
Leo que en la China de Mao se estimulaba matar pájaros porque comían grano. Cayeron cientos de millones. Pero los pájaros comían insectos y gusanos, más dañinos que quitarle algunas semillas a la cosecha en pago por los servicios. En Estados Unidos fueron más efectivos, mataron tanta paloma pasajera que la extinguieron. Acá nomás, en la Patagonia, se justificó fusilar miles de lobos marinos porque se comían a los peces; mejor encontrarles pronto justificativo como “recurso”.
La humanidad es sierva del desarrollo y la producción. Para no perder grano y pez le declara la guerra a la vida. Y para que abunde la energía, se arrodilla sobre canto rodado. ¡Y el petróleo otorga energía! ¡Viva el petróleo!
Me ocupa una coyuntura: el Gobierno se largó a buscar petróleo en el mar lejano, el del borde del talud. La iniciativa generó debate. Pero así es el mundo con el petróleo: si está en la tierra, se lo quitará de la tierra. Si está profundo, se calará hondo. Si lo acapara la roca, se la triturará. Y si lo sepulta el fondo del océano, se extenderá la manguera hasta el corazón del planeta.
Nada detiene al ser humano motivado por la sinrazón. La sinrazón es que la atmósfera anda frágil y enferma al mar. El clima, que es la temperatura y el viento, las tormentas, la lluvia o su falta no da para más. La causa de los males es ese humito que generan las usinas que queman petróleo y carbón, ese gas que emerge del escape de los amados automóviles.
Por una vez, es cierto que casi todos contribuimos al daño. Pero si es así, y considerando que la Argentina necesita sacar la cabeza a flote, ¿no deberíamos hacer la vista gorda, energizar la economía con petróleo y dejar que al mal lo embolsen otros?
Estamos jugados. Si hay petróleo en el mar, parece imperativo encontrarlo, sacarlo, destilarlo y usarlo. Si nada de esto pasa, hay que comprarlo. La matriz productiva es monolítica y depende de quemar combustible fósil. El sistema no admite revoluciones…
Claro que, si es así, entonces la vida humana fluye en un cauce profundo, caprichoso y fatídico. En algún lugar hay que trazar la raya. Y no lo va a hacer la química de la atmósfera. A no esperar de los poderosos, pesan demasiado.
Con su política energética, la Argentina abre un balcón que mira a un cementerio. ¿Pero acaso hay quien rechaza esa vista? Los países ricos se bañan en petróleo, afilan la guillotina climática con más ganas que nadie.
Pobre país, tan vulnerable. Acaso vamos a ser los que planifican el espacio territorial, antes de avanzar con las fronteras agropecuaria e hidrocarburífera? ¿O vamos a seguir a Alemania en la decisión de cortar con la energía que abreva en quemar carbón? Más fácil largar los fanatismos y pelear en la cancha de los argumentos inútiles. Más fácil el no porque no, o el sí “perchè mi piace.”
Estamos atrapados en un problema que nos supera como humanidad, ni que hablar como país. Y entonces, vía libre para bombardear al mar de ruido, prospectando hidrocarburos donde viven las ballenas… Y los lobos con ancestros que escaparon al palo y el fusil.
Ese mar del talud que se quiere perforar ha siempre sido un “granero del mundo”. Lo saben los que picotean calamar sin permiso. Y también los pingüinos que lo atraviesan y los albatros que lo miran desde lo alto. ¿Para qué sirven? Si no podemos ponerlos en valor, los ponemos en “des-valor,” particularmente ante el amigo petróleo.
Se requiere desandar, antes de avanzar. Mas que más ciencia, atender a la que existe, integrarla en una planificación espacial marina. Austeridad administrativa y precaución, menos discusión acalorada, más razón e inteligencia.
Un plan económico que asegura justicia y equidad coloca la agenda ambiental a la cabeza. O es así o a vivir empantanados… Puede que la energía mueva la rueda de la economía, pero si aplasta al ambiente vamos marcha atrás.
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