
Una opción es quedarse cruzados de brazos. Sentarnos a esperar a que cambien las políticas públicas o que ocurra un golpe de suerte. La otra alternativa es activar, cada uno desde el lugar que ocupa, para ayudar a hacer las cosas posibles.
Vivimos una época de cambios sin precedentes en la historia inmediata: el mercado laboral enfrenta un panorama altamente incierto. Los profesionales y los líderes necesitan ser cada vez más resilientes, adaptativos y capaces no solo de lidiar con los obstáculos y las disrupciones, sino, fundamentalmente, de transformar todo en oportunidades.
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Los jóvenes tienen por delante un desafío adicional: el desempleo, que en su segmento de edad duplica los valores que se dan entre los adultos. Nada menos que aproximadamente el 20% de la población juvenil tiene problemas para conseguir trabajo -de acuerdo con los datos oficiales de Indec-, situación que se agrava a medida que se analizan los hogares con menores ingresos. ¿Qué herramientas podemos brindar a la juventud para incrementar sus posibilidades de obtener un empleo? ¿Cómo podemos transmitirles las nuevas habilidades que se requieren para el mundo que se viene? ¿Puede ser el aula el primer espacio donde se vuelquen todas estas aptitudes y estos conocimientos?
Es imprescindible comenzar a disminuir las brechas. La que existe, por ejemplo, en la transición entre la escuela y el primer trabajo: el sistema educativo debe preparar profesionales que puedan adaptarse y adecuarse a una realidad laboral que se muestra más dinámica que nunca. Por ejemplo, sería ideal un reenfoque hacia las habilidades socioemocionales, claves para los trabajos del siglo XXI. La flexibilidad, el trabajo en equipo, el pensamiento crítico, el liderazgo, la resiliencia y la actitud emprendedora son algunas de los talentos que tienden a ser más valorados. Estas competencias se potencian mediante procesos de aprendizaje activo, que motiven a los jóvenes a proyectarse a futuro y les brinden herramientas prácticas para la búsqueda laboral y el desarrollo personal.
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Pero ese no es el único gran gap: otra brecha, la digital, agudiza las problemáticas existentes. En el último año y medio los cambios fueron ciertamente bruscos, tanto en el mundo laboral como en el académico. Prácticamente todos lo hemos vivido: la digitalización, el trabajo remoto, la educación a distancia... Buena parte de las actividades que siempre se hicieron de manera presencial pasaron a un modelo de videollamadas. En ese sentido, aparecen datos al menos preocupantes: según datos de Argentinos x la Educación, en base al informe de Evaluación Nacional de Continuidad Pedagógica del Ministerio de Educación de junio del año pasado, más del 50% de los hogares del país carece de una computadora disponible para uso educativo (o directamente no tienen computadora), mientras que de los hogares que sí cuentan con un dispositivo de este tipo, un 63% lo comparte entre más de un niño o adolescente.
Pero, como mencionaba al principio, el desafío es tan grande que hay que verlo como una invitación para entender qué podemos hacer desde nuestro lugar. Porque si bien son necesarias acciones y políticas públicas que apuntalen la educación y el acceso a la tecnología como eje estratégico y de largo plazo, es verdad también que son muchos los actores con capacidad de impactar en la empleabilidad laboral.
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Las compañías empleadoras, en primer lugar, no solo cumplen el rol de generar puestos dignos y de proponer trabajo calificado: también tienen la posibilidad de promover talento joven a través de programas que abran la puerta a las primeras experiencias laborales. Los docentes, por su parte, pueden inspirar -a partir de enfoques innovadores en sus clases- el desarrollo de habilidades blandas y la incorporación de los medios tecnológicos como herramientas naturales.
En cada hogar, los padres tenemos la oportunidad de fomentar en nuestros hijos las ganas de aprender como actitud de vida, y también podemos apoyar instituciones que fomenten una mejor educación.
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Y, por supuesto, los propios jóvenes no deben conformarse: deben buscar oportunidades, capacitarse constantemente y pueden acercarse a instituciones como Junior Achievement que les ayuda a abrir puertas y encontrar nuevos caminos.
Una opción es quedarse cruzados de brazos, es cierto, esperando a que las cosas pasen… ¿Pero es esa la mejor forma de prepararse para recibir al futuro?
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