
El esperado inicio de la guerra contra la inflación con los anuncios del presidente Alberto Fernández se limitó a enunciar principios (errados) y a lanzar una emotiva convocatoria a la unión en el esfuerzo. “El problema es de todos y se resuelve entre todos y todas”, sin olvidar el lenguaje inclusivo.
En lo concreto ratificó la creación de un fideicomiso para subsidiar el trigo destinado a la molinería y el consumo interno. No aclaró de donde provendrían los fondos aunque se sabe que resultarán del aumento de las retenciones a la harina y el aceite de soja. Ese detalle lo dejó para los anuncios ministeriales. Si realmente es así, el impacto lo absorberá la industria aceitera que perderá el diferencial respecto del poroto de soja. El anuncio será un problema para Matías Kulfas, ministro de Desarrollo Productivo, y no sólo para Julián Dominguez, ministro de Agricultura.
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El resto de los enunciados del Presidente prometen más de lo mismo. Convocar una mesa de empresarios, dirigentes gremiales, asociación de consumidores, comerciantes, para un gran acuerdo sobre precios y salarios. También habló de poner en marcha la Ley de Abastecimiento e iniciar una batalla contra los especuladores.
Además, ya nos ha dicho que no habrá reformas estructurales que faciliten el equilibrio fiscal, la competitividad, la confianza y la inversión privada. Por lo tanto, el panorama es más que sombrío. Se estaría reeditando un escenario como el de tantos planes fracasados. Trae a la memoria la persecución a los agiotistas en 1951, el Plan Gelbard en 1973 y muchos otros.
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La primera guerra declarada por un gobernante contra la inflación fue la del emperador Dioclesiano quien en el año 301 emitió su Edicto sobre Precios Máximos. No solo fijaba los precios de más de 1.300 productos, sino que también establecía valores para la mano de obra. Preveía la pena de muerte para los especuladores, a quienes adjudicaba la culpa de los aumentos.
La historia registra el fracaso del intento y la frustración del pueblo romano que por otro lado se vanagloriaba del poderío de sus ejércitos munido de armas tan exitosas como la catapulta y el arco y flecha. El arte y la tecnología militar han evolucionado, pero el ataque a la inflación delineado por Alberto Fernandez se mantiene como en la época de Dioclesano. Habrá que esperar las precisiones de los ministros para comprobar si esta guerra a la inflación se realizará con arco y flecha como parece de su discurso. Si es así se confirmaría nuestra presunción de que el rey esta desnudo.
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