
Hay vidas así, que se confunden con el propio curso de la historia.
Madeleine Albright nació en un país que ya no existe, Checoslovaquia, y que fue ocupada por los nazis en 1939, en el preámbulo de la Segunda Guerra Mundial, cuando ella tenía apenas dos años.
Se exiló en distintos países hasta aterrizar, con 11 años, en los Estados Unidos. Algunos de sus parientes, que se han quedado atrás, fueron victimas del Holocausto.
Su brillante carrera académica tuvo inicio en la misma universidad, reservada para mujeres, donde estudió Hillary Rodham Clinton. Como profesora de relaciones internacionales en Georgetown, tenía la costumbre de simular negociaciones internacionales y de poner a sus alumnas en roles normalmente desempeñados por hombres.
En paralelo, trabajó para varios líderes del partido demócrata antes de ser nombrada Embajadora ante Naciones Unidas por el presidente Bill Clinton. Describió su primera reunión en la organización como “14 trajes y una falda”, toda vez que era la única mujer entre los 15 representantes del Consejo de Seguridad.
En Naciones Unidas consolidó una reputación de negociadora dura, hasta el punto de vetar la reelección del secretario-general Boutros-Ghali y de hacer frente a Slobodan Milosevic.
Pero fue también en la ONU donde experimentó quizás el principal fracaso de su carrera política: el genocidio en Ruanda.
Sin embargo, se convirtió en 1997 en la primera mujer a desempeñar el cargo de secretaria de Estado. Uno de los primeros telefonemas que recibió fue el de Henry Kissinger: Bienvenida a la fraternidad, pues sois solamente la segunda migrante a liderar la política exterior.
Como secretaria de Estado visitó la Argentina en tres ocasiones. Trató de importantes conflictos regionales en Bosnia, Kosovo, Haití e Irlanda del Norte. Apoyó la expansión de la OTAN hacia el este e intentó, sin éxito, celebrar un tratado con Kim Jon-il, en Corea del Norte, para controlar sus ambiciones nucleares. Amenazó con abrir una guerra con Iraq cuando Saddam Hussein impidió a la ONU inspeccionar la existencia de armas químicas en ese país, pero en 2003 estaría en contra de la ofensiva de Bush.
Tras abandonar el cargo siguió siendo una brillante analista de los asuntos internacionales.
Poco tiempo después de la elección de Donald Trump publicó el libro sobre el fascismo, que definió no como una ideología, sino como una forma de alcanzar y mantener el poder que requiere tres factores: una fractura social, la crisis del liderazgo político tradicional y la aquiescencia de las fuerzas conservadoras de izquierda o de derecha.
Asimismo, dedicó uno de sus últimos textos al líder ruso, días antes de la invasión de Ucrania: “Putin ha buscado durante años reconstruir la reputación internacional de su país, expandir el poder militar y económico, debilitar a la OTAN y dividir Europa. Hoy Ucrania está presente en todo esto”.
SEGUIR LEYENDO
Últimas Noticias
Educar para el futuro, el arte de enseñar a navegar lo desconocido
La creatividad adquiere así una nueva dimensión: ya no se trata solo de resolver los problemas del presente, sino de anticipar las transformaciones del mañana

De aprender tecnología a conseguir trabajo: el desafío que la Argentina no puede postergar
Potrero Digital realizó una feria de talento tecnológico que generó más de 100 ofertas laborales. En tiempos de inteligencia artificial y transformación del empleo, capacitar ya no alcanza: hay que construir el puente entre las personas y las empresas

El fin del PowerPoint: las ideas ya no se validan con slides, se validan con prototipos
Presentar una idea de negocio en diapositivas frente a un prototipo funcional es jugar en desventaja. Las barreras técnicas han desaparecido, hoy la verdadera validación ya no se hace con encuestas o promesas en PDF, sino con productos reales que los usuarios pueden tocar e iterar en cuestión de horas



