
¿Qué hacemos con los “planes” sociales? Sin duda es la pregunta de estos días. No hay duda de que urge encontrar soluciones a los problemas del momento. Resolver de manera ordenada y pacífica las tensiones que se generan entre el derecho a manifestarse y el derecho a la libre circulación. Mucho más en este momento de incertidumbre, cuando la inflación carcome los bolsillos y la gente necesita salir a trabajar y saber que va a llegar tranquila.
Pero hoy me gustaría mirar el problema en perspectiva. Mirar el bosque y no solamente el árbol de la 9 de Julio. Preguntarnos cómo cambiar lo estructural, para que esto no siga pasando.
Los últimos datos de pobreza muestran algo evidente: en la Argentina rompimos ese pacto social -tácito pero bien real-, que decía que, si te esforzabas, ibas a poder estar mejor. La máquina de ascenso social hace décadas que está rota. Y los mal llamados “planes” son un síntoma de eso. La expresión de un modelo económico y social que hace tiempo ya no genera trabajo ni oportunidades reales.
Entonces, ¿qué necesitamos para salir?
Para empezar, necesitamos estabilidad macroeconómica y un plan de crecimiento. Sin esto no se puede. Este debate fue superado hace tiempo en la mayoría de los países de la región. Más allá del signo político de cada gobierno, hubo continuidad respecto a las políticas que permitieron tener cuentas públicas ordenadas y generar crecimiento con baja inflación. Suena políticamente incorrecto para algunos, pero la estabilidad económica y el orden fiscal son la base de cualquier proceso de desarrollo.
Sin una macroeconomía ordenada no se puede, pero con ella sola no alcanza. Mucho menos en el corto plazo. La política social tiene un doble rol en este sentido: contener y acompañar a quien más lo necesita, y avanzar en una agenda de transformación de la pobreza estructural.
Los planes no son la solución, pero en la Argentina de hoy son necesarios. El Potenciar Trabajo fue originalmente concebido como un programa de desarrollo de competencias laborales. Hoy alcanza a 1.3 millones de personas, que en su mayoría pertenecen a la economía popular, a las que se les provee un sostén salarial de $16.000 (la mitad de un salario mínimo). La realidad los volvió otra cosa: un instrumento de contención, de aguante.
La resolución de los planes es un tema complejo. No va a tener una solución única ni automática. Tienen que ser un puente entre donde estamos y dónde queremos estar. Para esto, hay que pensarlos en tres claves: sin intermediación, que el Estado los asigne de manera directa y criterios claros; con condicionalidad, incentivando a la persona a formarse y educarse; y con temporalidad, no deben durar para siempre, porque nadie quiere permanecer en esa situación, sino trabajar y poder salir adelante.
Además, la respuesta necesita un componente regional. Un diseño que contemple dónde están y quiénes son esos beneficiarios y un vínculo directo con sectores de la economía estratégicos de cada región que puedan incorporarlos.
El foco no puede estar en los planes. Hay que trascender la asistencia avanzando en una política social transformadora que rompa el ciclo de pobreza estructural. ¿De qué estoy hablando?
1. La integración de los barrios populares. En Argentina, según datos del RENABAP, existen más de 4400 barrios populares y asentamientos, en los que viven en condiciones deficitarias alrededor de 5 millones de personas. Que se entienda: es muy difícil progresar sin agua potable, con hacinamiento, sin electricidad. La integración es la mejor herramienta para garantizar el acceso a servicios básicos, mejorar las condiciones de vida y así lograr que el lugar donde se nace no condicione las posibilidades de futuro.
2. El fortalecimiento de la economía popular. Terminar de reconocer que al margen del mercado formal de trabajo (que hace tiempo no genera empleo), se consolidó este sector, conformado por alrededor de 7.5 millones de personas que ante la dificultad para conseguir un trabajo, optaron por inventarse uno.
Lograr que este sector, cuya productividad es baja y que su principal activo es la fuerza de trabajo, pueda desarrollarse e integrarse de a poco al sistema productivo formal. Que ese trabajo que ya existe pueda crecer. ¿Cómo? Dándole herramientas para producir más y mejor: capacitación para que adquieran competencias, acceso al crédito y a nuevos canales de ventas. Y apostar a la formación y la intermediación laboral para que los jóvenes de los sectores populares puedan conseguir un empleo formal.
Tanto para resolver la cuestión de los planes como para consolidar una agenda de transformación social necesitamos marcos nuevos y consensos amplios. ¿Es real lograr los acuerdos para que esto suceda?
Cuando existe un rumbo claro, es posible. Esto requiere firmeza y convicción. Firmeza no es gritar fuerte y romper todo, sino más bien lo contrario, significa poder trazar un horizonte común y tener la capacidad de construir el camino para que se haga real, sumando a todas las partes. Convicción de que todas ellas agregan valor y son necesarias en la construcción del camino.
No es una quimera: los procesos de integración de los barrios populares de la Ciudad, la gestión de la pandemia en estos mismos barrios, la sanción de la ley de economía popular en 2020. Ejemplos concretos de que eso es posible (y deseable). De que con rumbos claros fijados por el estado, todos los actores pueden ser parte y enriquecer el proceso.
Construir así supone audacia, es romper la manera histórica en la que venimos pensando la Argentina. La libertad viene de la mano de la diversidad. No anular las diferencias, usarlas para construir una trama más rica y compleja, más representativa de toda la Argentina.
Por último, a una nueva época le corresponden nuevos liderazgos. Liderazgos que integren, que puedan “coser la fractura” y no promuevan antagonismos. Que tengan convicción profunda y autoridad. Que encarnen lo que creen, transmitan ideas e inviten a la acción.
Probablemente esto no genere titulares, pero es revolucionario; es un modo nuevo de entender y poner en valor la política y lo que somos. Un camino más largo y difícil, pero el único sustentable. Una apuesta audaz para poder proyectar un futuro común que nos trascienda.
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