

Uno de los fenómenos más lamentables de los últimos tiempos es, si cabe el término, la “grietización” de cualquier discusión. Me refiero a la politización extrema de toda opinión, conjugada con la asociación libre, los prejuicios y la incapacidad de poder intercambiar ideas con aquel que ose pensar distinto a nosotros.

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Hoy, una conversación acerca de si a uno le gusta más el asado o las empanadas puede tranquilamente terminar a los gritos, con los participantes citando frases de Marx, arrojando acusaciones de neoliberalismo, reclamando por el apoyo del campo y exigiendo la devolución de las tierras de la Patagonia a los pueblos originarios. Esto genera un clima de tensión innecesario, en donde nos vemos obligados a pensar dos veces antes de hablar (algo que, en sí mismo, es muy positivo y necesario, pero sólo cuando lo que evaluamos es si va a tener sentido lo que queremos decir, y no si nos van a juzgar mal), o directamente decidamos no participar de la charla en cuestión.

Frente a un clima hostil para las ideas, un tema de por sí polémico como la legalización del aborto puede ser el detonante de una catástrofe. Sin embargo, tal vez entre todos podamos hacer el intento de plantear la discusión con cierto grado de respeto por el otro.

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Empecemos por uno de los términos más livianamente expresados. Estar “a favor del aborto”. Nadie puede estar “a favor del aborto”, porque cualquiera que haya dialogado con alguien que haya tenido que pasar por esa situación, sabe que es una experiencia traumática. Nadie desea tener que abortar. Una persona que decide abortar es porque se ha visto expuesta a una situación muy compleja en la que desearía no estar. Esto también debe servir para aclarar una idea ridícula, postulada por ciertos sectores que se expresan en contra de la legalización de la interrupción del embarazo, que sostiene que “si se legaliza, todo el mundo se va a hacer abortos”. Recuerda a la postura que afirmaba que, de permitirse el divorcio, todas las parejas pedirían uno. Hay allí un error de concepto: nadie se casa para divorciarse, del mismo modo en que nadie buscaría quedar embarazado para poder abortar.

Otros términos que alimentan la “grietización” son los nombres que se han autoimpuesto los grupos que discuten. “Pro-vida” y “Pro-elección”. Si yo soy “Pro-vida”, ¿qué es el otro? ¿¡Anti-vida!? Lo mismo puede preguntarse para el otro lado, ¿existe alguien que esté en contra de la libertad de elección?

El pequeño, ínfimo, pero a la vez relevante, primer punto de discusión real es dónde empieza la vida. Para lograr dirimir esto, uno tiene que ser lo suficientemente objetivo como para dejar de lado la cuestión emocional (algo que es sumamente difícil) y la presión social, e intentar racionalizar la discusión. Unos opinarán que el feto ya es considerado una persona, y otros no. Al respecto, esta no debería ser una opinión del tipo “a mí me gusta el helado de frutilla y a vos el de chocolate”. Cada postura tiene especialistas en quién apoyarse. Hay expertos que defienden un lado y el otro, aunque lamentablemente son las voces que menos escuchamos en este debate. Pero, volviendo a lo que deseo mencionar, el primer ámbito de la disputa no es más que este. No tiene nada que ver con el Che Guevara, Charly García, Adam Smith o el imperialismo. Y nosotros tenemos la responsabilidad de no llevarlo hacia ese ámbito. Porque entonces se genera una presión social que evita que sepamos pararnos frente a discusiones relevantes, por temor a ser etiquetados.

El segundo punto a discutir es un poco más fino. Porque, si asumimos que el feto no tiene un estatus legal de “persona”, tal vez será más fácil convencernos de permitir el aborto. Pero incluso asumiendo que sea ya un ser viviente, tal vez habría situaciones en donde se debería permitir la interrupción del embarazo. Aquí la discusión toma otros matices, en donde nos vemos obligados a replantearnos aspectos éticos. Por mencionar algunos: ¿Qué ocurriría si la madre va a morir en el parto? En ese caso, ¿debemos salvar a la mujer o al bebé? ¿Y si no va a morir, pero va a quedar afectada psicológicamente en caso de parir? ¿Y si no va a sufrir consecuencias psicológicas, pero simplemente no podrá mantenerlo? ¿Y si fue violada? ¿Y si fue un descuido y no quiere ser madre? ¿Y si el niño tendrá una enfermedad que no le permitirá vivir por mucho tiempo? ¿Y si el bebé tiene una enfermedad que no le permitirá vivir de manera saludable? Estas preguntas y muchas más merecen un análisis y una reflexión bastante profunda. Cada uno tiene derecho a escuchar a las opiniones que más lo convenzan, pero las respuestas a las que se lleguen, insisto, no tienen nada que ver con izquierda o derecha. O no deberían tenerlo.

Muchas veces creemos que al politizar una discusión le añadimos importancia. Más de un crítico literario, vaya uno a saber por qué, se siente obligado a aclarar las ideas políticas del mismísimo Jorge Luis Borges cuando analiza uno de sus cuentos. Nunca faltan los que, al momento de analizar la discografía de Los Ramones, tienen que resaltar que Johnny Ramone simpatizaba con la derecha. O los que, al comentar una película, tienen que hablar de la afiliación política de Cate Blanchet. Es cierto que, en la gran mayoría de las veces, como dirían Los Redondos, todo ámbito es político. Pero en ciertas situaciones, al analizar una discusión en particular, el componente ideológico debe ser momentáneamente dejado a un lado, para que así se pueda comprender objetivamente qué puntos estamos discutiendo. Eso permitirá abrir un diálogo sin la necesidad de etiquetar al otro. Algo que, últimamente, es más que necesario.

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